¿ENVEJECER EN PAREJA? (II): DEBATE Y AGONÍA


Sartre y Beauvoir

A pesar de su arduo entrenamiento intelectual, que le permitió encarar una larga carrera literaria y convertirse en líder de opinión pública, en asuntos como Derechos Humanos y feminismo, Simone de Beauvoir revelaba un fuerte condicionamiento romántico cuando se refería a su relación de Jean-Paul Sartre.

O veré a Sartre morir o moriré antes que él. Es horrible no estar allí para consolar al que sufre el dolor que uno le causa al partir. (Simone de Beauvoir: Todos los hombres son mortales)

Sartre y Beauvoir no se habían casado y más aún, habían pregonado las ventajas de una civilizada relación abierta, sostenida durante décadas, que sirvió de modelo a muchas mentes esclarecidas de la primera mitad del siglo XX, pero al menos ella se veía como si estuviera unida a él hasta que la muerte los separara (una situación que la realidad se encargó de desmentir: cada uno optó por una alternativa política distinta durante sus últimos años, y eso fue distanciándolos, como cualquiera hubiera podido prever, de no estar enamorado).

Pero ¿acaso al morir uno causará tanto dolor como le encantaría causar a la pareja sobreviviente, porque eso garantizaría cuánto se lo ama, cuán irreemplazable ha sido, es y podrá ser para el otro? La idea es seductora (sobre todo consoladora) pero no por ello se coincide con la realidad. El sobreviviente se libera también de un compromiso que establecía limitaciones a su vida. A partir de la viudez surgen alternativas que la vida en pareja desaconsejaba tomar en cuenta, como expone la historia de la viuda de Efeso contada por Petronio.

En Éfeso había una matrona con tal fama de honesta, que incluso desde las comarcas vecinas las mujeres venían a conocerla. Cuando perdió a su esposo, no se contentó con acompañarlo en el cortejo fúnebre, con la cabellera despeinada y golpeándose el pecho desnudo, como era la costumbre, sin que fue con su difundo esposo hasta su tumba y se consagró a velar el cuerpo y llorarlo día y noche. (Petronio: Satyricon)

Tal despliegue de dolor, no impide que un soldado que pasa por el lugar la seduzca sin demasiado trámite, porque la fidelidad se reclama en vida, pero deja de tener vigencia tras la muerte de uno de los integrantes de la pareja, a pesar de las ilusiones de muchos, que preferirían eternizar el duelo, morir y matar a quien se amó.

Rito funerario hindu

Los hindúes resolvieron satisfactoriamente esa demanda narcisista de los maridos, que por ser más viejos desaparecían antes que sus mujeres, al disponer que las atribuladas o aliviadas esposas fueran quemadas con ellos. De ese modo, cualquier dolor que pudiera experimentar el muerto en el más allá, quedaba aliviado. Nadie tocaría la posesión que él abandonaba contra su voluntad, el cuerpo de la mujer que él había adquirido al casarse y continuaba poseyendo gracias a la ejecución.

En muchos casos cabe pensar que la muerte sea entendida como un alivio, no solo para el que muere y deja de sufrir, sino (y sobre todo) para el cónyuge sobreviviente. El duelo de los deudos puede ser la última ilusión de aquel que muere. De algún modo, gracias a la pena experimentada por su pareja, continuará participando en los negocios de este mundo.

Alguien lo llorará, lamentará su ausencia. En el mejor de los casos, esa persona con quien estuvo íntimamente relacionado, no hallará sentido al proyecto de su vida solitaria. La nostalgia de la relación perdida la consumirá. En lo posible, morirá también, de pena, como dicen que le sucede a los gansos viudos. Si el sobreviviente de una pareja no lo sentía de ese modo, en la cultura tradicional, al menos debería guardar el luto estipulado por las costumbres, porque muchos ojos vigilaban que eso ocurriera.

Las mujeres se vestían de negro riguroso durante un año y de medio luto (blanco y negro o morado) otro año. Los hombres se ponían corbata negra y una banda negra en la manga derecha. Hay una visión romántica y no poco cruel en esta idea del muerto que desde el más allá arrastra a su pareja a la tumba, ante la imposibilidad de consolarse.

Michael Haneke: Amour

Hay un filme de Michael Haneke, Amour, que recibió distinciones como el Oscar cuando se estrenó, plantea la existencia de una pareja anciana, que vive sola en un departamento y experimenta la progresiva inmersión de la mujer en la demencia, hasta que el hombre (sin duda, por piedad) le da muerte. Haneke presenta este desenlace de una relación de pareja, como algo que cada espectador puede poner entre paréntesis. Tal vez no pase de ser una alternativa imaginaria, elaborada por el hombre que no sabe cómo auxiliarla a ella, que está dispuesta a matarse de hambre; o tal vez sea la única salida que le queda a él.

Hacia el 2030, se calcula que una quinta parte de los norteamericanos tendrá más de 65 años (cuatro veces más que en 1990), situación que por un lado puede celebrarse, porque promete un mejoramiento generalizado de las condiciones de vida, a pesar de que en paralelo se convierte en motivo de preocupación para médicos, paramédicos y políticos que se ven superados por los problemas que la vejez plantea. ¿Qué hacer con toda ese gente que ya no se muere apenas concluida la etapa productiva de la vida, y comienza a ser vista por sus familiares y el Estado como una carga cada vez más pesada, a medida que la existencia se prolonga?

De acuerdo a un mito urbano que circuló en los `90, los esquimales dejaban fuera de sus viviendas a los viejos que por haber perdido la dentadura, ya no eran capaces de masticar las pieles con las que armaban buena parte de sus objetos de uso cotidiano. Congelados, los viejos servían de alimento a los osos polares, con lo que a pesar de resultar inútiles para los humanos, aportaban algo al ecosistema.

