AMORES QUE DEJAN SU MARCA


Franco Zeffirelli: Romeo and Giuliet

Franco Zeffirelli: Romeo and Giuliet

El primer amor deja su marca no pocas veces indeleble en la memoria, porque en el momento en que se lo experimenta, no hay otras experiencias con las cuales sea posible compararlo. El último amor suele ser recordado también, por las razones opuestas: clausura una etapa que no volverá abrirse. Ambos establecen dos límites que los diferencian del resto de las relaciones en las que alguien pudo involucrarse, sobre todo cuando esas relaciones fueron muchas y por ese motivo tienden a confundirse unas con otras.

El énfasis que se le otorga en tantas culturas a la virginidad femenina, o más bien a su pérdida por la penetración sexual de un hombre, manifiesta la posibilidad de que alguien pueda quedar marcado por el resto de su vida, gracias a un accidente que en muchos casos podría evaluarse como bastante trivial, si no acarreara embarazo. Nada más distante de la realidad. Esa marca oculta era el objeto de inspecciones minuciosas de casamenteras y maridos. Aquellas mujeres intactas, valían por esa única circunstancia más que las otras. Las marcadas, en cambio, dejaban de ser aptas para el matrimonio y el respeto, eran denunciadas ante la comunidad y quedaban libradas a la opción de prostituirse para sobrevivir.

Aquiles y Pentesilea

Aquiles y Pentesilea

La relación conflictiva entre los integrantes de una pareja, no debilitan el interés que los une. En La Ilíada, Aquiles y Pentesilea se sienten atraídos a pesar de encontrarse en bandos enemigos. Cuando luchan, expresan el deseo que los domina. La pasión se manifiesta en ellos como agresión física. En lugar de acariciarse, hay un duelo a muerte. El placer del posible contacto físico resulta eclipsado por la voluntad de imponer al otro sus condiciones, comenzando por el proyecto de quitarle la vida. En la tragedia de Heinrich von Kleist, la mujer es quien derrota al hombre enamorado, que se presenta sin armas al combate. Ella comienza a darse cuenta de la ferocidad de lo sucedido muy tarde, como si el encuentro hubiera ocurrido en sueños.

PENTESILEA: ¿No lo besé? ¿Lo despedacé entonces? (…) Fue un error. ¡Besos o dentelladas! Cualquier que ame de corazón, puede confundir los unos con los otros.

Tancredo y Clorinda

Tancredo y Clorinda

En Jerusalén liberada, el poema de Torcuato Tasso, Tancredo es un caballero cristiano, participante de una de las Cruzadas que intenta rescatar el San Sepulcro, mientras Clorinda es un guerrera musulmana, que lucha contra su enamorado, vestida con una armadura masculina. Cualquier posibilidad de un acuerdo amoroso queda postergada indefinidamente. Primero, cada uno tendría que derrotar al otro, y en tal caso, la relación no quedaría en el simple reconocimiento de su victoria, sino que exigiría la muerte del rival. En este caso, como le sucedió a Aquiles, el hombre se impone. Tancredo toma la precaución de bautizar a Clorinda antes de que ella muera, herida por su enamorado.

Cuando se baja del mundo de los héroes al de los personajes libertinos, la necesidad de marcar a las parejas adquiere una apariencia burlona. El aria de Leporelo, el sirviente del Don Juan de Mozart, en la que se enumeran las conquistas del protagonista de la ópera, tanto como las descripciones de la infinidad de amantes de Giacomo Casanova contenidas en sus Memorias, tienden a volverse repetitivas, y por lo tanto anónimas, menos divertidas que tediosas.

Mozart: Don Giovanni

Mozart: Don Giovanni

En Italia, seiscientas cuarenta. / En Alemania, doscientas treinta y una; / Cien en Francia; en Turquía noventa y una; / pero en España son ya mil tres. / Entre éstas hay campesinas, / camareras, ciudadanas, / condesas, baronesas, / marquesas, princesas. / Mujeres de toda condición / de toda forma, de toda edad. (Wolfgang Amadeus Mozart y Lorenzo da Ponte: Don Juan)

Demasiados amores (si la palabra cabe) para considerarlos la respuesta normal de un hombre ante la diversidad de ofertas femeninas. La proeza de Don Juan es cómo pasar lo antes posible de una mujer a la siguiente, aprovechando la fama que precede al seductor, y de algún modo le facilita la tarea. Cuando él se acerca a una mujer, ella  puede suponer cuáles son sus intenciones y solo tiene que dejarlo hacer.

