EL AMOR CORTESANO DE LA EDAD MEDIA


Tristan e Iseo (Isolda)

Tristan e Iseo (Isolda)

Suele tenerse de la Edad Media una visión desinformada y monótona, como una época de crueldad innecesaria, gran ignorancia y predominio de la fe religiosa. Durante el siglo XI, se difunde en Europa cristiana el culto a la Virgen María, presentada como el ideal de las mujeres, una figura que los hombres están autorizados amar por sus virtudes a toda prueba, pero que bajo ninguna circunstancia llegarían a tocar. Sobre el modelo de este amor místico, puede suponerse, adquiere forma el amor cortesano. Los elementos de la liturgia cristiana suelen ser utilizados en la Literatura para describir la sexualidad, sin que se trate de desacralizarlos. La mujer inspiradora llega a ser endiosada por los poetas, como se advierte en la obra de Petrarca y Dante Alighieri. La mujer se revela una obsesión para aquellos que siendo sus enamorados, no suelen ser precisamente sus parejas legales.

Según la tesis oficialmente admitida, el amor cortés nació de una reacción contra la anarquía brutal de las costumbres feudales. Se sabe que el matrimonio, en el siglo XIII, se había convertido para los señores en una pura y simple ocasión de enriquecerse y anexarse tierras dadas en dote o esperada como herencia. Cuando el negocio funcionaba mal, se repudiaba a la mujer. (Denis de Rougemont: El Amor en Occidente)

renauddemontaubonSin duda hombres y mujeres se han sentido atraídos sexualmente uno por otros, desde que se tiene memoria, pero no por ello consideraban la alternativa de demostrarlo en público, ni menos aún lo escribían y cantaban. La urgencia del sexo no era un tema digno de ser mencionado, como cualquier urgencia fisiológica, y resultaba ser un tema demasiado comprometedor. En algún momento de la Edad Media europea, durante el siglo XII, aparece en el sur de Francia la noción de lo que mucho tiempo más tarde iba a denominarse el amor cortés o cortesano que se daba exclusivamente en las altas esferas del poder (y los contemporáneos conocían como amor puro o amor fino).
Se trataba de una exaltación de la mujer, promovida a una posición de privilegio, desde donde podía evaluar el comportamiento masculino y de acuerdo a sus criterios, que incluían el examen de los méritos del postulante, castigarlo o premiarlo con sus favores.

Solo el amor cortés de los trovadores ha convertido en lo principal la insatisfacción misma. Creóse entonces una forma del ideal erótico que era susceptible de recoger y albergar predominantemente un contenido ético, sin renunciar por ello a todo nexo con el amor natural a la mujer. (Johan Huizinga: El Otoño de la Edad Media)

El territorio de Occitania era compartido por comunidades tan opuestas como los cristianos romanos y los cátaros que ellos consideraban herejes y podían terminar quemados en la hoguera; los judíos ortodoxos y los musulmanes. Una vecindad de culturas, que a pesar de las enemistades y desconfianzas, podían derivar en el contagio mutuo de temas y enfoques. Los poetas árabes fueron tal vez los primeros en otorgarle a la mujer un rol privilegiado que resultaba ajeno a la cultura cristiana.

Me quedé con ella a solas, sin más tercero que el vino, / mientras el ala de la tiniebla nocturna se abría suavemente. / Era una muchacha sin cuya vecindad perdería la vida. ( ¡Ay de ti! ¿Es que es pecado este anhelo de vivir? / Yo, ella, la copa, el vino blanco y la oscuridad. / Parecíamos tierra, lluvia, perla, oro y azabache. (Ibn Hazm: El collar de la paloma)

Amor ilícito

Amor ilícito

Las mujeres del Medioevo quedaban solas mucho tiempo, porque sus padres, sus hermanos y sus maridos pasaban la mayor parte del tiempo ocupados en cacerías, guerras contra sus vecinos o interminables Cruzadas, que pretendían rescatar de los otomanos la ciudad de Jerusalén y el Santo Sepulcro. ¿Acaso todas las mujeres permanecían fieles a esos hombres, que aprovechaban las circunstancias que habían creado para su exclusivo disfrute? Ellos podían ganar indulgencias con sus aventuras bélicas, mientras aprovechaban para ver otros paisajes y compartir sus vidas, por un rato y sin comprometerse, con otras mujeres atractivas, extranjeras, prostitutas o prisioneras, que los aliviaban de sus matrimonios de conveniencia.
Como Penélope, en cambio, ellas debían encargarse de cuidar el patrimonio de la familia, criar a los hijos y sobre todo poner a resguardo su virtud, para evitar las murmuraciones y la reacción imprevisible de los hombres, cuando decidieran regresar a casa y oyeran a sus informantes. El adulterio se ofrecía a esas mujeres como una salida tentadora y también como un riesgo considerable. Cualquier desliz femenino, debía rodearse de las mayores precauciones, para que no desembocara en una tragedia como la planteada en la historia de Genoveva de Brabante.

