ÍNCUBOS Y SÚCUBOS (II): LAS FORMAS SEDUCTORAS DEL MALIGNO


Voltaire

Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, pero el hombre también ha procedido así con él. (Voltaire)

A diferencia de lo que había pasado durante el Medioevo, el racionalismo del siglo XVIII negaba la existencia de Dios, a partir de una crítica al cristianismo, entendido como una religión del Estado, contaminada por el poder, ridiculizada por sus inconsistencias y destinada a desaparecer, como consecuencia del trabajo pedagógico de la Ilustración. Simultáneamente negaba la existencia del Mal, y al hacerlo asumía una postura desafiante, que no se diferenciaba mucho de la atribuida al Demonio en los textos sagrados del monoteísmo.

El ser humano estaba solo en este mundo, y ningún freno moral, ninguna contención impuesta por la sociedad, podía interponerse en su búsqueda de la felicidad personal. Los libertinos, dedicados al cultivo de sus placeres egoístas, lejos de ser figuras detestadas, planteaban el ideal de comportamiento moderno para los filósofos.

Supuse que todo debía ceder a mis deseos, que el universo entero debía responder a mis caprichos y que tenía el derecho de satisfacerlos a mi voluntad. (Marqués de Sade)

Representaciones medievales del Diablo

Desde san Agustín a santo Tomás de Aquino, las parejas infames establecidas por seres humanos y demonios fueron vistas por el mundo cristiano como una ignominia que desafiaba los planes de Dios y debía ser combatida sin concesiones, despreocupándose del sufrimiento que pudiera causarse, para evitar que prosperen y generen imitadores. El Diablo era representado como un humanoide de gran porte, peludo, oscuro, por lo general negro (aunque también podía ser rojo o verde).

Tenía rasgos combinados de humano y animal (macho cabrío, serpiente, perro, oso, toro, murciélago). Despedía un fuerte olor a azufre o podredumbre, que san Atanasio era capaz de reconocer a lo lejos. Mostraba una figura repugnante para todos aquellos que no se le sometieran, y a pesar de ello resultaba irresistible para sus víctimas, que no dudaban en besarle el trasero para testimoniar su entrega.

Acoso del Demonio

¿Cómo podían las mujeres sentirse atraídas por una fealdad tan evidente? La astucia del Diablo era tal, que en caso de necesidad podía disfrazarse de aquello que deseara, asumiendo la apariencia masculina o femenina más adecuada para tentar a sus víctimas. Mujeres de aspecto bellísimo embrujaban a los hombres desprevenidos, con el objeto de hacerlos caer en el pecado de la carne. Seductores hombres jóvenes tentaban a las mujeres que descuidaban sus obligaciones maritales. En 1715, en plena cacería de brujas, una recopilación española de sermones se preocupaba de esclarecer a los creyentes sobre la variedad apabullante de formas seductoras que era capaz de asumir el Mal.

También los hombres pueden ser demonios tentadores. Demonio tentador es el que da otro mal consejo, el que le da mal ejemplo, el que le sirve de escándalo. Demonio tentador del hombre es la mujer, que se compone vanamente con galas superfluas y exquisitas (…) con que arrastra a los hombres al consentimiento de la tentación, con la desnudez escandalosa de los pechos, con que los deja desnudos de la Gracia. (Fray Juan de Jesús María: Sermones doctrinales para las Dominicas y ferias de la Cuaresma)

Pacto medieval con el Diablo

El sexo, descubrió el Medioevo cristiano, era la trampa ideal para perder a esas almas débiles que se dejaban arrastrar por las pasiones y se perdían por la eternidad. ¿Cómo podían conseguirse eso los demonios, a pesar de su origen celestial? Los ángeles eran presentados como espíritus incorpóreos, formados por energía pura. También los demonios, inicialmente, se manifestaban de ese modo incorpóreo. Con el tiempo, sin embargo, se fue afirmando la imagen de seres malignos tan densos en el material que los componía, que podían ser confundidos con las criaturas del mundo real o que se apoderaban de cadáveres humanos para lograr sus fines.

Johan Heinrich Füssli: El sueño

En ciertos casos, los demonios se presentaban como íncubos, seres de aspecto masculino, que las mujeres no eran capaces de resistir, no solo por la indeclinable voluntad de seducir que los animaba a ellos, como por la debilidad que la tradición machista atribuía a sus parejas humanas. Tal como los pintó Johann Heinrich Füssli repetidamente, desde fines del siglo XVIII hasta comienzos del XIX, los íncubos oprimían durante la noche a sus víctimas, imitando las posturas tradicionales de los maridos en el dormitorio. Se trata de una parodia siniestra de la vida cotidiana, en la que cambia la identidad del opresor, un ser sobrenatural, no la del oprimido.

