TANGOS DE AMORES NO CORRESPONDIDOS


baile2Durante la primera mitad del siglo XX, en Argentina y otros países del continente americano, desde las radios y los discos de 78 rpm surgían voces masculinas fáciles de identificar, carentes de presencia física, que resultaban tanto más seductoras por ofrecerse incompletas, cuando las comparamos con los abrumadores recursos audiovisuales que acompañan, magnifican y no pocas veces suplen el desempeño vocal de los cantantes de hoy. En Argentina eran artistas como Hugo del Carril, Charlo, Héctor Mauré, Alberto Marino, Raúl Berón, Julio Martel, Agustín Irusta. Edmundo Rivero, Roberto Rufino y otros.

Esas voces no necesitan el apoyo de imágenes minuciosamente elaboradas, ni bandas sonoras apabullante; en ocasiones apenas acompañadas por algunas guitarras, narraban historias emocionantes, con frecuencia melodramáticas, que solicitaban la participación imaginaria de quienes las oían. ¿Cómo no sentirse involucrado? No costaba demasiado asociar la memoria de recuerdos personales, identificarse con las situaciones de la realidad planteadas por los versos.

¿Es de extrañarse que tantos tangos y boleros hablaran de amor, sobre todo de amores no compartidos, en algunos casos porque circunstancias ajenas a la voluntad de la pareja se oponían, pero sobre todo porque la traición de una de las partes (casi siempre la mujer) quebraba las promesas de fidelidad que alguna vez habían intercambiado los amantes?

[En las canciones populares] el tema del amor ha convertido en vicios retóricos, las dos fórmulas de tratamiento más empleadas desde que la literatura es literatura: el amor idealizado y el amor masoquista. Los temas son o la exaltación de la figura del amado idealizada o las quejas por el mal trato del amor. (Manuel Vázquez Montalbán: Cien años de Canción y Music Hall)

Mientras los boleros idealizaban a las mujeres perversas o indiferentes, que desdeñan al hombre que cometió el error de enamorarse de ellas, para sufrir lo indecible por la pasión no correspondida, los tangos suelen denigrar en público a las mujeres mezquinas o traidoras, para demostrar que después de todo no podían ser tan atractivas como parecieron a quienes en la actualidad sienten asco o lástima por ellas; de ningún modo apego.

portada discoSe dirá que en ambos casos, las canciones de la primera mitad de siglo XX revelan una distancia muy difícil de franquear entre hombres y mujeres; que el amor heterosexual, lejos de suturar, contribuye a revelar. Probablemente no fuera una convicción tan difundida en la realidad, pero la persistencia del tema en la música popular, y la enorme difusión que gozaron esas composiciones, indica que no se trataba de un sentimiento minoritario, rechazado o condenado por la gente. Cuando las relaciones se encuentran envenenadas por la desconfianza, todo lo que se intenta, incluyendo los gestos de buena intención, que en otras circunstancias podrían atenuar las conflictos, resultan mal interpretados:

Con gesto doloroso de mi vida pisoteada, / aquí estoy de frente a tu crueldad. / Quién sabe de los dos cuál es más digno de piedad, / midiendo mi tristeza y tu maldad. / Si supieras cómo arden tus miradas compasivas, / ¡basta ya! Déjame por favor. / Ya nunca lograrás amordazar mi sinsabor. (Héctor Artola y Alfredo Navarrine: Falsedad)

Dados los estilos musicales privilegiados por los medios durante la primera mitad del siglo XX, las letras de estas canciones se oían nítidas, protagónicas, emitidas en la lengua vernácula de los auditores, acompañadas y en ningún momento anuladas por la orquesta. Se volvían familiares gracias a la reiteración y el ámbito donde eran recibidas. Estaban allí, compartiendo nuestra intimidad, pero al mismo tiempo mantenían una distancia prudente respecto de los destinatarios del discurso (a diferencia de la televisión, medio en el que los conductores afirman de palabra y gestualidad que ven a sus espectadores).

Tarjeta postal años `10

Tarjeta postal años `10

El contacto auditivo era a la vez imperfecto y sin embargo más profundo. Grandes cantantes que no tenían cuerpo, o cuyo cuerpo no era lo más importante de su expresión (a diferencia de lo que pasa en la actualidad con los protagonistas de video-clips) entregaban diariamente eso que el tango denomina un “sermón de vino” (Cátulo Castillo: La Ultima Curda), una narración musicalizada y  bailable de peripecias ejemplares, en cuanto capaces de modelar la visión del mundo de la gente que la recibía.

Contame tu condena / decime tu fracaso. / ¿No ves la pena que me ha herido? / y hablame simplemente / de aquel amor ausente / tras un retazo del olvido. (Cátulo Castillo: Che, bandoneón)

¿Cómo extrañarse de que los tangos de entonces se refieran constantemente a las relaciones de pareja (a los amores nacientes y sobre todo a los desamores y otros duelos que se arrastran, a medida que la pasión inicial se desgasta)? Fueron compuestos para ser oídos por hombres y mujeres que los utilizaban como excusa para acercarse físicamente a personas de otro sexo mientras bailaban, superando las restricciones puestas  por la sociedad a todo lo que propiciara el contacto erótico.

Mientras las parejas bailaban, quedaban autorizados para tocarse en público, con las manos y a veces con gran parte del torso y las mejillas. Eso les permitía moverse entrelazados, siguiendo el compás de la música, en una actitud tan evocadora de la sexualidad, que los anatemas de la Iglesia Católica contra el tango resultan más que comprensibles. Durante el baile, se volvía posible dialogar en privado, burlando la constante vigilancia ejercida por los parientes y amigos.