Buen compañero, cantando os llamo; / no durmáis ya, que oigo al pájaro cantar / buscando el día por el monte / y tengo miedo de que el celoso os sorprenda, / ¡Pronto llegará el alba! (Giraud de Borneth)

Amores ilícitos

Amores ilícitos

Mientras los señores feudales andaban lejos, las esposas se convertían (lo quisieran o no) en el cerebro de la actividad económica, administrativa, intelectual y hasta militar de sus dominios. Los trovadores alababan públicamente a esas mujeres autosuficientes, pero no disponibles, con quienes nunca hubieran podido relacionarse sexualmente, por pertenecer a clases sociales opuestas y por encontrarse casadas. A pesar de haberse acumulado tantos obstáculos, cabe sospechar que en ciertos casos ellas correspondían al cortejo de los poetas (aunque de acuerdo a una leyenda poco creíble que se difundió siglos más tarde, los maridos guerreros hubieran tomado la precaución de encerrarlas en cinturones de castidad, cuyas llaves se llevaban consigo y debían impedir cualquier intento de coito vaginal y cualquier posible descendencia bastarda).
En ese ambiente controlado por mujeres educadas pero solas, como Leonor de Aquitania o Marie de France, florece la cortesía, el trato civilizado, capaz de sublimar los instintos elementales, con el objeto de regular las relaciones eróticas entre hombres y mujeres. El nuevo código otorga un rol más activo de la mujer, cuando se trata de establecer una pareja, y autorizar la intimidad sexual, mientras que en forma paralela se impone al hombre la obligación de seducir (cuando lo habitual era apoderarse de la mujer, fuera por la violencia o las leyes).

Estar enamorado es tender hacia el cielo por medio de una mujer (Uc de Saint Cyr).

La mujer del código de la cortesía no es presentada como un objeto que el hombre utiliza de acuerdo a su capricho, sino como alguien dotado de individualidad y extremadamente valioso, que no se le iguala, porque se ha vuelto superior a él. La idea que domina esta relación dispar, es que bajo los efectos del amor, el hombre se encuentra al servicio de la mujer, tal como el vasallo se pone al servicio del señor feudal.
Por primera vez en la Historia, las mujeres que el cristianismo describía reiteradamente como tentadoras y temibles puertas del infierno, como las más horrendas armas del diablo, comienzan a ser presentadas en las canciones de los trovadores, como el objeto inalcanzable (y tanto más poderoso) de un deseo masculino eternamente frustrado, que genera composiciones poética. Ellas son atractivas y al mismo tiempo virtuosas (o al menos eso es lo que se canta, para complacerlas).
En el siglo XI aparecen las Cortes del Amor donde las damas instruidas protegen a los trovadores que se les acercan para convertirlas en destinatarias de sus poemas y canciones. A lo largo del siglo XII surgen por un lado la poesía amorosa escrita por mujeres, que están comenzando a educarse y descubren la posibilidad de expresar su visión personal del mundo, que no tiene por qué coincidir con la masculina, y por el otro los Tribunales de Amor, presididos por mujeres de la nobleza, como hubo en Toulouse, Narbonne y Poitiers, que se dedicaban a juzgar las llamadas faltas contra el amor, prolijamente enumeradas por André Le Chapelain.

Huye de la avaricia como de una plaga peligrosa y practica la liberalidad.
Evita siempre la mentira.
No seas maledicente.
No divulgues los secretos de tus amantes.
No tengas varios confidentes de tu amor.
Resérvate para tu amante.
No trates a sabiendas de apartar a tu prójimo de su amiga.
No busques el amor de una mujer que de algún modo avergonzara desposar.
Estate siempre atento a los reclamos de las damas.
Trata siempre de ser digno de pertenecer a la caballería del amor.
Al entregarte a los placeres del amor, no sobrepases los deseos de tu amante.
Así des o recibas los placeres del amor, observa siempre cierto pudor. (André Le Chapelain: Preceptos de Amor)

Para seducir a las mujeres, los hombres de las Cortes debían ponerse a su servicio incondicional, prometiendo someterse a sus decisiones, serle fieles y defender su honor ante cualquier sospecha que pudiera mancillar su honor (y acarrearles problemas tales como ser quemadas en una hoguera). Los hombres competían en torneos atléticos o misiones difíciles, para obtener el favor de las damas, consistente en la obtención de prendas de vestuario (generalmente pañuelos que conservaban el aroma femenino) o simples miradas, promesas de un amor que podían postergarse indefinidamente.
A veces, ellos continuaban esperando alguna respuesta de ellas durante años, y no conseguían nada más que un reproche por su insistencia, que no las comprometía a entregarse. El amor cortés es la manifestación sublimada de un deseo masculino que en realidad no espera consumarse, que utiliza la distancia física o moral respecto de la mujer (cuando Tristán e Isolda comparten una cama, una espada continúa separándolos) como motivación literaria, o si se prefiere, como un modelo de vida de apariencia virtuosa, pero no por ello menos pecaminosa, de acuerdo a la suspicacia de la Iglesia.
Georges Duby se ha preguntado si esta sublimación no es en realidad un discurso homosexual encubierto, el simulacro mediante el cual los trovadores cantan al poder del marido ausente pero actuante, que se manifiesta en la imposibilidad de que la esposa abandonada se atreva a traicionarlo con otros hombres de su misma clase social, a pesar de la tentación (simbólica) representada por el artista. El amor cortés indica la aparición de otro tipo de comunicación en el interior de las parejas, un diálogo donde se llega a reconocer en la mujer a un interlocutor efectivo, que no se encuentra sometido por completo a la voluntad del hombre.

La escasa conexión entre las bellas formas del ideal del amor cortés y la realidad del noviazgo y del matrimonio, era causa de que el elemento del juego de la conversación, del pasatiempo literario, pudiera desplegarse sin trabas en todo lo concerniente a la vida amorosa refinada. El ideal del amor, la bella ficción de lealtad y abnegación, no tenía espacio en las consideraciones materiales con que se contraía matrimonio. (Johan Huizinga: El Otoño de la Edad Media)

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