ARIADNA Y OTRAS MUJERES ABANDONADAS POR SUS PAREJAS


En la mitología griega, los dioses del Olimpo experimentan las mismas pasiones y debilidades que los humanos, sus criaturas (y probablemente sus modelos, como ya sospechaba Hesíodo). La pareja formada por los dioses Hera y Zeus se encuentran y desencuentran en una serie de episodios no exentos de comicidad, por los repetidos adulterios de Zeus y los justificados celos de Hera. Algo similar pasa en la vida conyugal de la pareja del viejo y feo Hefesto y la bella Afrodita, que lo sucesivamente lo engaña con Ares, Anquises y Adonis. La infidelidad, sin embargo, por humillante que resulte para alguna de las partes, no quiebra del todo la relación inicial.

Dido y Eneas

El héroe Jasón arma una pareja tormentosa con la exiliada Medea, a quien deja tras haberle dado un par de hijos, para aprovechar un matrimonio de conveniencia con Glauca, hija del rey de Tebas. La inmortal Selene se enamora del mortal Endimión, y al ser víctima de una maldición, solo puede entrar en contacto con el hombre, cuando él está dormido y sin despertarlo. Logra amar, sin que su pareja sepa que es amado y (menos aún) que dormido corresponde a ese amor.

Dido es una reina viuda y exiliada, que funda la ciudad de Cartago. De acuerdo a La Eneida de Virgilio, otro exiliado, el troyano Eneas, es el hombre de quien Dido se enamora, a pesar de su decisión previa de consagrarse a la memoria de su marido. Eneas es alguien que no puede permanecer con ella, porque Júpiter le ha encomendado otra misión en otro lugar del Mediterráneo, la fundar la ciudad de Roma. Como no logra detenerlo, Dido se inmola en una hoguera. De nuevo, una mujer capaz de tomar decisiones trascendentales, revela que no es nadie, sin la compañía de un hombre que dé sentido a su vida. Perdida su pareja, la mujer no tiene otra alternativa que morir.

La muerte es ahora una visita / bien recibida. / Cuando yazga en tierra, / mis equivocaciones no deberán crearle / problemas a tu pecho. Recuérdame / pero ¡ay! Olvida mi destino. (Henri Purcell: Dido y Eneas)

Los amores de los dioses y héroes mitológicos no suelen afianzarse mediante un proceso de enamoramiento y compromiso gradual entre ambas partes. Tampoco se extinguen por causa de la rutina conyugal, que desgasta los lazos de afecto que pudo haber entre los seres humanos. Dioses y héroes conciben pasiones desmedidas, repentinas, imposibles de controlar y por eso memorables. Cuando arman parejas, incurren también en traiciones, cuyas consecuencias no pasan desapercibidas para sus iguales. No existe nada pequeño en estos destinos de los inmortales. Resultan dignos de ser observados, porque exceden los límites humanos.

Teseo y Ariadna

Teseo goza de privilegios inexplicables desde el momento mismo de su nacimiento. Es hijo de Egeo, Rey de Atenas, que debe pagar un amargo tributo a Minos, Rey de Creta: después de ser derrotado en la guerra. Egeo se ha comprometido a entregar todos los años a siete vírgenes y siete hombres jóvenes, para ser sacrificados al Minotauro, un monstruo de cuerpo humano y cabeza de toro, que es su hijo y habita un laberinto construido especialmente para contenerlo.

Ariadna, hija de Minos, indignada por la bárbara costumbre o (lo más probable) enamorada del extranjero, toma la iniciativa de buscar a Teseo, para compartir con él un secreto que obtuvo de Dédalo, el arquitecto que alzó el laberinto. Si Teseo utiliza un ovillo de hilo para marcar su recorrido, logrará matar al Minotauro, salvar su vida y la de los jóvenes atenienses. Ariadna pone como condición que una vez fuera, Teseo la lleve con él, para evitar la represalia de Minos y sobre todo, para convertirse en su pareja. Esa es la imagen de una mujer apasionada: traiciona a los suyos, se convierte en responsable de la muerte de su hermanastro y opta por el exilio, con tal de asegurarse el amor de un hombre al que apenas conoce.