El tango recurrió a los versos, después de una época inicial, en la que solo suministraba música a los bailarines. Las letras pasaron a convertirse en el vehículo perfecto para narrar historias conmovedoras, en ocasiones acreedoras de la estética del reportaje periodístico. Por ejemplo, la confesión del hombre culpable de un doble asesinato pasional.

¡Arrésteme, sargento, y póngame cadenas! / Si soy un delincuente, que me perdone Dios / yo he sido un criollo güeno, me llamo Alberto Arenas… / Señor, me traicionaban, y los maté a los dos… / Mi china fue malvada, mi amigo era un sotreta / Cuando me fui a otro pago me basureó la infiel. / Las pruebas de la infamia las traigo en la maleta: / las trenzas de mi china y el corazón de él. (Carlos Vicente Geroni Flores y Julio Navarrine: A la luz de un candil)

Héctor Basaldúa: Pareja de tango

Héctor Basaldúa: Pareja de tango

¿Quién se atreve a arrestar al asesino confeso? Mató dos veces, él no lo niega, pero de acuerdo a los versos del tango lo hizo porque se vio obligado a hacerlo, con el objeto de cobrarse la traición de una mala mujer y un amigo que resultó no serlo. Según costumbres ancestrales, que nadie cuestionaría, en ocasiones a un hombre que se precie del género que le tocó en suerte, no le quedan otras opciones que convertirse en criminal. Tiene que defender su honor ofendido, en pleno siglo XX, tal como sucedía mil años antes, cuando se encontraban vigentes los códigos de honor del Medioevo.

La condena judicial y el encierro de por vida en una cárcel, son apenas formalidades, tomadas para evitar que otras mujeres se quejen de que no hay Justicia en este mundo. Para la opinión dominante, el asesino de la adúltera es una apenas una víctima, que decidió lavar su buen hombre mancillado. ¿Quién no hubiera hecho lo mismo, de encontrarse en su situación?

En el interior de su hogar, un hombre gozaba durante el siglo XX, de una impunidad digna de jeques árabes. Ser macho brindaba privilegios que estaban fuera de discusión y planteaba obligaciones a los que no era posible renunciar. En la mesa, se lo servía la comida antes que al resto de la familia, de manera tal que si no alcanzaba para todos, no fuera él quien se quedara con hambre. Cuando había que tomar cualquier iniciativa de cierto peso, se le pedía consejo y en ningún caso se hubiera obrado en contra de su opinión. Ser macho incluía también obligaciones (respecto de la comunidad de los otros hombres, más que en relación a las mujeres). Los hombres no lloraban, ni exhibían dudas, ni reconocían errores, ni se arrepentían, ni aprendían nunca nada de su experiencia (porque de antemano, lo sabían todo).

Homero Manzi

Homero Manzi

Los sentimientos contradictorios respecto de la pareja, el conflicto entre los valores del grupo y aquellos propios del individuo, entre lo que se debe hacer y lo que se quiere hacer, llegan tardíamente a los tangos y desgarran su esquematismo ideológico inicial.

Varón pa´ quererte mucho / varón pa´ desearte el bien / varón pa´ olvidar agravios / porque ya te perdoné. / Tal vez no lo sepas nunca / tal vez no lo puedas creer / tal vez te provoque risa / verme tirao a tus pies. (Sebastián Piana y Homero Manzi: Milonga sentimental)

Cuando se observa la letra de los tangos más apegados a la tradición, las mujeres (con excepción de las madres que ponen sus vidas al servicio incondicional de los hijos varones, por crueles o indiferentes que ellos sean) son hembras desmemoriadas o pérfidas,  que con frecuencia reciben su merecido escarmiento, gracias a la intervención de hombres que tampoco son mejores que ellas. La ventaja de los hombres en este universo de traiciones no es poca: de ellos ninguna mujer debería esperar la fidelidad, porque sería lo mismo que pedirles una renuncia a su género.

El Destino que revelan los tangos, es una versión idealizada del punto de vista de los hombres. En ciertos casos, castiga a las mujeres, que son sometidas a proceso acelerado de envejecimiento, gracias al cual pierden el único recurso capaz de ejercer algún poder sobre el sexo opuesto. Mujeres que de acuerdo a la opinión dominante no merecen la confianza masculina, son poco atractivas cuando se las compara con otras más jóvenes, se ven obligadas a sobrellevar una existencia horrible.

A pesar de las evidencias que brinda la realidad, resulta imposible hallar tangos que muestren a los hombres como seres inseguros de su sexualidad, patológicamente celosos, golpeadores o incluso asesinos, que temen a las mujeres más de lo que han llegado a desearlas. Cuesta hallar tangos donde los hombres dialoguen con las mujeres de igual a igual, que los muestren como parejas que comparten las mismas dificultades y alegrías. El enfrentamiento irritado, propio de quienes desean apartarse lo antes posible y definitivamente, de aquello que les inspira desconfianza, que temen o los molesta, resulta ser lo más frecuente.

Para muchos hombres, la única emoción que goza de alguna validación es la ira. El resultado es que una gama de emociones es canalizada en la ira. Aunque tal canalización no es exclusiva de los hombres (ni es el caso para todos los hombres) en algunos no son inusuales las respuestas violentas ante el temor y el sufrimiento, ante la inseguridad y el dolor, ante el rechazo y el menosprecio.

Esto es particularmente cierto cuando el sentimiento producido es el de no tener poder. Tal sentimiento sólo exacerba las inseguridades masculinas: si la masculinidad es una cuestión de poder y control, no ser poderoso significa no ser hombre. (…) La violencia se convierte en el medio para probar lo contrario ante sí mismo y ante otros. (Kaufman)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: