PAREJAS REALES Y BODAS DE FICCIÓN


Príncipe William y Kate Middleton

Kate Middelton, novia del príncipe William de Inglaterra, anuncia después de anunciarse el compromiso, que usará un auto en lugar de la dorada carroza real tirada por varios caballos, para llegar a la catedral de Westminster, donde se ha programado su boda. Rechaza de ese modo una tradición que cuenta con bodas tan fastuosas como la de quien hoy es Elizabeth II en 1952, o la del príncipe Charles y Diana Spencer en 1980, presenciadas por millones de espectadores, gracias a la radio, el cine y la televisión.

¿Puede ser cambiada la parafernalia que se encuentra prescripta por el protocolo y suscita tantas expectativas de los observadores? El día de la boda define el estilo personal de los contrayentes, a través de detalles tales como la ropa menos ampulosa de la mujer, el uniforme rojo del hombre, los árboles en el interior del templo, etc. Efectivamente, la nueva boda recurre a otro paradigma visual, pero de todos modos se apoya en un ceremonial inalcanzable para el común de los mortales. Continúa reciclando el milenario cuento de hadas que cada generación demanda de personajes privilegiados.

Lady Di y Príncipe Charles

En la actualidad es más fácil que en el pasado convertir el acuerdo de una pareja para vivir juntos el mayor tiempo posible y establecer una familia, en un espectáculo que se destina al consumo de millones de lectores y espectadores. Los medios reclaman periódicamente ese material que posee el atractivo de los viejos cuentos de hadas, y si no consiguen príncipes y princesas para protagonizarlo, se conforman con actores de cine o futbolistas tan dispuestos a exhibirse, como a dejarse pagar generosamente por la exclusividad de las imágenes.

Para la nobleza y las figuras de la farándula, es difícil eludir las ceremonias en ocasiones como éstas, rituales que al parecer ellos deben obedecer más que el resto de los mortales, porque son admirados, vigilados y posteriormente imitados por gran parte de la humanidad. Sin duda, la desdichada historia de Lady Di marca la memoria de medio mundo, tras haberse divulgado, durante el proceso de divorcio, quince años más tarde, que en el mismo recinto en el que se fotografiaba el beso de la pareja, se encontraba como invitada Camilla Parker-Bowles, hasta entonces amante del marido, una relación a la que el vistoso matrimonio no estaba de ningún modo poniendo fin.

Esa sí fue una boda cuidada en todos los aspectos formales, que tomó en cuenta la existencia de la televisión, que la difundió por todo el planeta. En atención al medio, se estableció una gama de colores pasteles, que se estipulaban para el vestuario de las damas y decidían una alimentación especial para que el color del estiércol de los caballos participantes no desentonara.

Vista desde esa perspectiva, la boda real se convierte en una faramalla tan grotesca como inepta, que el tiempo se encarga de demoler, una ficción destinada a satisfacer la demanda de mitos de la audiencia masiva, que no confiaba en un heredero de la corona incapaz de encontrar pareja, a quien comenzaba a endilgársele opciones sexuales poco tranquilizadoras para la opinión dominante. No solo habría que casarse con una mujer atractiva y joven, sino que también sería necesario incluir en el acto la lluvia de arroz o pétalos de rosa, los trajes absurdos que nadie usa fuera de esas ceremonias, la música que acompasa los movimientos preestablecidos, las fotos posadas, los videos, etc.

La actividad de los planificadores de boda, profesionales dedicados a la puesta en escena de estas ceremonias tan complejas, se ha difundido entre todos aquellos que pueden costeársela, no solo figuras del deporte y la farándula, que dependen de la imagen que proyecto, sino parejas anónimas.

Boda en Las Vegas

Desde hace años, en la ciudad norteamericana de Las Vegas, famoso centro de la industria de la diversión, cualquier dispuesto a pagarlo puede ser casado mediante el pago de U$ 199 por un doble de Elvis Presley o vestirse de antiguo egipcio (o antiguo romano) para escuchar a un pastor protestante que habla en inglés. La ceremonia no cambia nada, pero se ofrece a los participantes la oportunidad de disfrazarse de pasajeros de la nave intergaláctica Star Trek, de habitantes del Medioevo de Robin Hood, de piratas a bordo de una nave del siglo XVII. Es posible llegar a la capilla montado en ruidosas motocicletas y ser casado por un pastor vestido de cuero negro y cadenas metálicas, como si se tratara de una fiesta sadomasoquista, o casarse bajo el agua, observados por los invitados que permanecen fuera de la piscina, o durante el vuelo de un helicóptero, utilizar el Gran Cañón del Colorado como recinto, etc. Todo capricho se vuelve posible, aunque la creatividad no pase de ser un maquillaje que pretende otorgarle novedad a algo que por ser fundamental no lo necesita.