Negado por los antropólogos, este mito decía no obstante mucho sobre la mentalidad de quienes lo aceptaban y difundían. En la modernidad occidental, los viejos son un estorbo que no se sabe cómo quitar del medio, mientras los esquimales, pueblo primitivo, habría encontrado la solución (inaceptable para gente más civilizada). El político norteamericano Richard Lamm expresó sin tapujos la lógica del sistema discriminador: “Los ancianos tienen la obligación de morirse y quitarse del medio”. Puesto que no generan riqueza, puesto que se han vuelto poco deseables eróticamente… ¿qué justifica que sigan estorbando a quienes producen, a quienes encienden la libido?

Si en el pasado la etapa de la juventud era tan breve que a los 30 años había concluido y la madurez conducía muy pronto a la decadencia y la muerte irremediable, hoy se enfrenta la paradojal amenaza de continuar en este mundo más tiempo del que disfrutaron las generaciones anteriores, sin saber qué hacer con ese regalo contradictorio.

En algunos países, se está alentando la reincorporación de los jubilados a las actividades laborales. Ellos están en condiciones de aportar un formidable caudal de experiencias a las nuevas generaciones, que han estado sometidas a procesos de formación defectuosos, y por el otro pueden aliviar las estrechuras de un sistema provisional que ha demostrado su incapacidad para asegurarles el mantenimiento de las condiciones de vida a las que estaban acostumbrados.

Yazujiro Ozu: Tokyo Monogatari

Tokyo Monogatari, el filme de Yazujiro Ozu, muestra a una pareja madura, que vive en el campo, mientras sus hijos se han afincado en la ciudad y formado sus propias familias. Mientras los viejos continúen acompañándose el uno al otro, todo está bien. Mezclarlos en la vida de los jóvenes, en cambio, aunque sea por poco tiempo, crea disturbios que solo pueden terminar liquidando la relación del grupo. No es crueldad de las nuevas generaciones, sino una incompatibilidad en el uso del territorio y los recursos que no puede resolverse más que con la oportuna muerte de los viejos.

Las parejas que envejecen requieren cuidados que antes no precisaban, porque cada uno se ocupaba en gran medida de satisfacer sus necesidades individuales. A partir de cierta edad, la dependencia de otro se vuelve indispensable y necesita en ciertos casos del otro miembro de la pareja, de parientes cercanos, de amigos o empleados. Cuidar a un anciano es una tarea difícil y costosa, tanto financiera como emocionalmente.

Estadísticamente se sabe que las mujeres viven más tiempo que los hombres. Al llegar a la ancianidad, son más las viudas que los viudos. Aunque solo sea por diversas enfermedades se encargan de liquidarlos antes, los hombres mueren en compañía de sus mujeres, pero apenas un tercio de ellas viven con sus maridos después de los 65 años. La participación guerras, el consumo excesivo de alcohol y tabaco, los accidentes y agresiones, se encargan de liquidar tempranamente a los hombres. Según Elizabeth Markson, hacia 1990, en los EEUU, las mujeres mayores superaban a los hombres de la misma edad en una relación de tres a dos, cuando en 1960 era de seis a cinco. Después de los 85 años, había cinco mujeres por cada dos hombres.

Hay situaciones que ponen a prueba la estabilidad de las relaciones en una pareja humana y con cierta frecuencia llegan a destruir los nexos de afecto que unían a sus miembros, cuando no las vuelven un proyecto insostenible. La traición amorosa es una de esas situaciones que causan hoy más daño que antes y desarticulan cualquier proyecto de vida con otra persona. ¿Cómo confiar en alguien que miente o esconde? ¿Cómo seguir juntos con aquellos que demuestran tener proyectos personales que excluyen a la pareja o que entran en abierto conflicto con la pareja?

Quedar a solas, porque los hijos crecieron y formaron sus propias familias, o porque nunca hubo hijos, brinda nuevas posibilidades de comunicación a la pareja. Tal vez se entiendan mejor, sin la interferencia familiar que antes les impedía concentrarse en ellos, pero también puede ocurrir lo contrario, que el aislamiento deje al descubierto los conflictos que antes quedaban ocultos o demorados. Tal vez no se divise nada que justifique permanecer juntos.

Cuando un miembro de la pareja muestra su deterioro mental o físico, el otro suele intervenir para compensarlo por las carencias que pasan a formar parte de su rutina. Lo ayuda a recordar, se ocupa de su higiene y alimentación, completa las tareas que a la pareja se le vuelven cada vez más difíciles o imposibles de realizar. Esto supone enfrentar la evidencia de que se está perdiendo a la otra persona, a quien se comprometió a amar y acompañar, de la manera más penosa imaginable, no porque esa persona se aleje materialmente, de una vez por todas, como sucede en las rupturas, sino porque poco a poco deja de ser quien fue, quien atrajo lo suficiente a su pareja como establecer una relación duradera.

Sentimientos de enojo, tristeza y frustración se combinan en el sobreviviente, tal como cuando se sufre la traición de la pareja. ¿Cómo se atrevió a envejecer? Él o ella no son ya quienes prometieron ser, durante la etapa gloriosa pero inevitablemente miope (en buena hora) de la juventud. Nadie sabe lo que le espera en ese momento, fuera de que tarde o temprano le tocará morir. Nadie sospecha siquiera cómo habrán de cambiarlo (para bien o para mal) los eventos que el Azar o la Providencia disponen a lo largo de su vida. La otra persona debe alterar su rol tradicional en la pareja, y pasar de la condición de cónyuge a la de enfermero(a). Tendrá que ponerse al servicio de quien se encuentra en peores condiciones.

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