LA PAREJA EN LA TRADICIÓN CRISTIANA


Matrimonio en sepulcro romano

Son verdaderamente dos en una sola carne y donde la carne es única, único es el espíritu. Juntos rezan, juntos se arrodillan, juntos practican el ayuno. Uno enseña al otro, uno honra al otro, uno sostiene al otro. (Tertuliano)

El hombre es la cabeza de la mujer, del mismo modo que Cristo es la cabeza del hombre. (Tomás de Aquino).

Hay religiones orientales que toleran o promueven el disfrute de la sexualidad humana, pero las monoteístas no se cuentan entre ellas. Para la tradición del cristianismo, resulta legítimo el emparejamiento humano, siempre y cuando se efectúe con fines reproductivos y en el interior de un matrimonio celebrado ante la Iglesia, que garantiza el cumplimiento de un contrato de asistencia y compañía, hasta que la muerte separe a los contrayentes. Gracias al acuerdo solemne, que pone a Dios como testigo, el hombre se compromete a mantener y orientar a quien acepta como su esposa, mientras la mujer accede a que ese único hombre utilice su cuerpo como instrumento para aplacar la concupiscencia, vale decir, para evitar males mayores, tales como el adulterio efectivo o el abandono a pensamientos pecaminosos.

La delectación de las mujeres dura más tiempo que en los varones, empero no es de tanta vehemencia y encendimiento, al contrario en los varones, pues el apetito se les acaba presto, y dura menos que en las mujeres, empero que en el tiempo que son tentados, tienen mayor furia y encendimiento, pero que sea lo uno, que sea lo otro, no deben los varones porfiar en satisfacer y vencer los apetitos de las tales mujeres, si no quieren incurrir en diversas enfermedades. (Francisco Núñez de Coria: Tratado del uso de las mujeres, 1572)

Hay que reconocer en el cristianismo la voluntad de plantear la monogamia como la forma superior de la pareja humana, en oposición a la tradición judía, que abunda en ejemplos de poligamia practicada no por infractores a la ley moral, sino por hombres tan destacados como Moisés, Abraham, David, Salomón y otros. Dentro del cristianismo, sin embargo, no todas las iglesias revelan la misma actitud respecto del divorcio y la anulación matrimonial, que de hecho infringen el predominio la monogamia. Calvino condenaba la poligamia, mientras los anabaptistas la practicaban en el siglo XVI. Martín Lutero, tan crítico de lo que consideraba las desviaciones doctrinarias del catolicismo, solo aconsejó discreción al landgrave Felipe de Hesse, uno de sus más fervientes partidarios, que tenía dos esposas.

 Si la mujer legítima se resiste, venga la criada (…) y si ésta tampoco quiere, procúrate una Ester, y manda a pasea a la Vasti, como hizo el rey Asuero. (Lutero: Vida Conyugal)

De acuerdo al Atlas Etnográfico (1981) del antropólogo George Peter Murdock, que analiza a 1170 sociedades humanas, en el 72% de ellas se practica la poligamia.

La idea de que el matrimonio ofrezca el territorio más adecuado para que se manifiesten las pasiones humanas, resultaba ajena al cristianismo. No hay nada parecido al Kama Sutra en el mundo cristiano, pero tampoco lo hay en el judaísmo o el islamismo. Cuando surgieron tendencias que proclamaban la aceptación y el disfrute de la sexualidad (fue el caso de los albigenses y cátaros del Medioevo francés) no tardaron en ser perseguidos como herejes y reprimidos con la muerte. Para la secta de los bogomilos, refugiada en los Balcanes entre los siglos XI y XV, el celibato era el estado ideal, porque el mundo no pasaba de ser una de las más engañosas invenciones del Demonio, que debía desaparecer lo antes posible.

El matrimonio cristiano debía ser un ámbito que permitiera la contención del deseo sexual de los seres humanos, con el objeto de concentrarlos en el diálogo con Dios. La aceptación de la sexualidad en el interior del matrimonio quedaba restringida por las fechas llamadas “de guardar”, como la Cuaresma, el Adviento y otras. Al sumar ese calendario a las prohibiciones de los días en que la mujer menstrua y no se considera disponible para el coito (una norma sanitaria que se remonta a las leyes de Moisés y son acatadas también por judíos y musulmanes), las posibilidades de que una pareja cristiana disfrutara su sexualidad en el siglo VIII de nuestra era, no llegaban a las 100 jornadas por año, cifra que luego se aumentó a 125, en el curso del siglo XVII.

En comunidades campesinas del Caribe se cuenta la historia ejemplarizante de una pareja que se atrevió a mantener relaciones sexuales nada menos que durante un Viernes Santo, con las terribles consecuencias de no poder despegar sus cuerpos a continuación. La imagen puede resultar grotesca, pero no se diferencia mucho de la ofrecida por los santos Pablo y Pedro al describir el Juicio Final, cuando los muertos se levanten de sus tumbas, unidos a todos aquellos con quienes se relacionaron sexualmente.