Los hoteles temáticos permiten ampliar la oferta de bodas fantasiosas. Sin necesidad de moverse de Las Vegas, los interesados pueden casarse en la (réplica a escala reducida de la) Torre Eiffel, en una góndola que surca otra réplica (bajo techo) de los canales venecianos, etc. Hay quienes se adornan para la ceremonia y quienes asumen personalidades que no son la suya (la novia disfrazada de Marylin Monroe, el novio como Elvis Presley).

Casarse brinda la excusa para organizar una fiesta en la que participan los contrayentes, sus parientes y amigos, situación que les permite reforzar los lazos que unen a todo el grupo y definir quiénes no pertenecen a él. ¿La boda es un compromiso establecido ante Dios y el Estado o la ostentación de un nexo personal ante los parientes y amigos? Es difícil llegar a un acuerdo sobre qué importa más en una materia como ésta. A muchos le cuesta aceptar que una ocasión como esa, que queda solemnizada por la presencia de funcionarios civiles y religiosos, pueda convertirse en una fiesta de disfraz, porque el aditamento de la fantasía declarada amenaza con quitarle toda solemnidad al resto.

Madonna y Guy Ritchie

Cuando Madonna y Guy Ritchie se casan en un castillo medieval, protegidos por sus muros de centenares de periodistas y curiosos, ¿no era un disfraz que el novio vistiera un kilt escocés (falda masculina tradicional)? En cuanto al vestido blanco de la novia madura, que se casaba por tercera vez, ¿no dejaba de parodiar la virginidad de las contrayentes, para denunciarse como un disfraz, similar al empleo de cruces e imágenes del culto católico en sus video-clips de claro contenido sexual? Boda retro, puesta en escena para el disfrute de los contrayentes y sus selectos invitados, que no convoca a casi nadie de los que desearían participar y se convierte en un objeto de curiosidad insatisfecha, más importante de lo que en realidad le corresponde.

A pesar de la homogeneidad cultural promovida por los medios masivos, el ceremonial de las bodas plantea diferencias. En la Roma antigua, el traje de la novia era de color naranja. En la India, la novia tiene que vestirse de rosa o rojo, como sucede también en China, donde esos colores son de buen augurio.

Cuando se lo piensa un poco, ¿no es ficción cualquier vestimenta protocolar, comenzando por los enormes sombreros de colores pastel que utilizan las damas en las bodas de la clase alta europea o los kimonos de las ceremonias japonesas? El anillo que intercambian los contrayentes en las bodas de Europa y América, el collar que el novio pone a la novia en la India, el palio que se tiende sobre los novios judíos, la copa que ellos rompen: pocas cosas (tal vez ninguna) hay en las ceremonias de bodas que no revelen su carácter convencional. En otras palabras, que no pueden ser readecuadas por aquellos que se encuentran involucrados directamente, ni tampoco malinterpretadas por los testigos.

El protocolo de una boda suele resistir las variantes caprichosas que pretenden introducir los contrayentes en nombre de la modernidad. Quizás algunos que intentan eludir las convenciones, elijan la playa o la montaña para intercambiar las promesas de fidelidad y asistencia mutua, pero de todos modos reciclan las mismas fórmulas, garantizadas por la presencia de una autoridad (o dos, en el caso de matrimonios en los que los contrayentes pertenecen a distintos credos religiosos). El compromiso de amar y proteger a la pareja hasta el final de la vida, no pasa de ser una declaración bienintencionada, capaz de emocionar a los testigos, que fantasean con disfrutar una armonía similar, aunque resulte un proyecto no demasiado plausible. En el pasado, los votos de los contrayentes quedaban sometidos a la presión del entorno, que dificultaba cualquier intento de volverse atrás. No puede afirmarse que en la actualidad pase lo mismo. Una pareja que no funciona, de acuerdo al criterio dominante, debe deshacerse para que los desafortunados lo intenten de nuevo con otras personas. Las leyes lo permiten y hasta los cultos religiosos contemplan excusas para evitar que el desacuerdo se perpetúe, como antes se aceptaba con resignación, hasta que la muerte los separe.

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