Aunque no hay ningún problema teológico en admitir la acción del demonio cuando se le invoca, sin embargo no debemos caer en un temor excesivo. Una cosa es que sea posible y otra cosa es que eso suceda siempre. Yo pienso que alguna vez Dios puede permitir una acción extraordinaria del mal para que sus hijos, buscando el remedio, vayan al bien. (José Antonio Fortea, demonólogo contemporáneo)

Los demonios podían enamorarse de las mujeres solteras o casadas por igual (incluyendo monjas dedicadas a la vida de contemplación) para ser tan apasionados y persistentes en su relación, como se sabía que en ciertos casos llegaban a ser los amantes humanos, solo que con otra intención más oscura que la del placer físico: al copular, ellos desafiaban a Dios. A pesar de la frecuencia e intensidad que según se decía caracterizaban al coito demoníaco, la frialdad de los genitales hubiera debido alertar a las parejas humanas sobre la verdadera identidad de sus amantes. Mucha pasión era sospechosa, cuando el sexo quedaba relegado a la procreación de nuevos cristianos.

Estas historias aparecen hacia el final de la Edad Media, para explicar la convicción generalizada respecto de las mujeres que se consideraba brujas, por su complicidad con los demonios. En una cultura que ponía todo tipo de trabas a la sexualidad, comenzando por la existencia de un calendario que exigía la frecuente abstinencia sexual por motivos religiosos, cualquier infracción real o sospechada aparecía como un desafío de las fuerzas del mal.

Juan de Valdés Leal: Tentaciones de san Jerónimo

En otros casos, menos frecuentes que los anteriores, los demonios adoptaban la modalidad de súcubos de aspecto femenino que distraían y atormentaban a los castos anacoretas cristianos, como los santos Antonio, Hilarión, Sereno o Jerónimo, que los percibían como mujeres desnudas, tentadoras, cuando no robaban durante el coito, el semen de sus parejas humanas menos virtuosas para utilizarlo en sus prácticas infames. Librarse de la maldición del sexo, como se afirma que le sucedió al monje Equitius, después de haberle suplicado a Dios, para que dejaran de perseguirlo los súcubos, hubiera debido considerarse una bendición que a pocos se les concedía.

El súcubo femenino ofrecía a los hombres que lo aceptaban como pareja, la ventaja de un apasionamiento que era difícil de igualar en el trato con las parejas humanas. Al hipotecar su vida eterna, un hombre se aseguraba el disfrute del sexo que de otro modo sería improbable. En el Malleus Maleficarum, texto de consulta sobre la caza de brujas que asoló a Europa durante los siglos XV a XVIII, se cuentan historias horribles de hombres que caen en relaciones carnales con demonios invisibles. El atractivo de estos demonios podía ser tal que enamoraban a sus parejas humanas o las convertían en sus clientes reiterados, cuando actuaban como prostitutas en los burdeles.

Los íncubos y súcubos pueden se dañinos y destructivos. Como en cualquier situación sexual, el peligro depende de cómo se la maneje. Todo sexo es potencialmente peligroso, porque nuestros sentimientos sexuales no hacen vulnerables. ¿Cuánta gente ha sido arruinada por su amante? El sexo conlleva un pùnto de invasión y los súcubos e íncubos simplemente nos hacen conscientes de eso: (William Burroughs: El lugar de los caminos muertos)

Al copular con los hombres, los súcubos de aspecto femenino cumplían con una tarea fundamental para la subsistencia de su especie: debían robarles el preciado semen que le permitiría al Diablo reproducirse en este mundo, utilizando a las mujeres como reproductoras, aunque esta descendencia adquiriera la forma de monstruos fáciles de identificar. La tortura utilizada por la Inquisición europea para exterminar a cualquier mujer sospechada de poner en peligro el dominio masculino, permitió reunir una detallada descripción de los procedimientos que habrían utilizado los demonios para relacionarse íntimamente con los seres humanos. Con tal de abreviar el tormento, ¿qué confesión, por absurda que fuera, no sería suscrita por las víctimas de la Inquisición?

Las relaciones entre humanos y demonios, particularmente en el caso de éstos con mujeres, son relaciones placenteras cargadas de erotismo ya las que, tanto los demonios como las mujeres, acuden para obtener placer; y en particular éstas, para liberarse de ciertas represiones sexuales dominantes en sus vidas cotidianas. (Vladimir Acosta: La humanidad prodigiosa, El imaginario antropológico medieval)

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