´Cerámica griega: Teseo matando al Minotauro

En uno de sus juegos con los personajes suministrados por la biblioteca, Jorge Luis Borges atribuye un carácter paradojal (no solo antiheroico, sino ajeno a toda verosimilitud de una relación de pareja) al clímax de esta historia.

-¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo- El minotauro apenas se defendió. (Jorge Luis Borges)

¿Por qué podría un hombre derribar innecesariamente su propia imagen, delante de una mujer que lo ama? ¿Acaso hubo testigos de su enfrentamiento capaces de desmentirlo? Teseo puede mentir, adornar o hacer lo que se le ocurra con el relato de su hazaña y no habrá quien lo contradiga. Gran parte del poder que un hombre puede ejercer sobre su pareja, depende de la construcción de un mito de superioridad de él sobre ella en cualquier aspecto. La idea del hombre que devalúa su imagen, en el texto de Borges, parece referirse a otra cosa, que no corresponde a la mitología. Teseo sabe que a pesar de que todo el mundo crea la otra versión, la más favorable a su imagen pública, delante de su mujer es incapaz de sostenerla.

Evelyn de Morgan: Ariadna en Naxos

Una vez muerto el Minotauro, los atenienses se apresuran a hundir las naves cretenses que hubieran podido seguirlos y embarcan de regreso a su patria, llevando con ellos a Ariadna y su hermana Fedra. Una tormenta los desvía de su rumbo y llegan en busca de agua potable a la isla de Naxos. Las razones que llevan a Teseo a abandonar en la playa a Ariadna pueden discutirse. De acuerdo a la versión de Hesíodo, ella se encuentra dormida cuando Teseo ordena embarcar a los suyos, dejándola atrás. ¿Nadie se ha dado cuenta de la ausencia de la princesa? Más probable resulta que Teseo quiera librarse de ella, porque está interesado en Fedra.

De acuerdo a otra versión, que trata de exculpar a Teseo, es Ariadna quien se interna por decisión propia en la isla y se duerme donde nadie puede encontrarla. Teseo se ve obligado a embarcar, un viento inesperado lo aleja de la isla y se obligado a abandonarla. ¿No son demasiadas coincidencias para encubrir una ruptura unilateral de la pareja?

Una mujer despechada puede convertirse en un adversario temible, cuando esto sucede en la vida cotidiana. Si bien es fácil dejarla de lado, ¿cómo evitar la respuesta de la víctima? En el mito, Ariadna maldice a Teseo y logra que el rey Egeo se arroje al mar, cuando un descuido de su hijo le hace creer que él ha muerto durante el viaje. Esa desgracia es ambigua, porque por un lado facilita el ascenso de Teseo al trono, y vuelve a resultar sospechosa, porque la unión de Teseo y Fedra no les depara la felicidad, sino el conflicto de la pasión que se despierta entre Fedra e Hipólito, su hijastro.

Al abandonar a Ariadna, tal como le sucede a Jasón cuando abandona a Medea, Teseo asegura su desgracia. El quiebre de la pareja es tolerado por la sociedad del mundo antiguo, que no discute el derecho de los hombres a cambiar de parecer y aburrirse de las mujeres que hasta poco antes los atraían, pero de todos modos resulta desaconsejable, dados los poderes considerables (temibles) de las mujeres.

La hazaña previa de Teseo (derrotar al Minotauro) es admirable, pero tiene un defecto: no existiría de no ser por la estrategia y los instrumentos (el hilo) que suministra Ariadna. Paralelamente, el proyecto de liberación personal de Ariadna es perfecto, pero no puede acometerse sin el aporte de Teseo (o de cualquier otro hombre que cumpla las mismas condiciones: a) demostrar la decisión suficiente para entrar en el laberinto, hallar al Minotauro y matarlo; b) ser tan atractivo como para alentar a Ariadna a enamorarse de él, al punto de convencerla de planear la muerte de su hermano y la humillación y el distanciamiento de su padre).