¿Cómo podría autorizarse que las parejas gozaran en la cama, si tampoco les estaba permitido hacerlo en la mesa o el baño? La mortificación sistemática del cuerpo se encontraba prescripta por un calendario que tal vez no mencionara específicamente asuntos tan difíciles de tratar como la higiene o la conducta sexual, pero la suponía como extensión de un sistema notoriamente preocupado por la salvación del alma, en desmedro de lo que pudiera sufrir el cuerpo.

Matrimonio cristiano

Para san Pablo (Corintios 1, VII, 2-4), al casarse una mujer, dejaba de ser la dueña de su cuerpo, porque se lo había entregado a su marido, y viceversa (aunque cuesta imaginar que la simetría fuera tan exacta, porque la sociedad antigua y la medieval no le otorgaba a las mujeres las mismas oportunidades que a los hombres). La doble renuncia al cuerpo que propone san Pablo, indicaría menos el sometimiento de por lo menos uno de los miembros de la pareja al otro (como se da en las prácticas sadomasoquistas), que la entrega de ambos a la voluntad de Dios, solicitada por las autoridades de la Iglesia.

Durante el Medioevo, se esperaba que una vez lograda la descendencia, la pareja cristiana aceptara entrar en una etapa de serena amistad (por lo tanto, de distanciamiento físico) que aplacara cualquier urgencia sexual que experimentaran. La posibilidad de que existiera una atracción mutua, importaba menos que la obligación contraída de permanecer juntos.

Renaud de Montaubon: Miniatura

Lo fundamental de la relación de pareja cristiana no residía en el placer que pudieran compartir los cónyuges (nadie mencionaba la conveniencia de que la mujer pudiera experimentar otra satisfacción que la del deber cumplido), sino en la oración conjunta y la crianza de los hijos que habrían de procrear, en el contexto de las normas de vida cristiana. Si eso que era tan difícil, se daba, ¿por qué preocuparse del resto?

Nuestras Sagradas Escrituras no nos dicen que hay necesidad alguna de que marido y mujer se atraigan tan fuertemente. Esa es muestra, más bien, de amores lascivos y desvergonzados; dado que al inundar sus corazones con deseos lúbricos, continuamente los desean y ellos se abandonan y no profesan a Dios el amor que le deben. He visto a mujeres que amaban de tal modo a sus maridos, y sus maridos a ellas, con un amor tan ardiente, que unas y otros olvidaban de servir a Dios, pues del tiempo que se le debe a Dios, solo le dedicaban aquel que les dejaba libre sus lascivos arrumacos. (Pierre de Bourdeilles (Brantôme): Las Damas Galantes)

No conviene imaginar al Medioevo como una época de fanáticos religiosos que hubieran preferido la muerte, antes que caer en el pecado. En el siglo XIV, Pierre de La Palu menciona la práctica del coitus interruptus (penetración de la mujer por el hombre, que se retira antes de la eyaculación interna capaz de fecundarla) como forma establecer un control de la natalidad. Se trataba de una práctica anticonceptiva estigmatizada mucho antes por la Biblia, cuando se narra la historia de Onán, que al verse obligado a casarse con la viuda de su hermano mayor, intentaba de ese modo evitar una descendencia que no tendría la posibilidad de heredar nada.

A pesar de la condena moral, el coitus interruptus debió haberse difundido bastante hacia el final del Medioevo, porque las tasas de natalidad descendieron en forma alarmante. Tomás Sánchez en el siglo XVI, alentó a las mujeres a tener tantos hijos como resultaran de su convivencia con el marido y aceptó que la sexualidad en el matrimonio pudiera incluir al placer como uno de sus principales estímulos.

De acuerdo a la tradición, si por casualidad una mujer  experimentaba algún placer durante el coito con su legítimo esposo, obtendría ventajas adicionales para los hijos que concibiera, tales como la belleza e inteligencia, pero en ningún caso se consideraba que fuera una obligación del marido preocuparse de que ella experimentara sensaciones placenteras.

Si Dios, quando formó el ome entendiera / que era mala cosa la mujer, non la diera / al ome por compañera, nin d’ él non la fesiera / si para bien non fuera, tan noble non saliera. (Arcipreste de Hita: Libro del Buen Amor)

El amor carnal, alimentado por la lujuria y caracterizado por el exceso, es asimilable al adulterio y produce los mismos efectos que éste: lascivia, celos, locura. (Gilbert de Tournai)

Una respuesta a LA PAREJA EN LA TRADICIÓN CRISTIANA

  1. […] Efigie funeraria de Catón el Censor y su esposa Porcia. Fuente […]

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