Se tiene la impresión de que el esfuerzo (mínimo) que el personaje dedica a conquistar a cada una, hace que la actual borre con su presencia el interés que se había dedicado a la anterior.  De acuerdo a esta perspectiva, entablar un contacto sexual con alguien, es una actividad trivial, algo comparable a una competencia deportiva, un desafío que puede acumular puntaje y anécdotas, pero deja fuera las emociones.

El ideal de un amor único o al menos la imagen de un amor insuperable, que se distingue del resto, que habitualmente se disfrutó en el pasado y también se perdió (quizás para siempre) es el fantasma que ronda en el texto de las novelas rosas y las canciones populares. Se trata de la visión de un paraíso del que uno fue expulsado y por más que intente, no halla la manera de recuperar.

Solamente una vez / amé en la vida. / Solamente una vez / y nada más. /  Una vez nada más / en mi huerto brilló la esperanza, / la esperanza que alumbra el camino / de mi soledad. / Una vez nada / se entrega el alma / con la dulce y total / renunciación. (Agustín Lara: Solamente una vez)

No conviene pensar en una pasión que en la actualidad inhibe la exploración  de cualquier otra relación del mismo tipo. Aquello que se perdió, lejos de olvidarse, resulta insuperable, permanece como un hito con el cual se comparan los otros amores, que llegan más tarde, en lo que después de todo puede verse como un intento de probar que nada será capaz de desdibujar el impacto.

A diferencia de las mujeres que una vez marcadas, ante la sociedad quedan incluidas en una categoría dual (de víctimas, pero también de cómplices en una agresión que no debieron aceptar), cuando un hombre queda marcado por la pasión de una mujer que perdió, se espera de él que se recupere; por ejemplo, que intente anular su duelo mediante el acercamiento a otras mujeres.

En la vida hay amores / que nunca pueden olvidarse. / Imborrables momentos / que siempre guarda el corazón. / (…) He besado otras bocas / buscando nuevas ansiedades / y otros brazos extraños me estrechan / llenos de emoción / pero solo consiguen hacerme / recordar los tuyos / que inolvidablemente vivirán en mí. (Julio Gutiérrez: Inolvidable)

Lorena y John Bobbit

Lorena y John Bobbit

Lorena Bobbit, en la década de los ´90, alcanzó una breve notoriedad internacional por castrar en los EEUU a su marido, John Wayne Bobbit, que de acuerdo a su testimonio la golpeaba y le era infiel. Si ella pretendía despojarlo del instrumento con el cual el hombre ejercía legítimamente su poder sobre ella, la cirugía reconstructiva frustró su propósito, mientras la relación conflictiva llegaba a su fin.

Cuando un hombre celoso ciega a su mujer en Chile a mediados del 2016, concreta brutalmente el deseo de que ella no pueda fijarse en otro, incluso después de que la pareja se haya roto, como consecuencia de ese gesto irresponsable. La voluntad de marcar la propiedad vitalicia sobre otro cuerpo, se impone por encima de las repercusiones que deberá pagar aquel que deja la marca.

Hay hombres y mujeres que muerden a sus parejas, en un intento de dejar alguna huella visible de su paso por ese cuerpo ajeno, que hubiera querido retener, para su exclusivo disfrute. Después de una noche apasionada, el agredido tendrá que ocultar a la vista de la comunidad esa marca no infamante, pero tampoco aplaudida, si no quiere delatar su sometimiento. Las ropas “recatadas”, el velo femenino en las comunidades islámicas, cumplen la función de cubrir no solo aquel cuerpo que podría tentar a posibles rivales, sino la carne que queda marcada por el agresor.

Mujer cortada

Mujer cortada

Para el imaginario colectivo, la intensidad del amor humano se mide por las cicatrices de todo tipo que deja en aquellos que lo experimentan. Puede tratarse de marcas físicas, como aquellas que resulta imposible ocultar después de una quemadura (según los organismos que brindan protección a las mujeres, esta opción se ha vuelto cada vez más frecuente en las relaciones de pareja durante los últimos años) o involucrar traumas emocionales que se arrastran el resto de la vida.

A partir de esa demarcación feroz de territorio, desaparece la disponibilidad erótica del otro, se vuelve poco deseable o incluso repulsivo para los demás, y (lo peor de todo) convence a la víctima de que mejor es no exponerse de nuevo a un riesgo similar.

mujer quemada

mujer quemada

El uso del fuego y el alcohol tienen que ver con la concepción del cuerpo de la mujer como el cuerpo del pecado. Es un simbolismo muy fuerte. El castigo se expresa en quemar el cuerpo como expresión de todo: lo físico, la psiquis, el espíritu. Es una manera de ejercer el dominio absoluto sobre la mujer como una manifestación de posesión y apropiación. (Horacio Vonmaro)

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