La mujer que aparece en esta historia es temible, porque planifica acciones que alteran el orden establecido por los hombres, guiada por sus hormonas, en lugar de la ambición o el cálculo político. El hombre, en cambio, no merece la confianza de su pareja, porque no se siente atado a ella por ninguna gratitud. Cuando tal situación se da y es conocida por otros, la mujer se vuelve detestable, sin importar los atractivos que se adviertan en ella.

Ariadna tiene que buscar un Teseo para manifestarse como estratega y hembra, un hombre que podría reemplazar por cualquier otro, mientras que Teseo no puede aceptar que Ariadna lo ate a la fidelidad conyugal, puesto que en su vida puede haber otras, como demuestra su nutrido historial de conquistador. Si ella es fiel, cumple con el mandato que la sociedad ha establecido para todas las mujeres, incluyendo a las diosas. Si él fuera fiel, rebajaría su estatura de héroe.

Los pintores han representado a Ariadna como una bella mujer, pacíficamente dormida, a veces denuda, a quien su pareja traiciona con su hermana. Mayor desolación es imposible. De la ópera de Claudio Monteverde se conserva solo el aria del Lamento de Ariadna, que corresponde a ese momento en que el abandono es percibido por el personaje. Se encuentra sola, en un territorio que desconoce, ha dejado atrás a su patria, su familia y el amante por el que todo lo sacrificó. Ella es la imagen perfecta del sufrimiento femenino, que se alimenta del aislamiento y la indefensión.

Al alejarse de Creta, Teseo tuvo a su disposición a dos mujeres, y como se trata de un drama antiguo, en lugar del doble juego de la moral burguesa, debió optar por una de ellas, abandonando a su suerte a la otra. No es una solución demasiado honesta, pero traicionar a una mujer traidora, que deshonró a su padre, no parece una falta demasiado grave.

Ariadna tiene en su historia la posibilidad de encontrarse con dos hombres, pero en ningún caso le es dado optar por cualquiera de ellos: el primero la abandona cuando tiene la oportunidad de hacerlo, y el otro que la encuentra a continuación, la colma de una pasión que compensa cualquier dolor que la mujer haya experimentado.

Dejadme morir / dejadme morir / ¿Esperáis, que me consuele / en un trance tan duro / en un martirio como éste? / Dejadme morir. / (…) ¡Oh Teseo, oh Teseo mío! /  Vuelve a mirar a aquella / Que por ti abandonó su patria y reino / y en esta playa, ahora / presa de fieras despiadadas y crueles / sus huesos dejará. (Strozzi y Monteverdi: L`Arianna)

Cerámica griega: Ariadna y Dionisos

Las fieras que asustan a Ariadna no son tan temibles como se anuncian. Forman parte de un cortejo que la protege y homenajea, en el que figuran también músicos y un carro donde llega una figura masculina joven y de inusitada belleza, el dios Dionisos (Baco para los romanos) el dios del vino y la euforia, que enloquece a las mujeres durante las procesiones en su homenaje. Dionisos la invita a viajar en su compañía, la convierte en su esposa y la conduce al cielo de los inmortales. El verdadero amor no tiene por qué ser el primero, como se advierte en este caso, sino aquel que se impone después de haber experimentado el desengaño.

Pasar de Teseo a Dionisos es para Ariadna cuestión de salud y de curación. (Gilles Deleuze)

Hay quien ve en esta transición a todas luces añadida, improbable, el crecimiento emocional de Ariadna. Si alguien sobrelleva el duelo por la pérdida del primer amor, que supuso definitivo, recibe como premio una felicidad perfecta que de otro modo hubiera desconocido. La mujer que toma la iniciativa en sus relaciones amorosas es castigada, por desafiar las normas de su cultura, que espera de ella su sometimiento al varón. La mujer que se entrega al hombre en el que ha logrado despertar una pasión, en cambio, recibe como premio una felicidad ilimitada. La pareja ideal, de acuerdo a la concepción griega, es aquella donde la mujer vive en pareja, que es fiel y se ha resignado a la subordinación al hombre, mientras el hombre vive en pareja tan solo para engendrar descendencia que lo engrandezca.

¿No hay que odiarse primero, si se ha de amar? / Yo soy tu laberinto. (Friedrich Nietzsche)

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