INDIFERENCIA O RECHAZO DEL SEXO EN PAREJA


Paolo Veronese: Apolo y Dafne

Paolo Veronese: Apolo y Dafne

Corren veloces el dios y la muchacha, él por la esperanza y ella por el temor. Sin embargo, el perseguidor, ayudado por las alas del amor, es más rápido, se niega el descanso, acosa la espalda de la fugitiva y echa su aliento sobre los cabellos de ella, que le ondean sobre el cuello. Agotadas sus fuerzas [Dafne] palideció, vencida por la fatiga de tan acelerada huida, mira las aguas del Peneo y dice: “Socórreme, padre, si los ríos tenéis un poder divino, destruye, cambiándola, esta figura por la que he gustado en demasía”. (Ovidio: Las metamorfosis)

 

En la mitología griega, la ninfa Dafne, perseguida por Apolo, consigue que su padre, Peneo, la convierta en un arbusto, un laurel, con tal de salvarla del acoso del dios. Está en su derecho negarse a conceder su cuerpo al seductor, por poderoso que él sea, lo había hecho antes con otros pretendientes que hubieran querido limitar su libertad de cazadora, pero esta decisión finalmente le cuesta cara: pierde la voz, la movilidad y tersura del cuerpo humano, queda reducida a la materia poco apetecible de un arbusto rugoso, que Apolo utiliza como puede (elabora coronas con sus hojas perfumadas y siempre verdes, para llevarla siempre consigo).

Aunque la víctima del acoso sexual puede resistirse al acosador (con repercusiones diversas, que van desde el pedido de disculpas de aquel que la molestaba y tal vez no imaginó siquiera la posibilidad de rechazo, hasta la violación y el femicidio en los que se hace caso omiso de la respuesta de la víctima) cuando la resistencia se da dentro del matrimonio, la negativa se vuelve menos probable, primero porque el hombre que acosa suele considerarse con derechos adquiridos sobre el cuerpo de su pareja, luego porque esa convicción es compartida por la mayoría de la sociedad, y finalmente porque los argumentos de la mujer que se resiste suenan exagerados o falaces: el deber de ella es participar o en todo caso entregarse a la iniciativa de su pareja.

¿Qué le cuesta conceder un favor como el que se le pide, sin ofrecerle ninguna satisfacción, por ejemplo un regalo o dinero a cambio? Hay diferencias entre la condición de esposa y la condición de prostituta, que no implican mayores ventajas para la primera ¿Para qué se casó, si no tomaba en cuenta la intimidad sexual? Ella o su familia debieron estar muy mal informados sobre las obligaciones fundamentales de una esposa correcta. ¿Acaso no es más fácil para ella aceptar el acoso, sabiendo que si no se opone el mal rato pasará, aunque habrá de repetirse en el futuro, a pesar de que ella no llegue a disfrutarlo?

Rosario Castellanos

Rosario Castellanos

En el poema satírico de Rosario Castellanos, el monólogo de la mujer solicitada por un hombre que declara no atraerle, pero que se encuentra obligada a aceptar, por la promesa de amarlo hecha ante las autoridades civiles y religiosas, suministra indicios nada simples sobre los motivos de la resistencia femenina y la confianza respecto de las armas que dispone su sexo para solicitar en ciertos casos, o defraudar en otros, en el campo de batalla de la cama, al único hombre que debería acercársele.

 

Con frecuencia, que puedo predecir, / mi marido hace uso de sus derechos o / como él gusta llamarlo, paga el débito / conyugal. Y me da la espalda. Y ronca. / Yo me resisto siempre / por decoro / pero siempre también / cedo. Por obediencia. / No, no me gusta nada. / De cualquier modo no debería de gustarme / porque yo soy decente ¡y él es tan material! /  Además me preocupa otro embarazo. / Y esos jadeos fuertes y el chirrido / de los resortes de la cama pueden / despertar a los niños que no duermen después. (Rosario Castellanos. Kinsey Report)

Victor Mature (Sansón) y Hedy Lamarr (Dalila)

Victor Mature (Sansón) y Hedy Lamarr (Dalila)

Siempre hay un sin fin de cuestionamientos en la vida de una pareja, que tienen un común denominador: el rechazo de la intimidad, que es un momento de alto riesgo para los participantes. Los hombres quedan demasiado expuestos en esos momentos a la influencia femenina, con resultados tan lamentables como la ceguera y pérdida de fuerzas del mítico Sansón de los israelíes, derrotado por la filistea Dalila, durante el sueño relajado que sucede al coito. Entregarse a una mujer, de acuerdo a esa óptica, es concederle un poder que la alienta a abusar de su posición. En forma paralela, las mujeres quedan sometidas a la incertidumbre del embarazo, que habrá de esclavizarlas durante los meses del embarazo, y más allá, obligarlas a no pensar en otras cosa que la crianza de su prole, durante años.

Para las culturas paternalistas, la indiferencia sexual o la frigidez de las mujeres es un dato más que conveniente, por tranquilizador, para los hombres que aspiran a controlar a las mujeres en otros aspectos (financieros, cívicos, religiosos). Una cultura que otorga dispares oportunidades y obligaciones a los dos géneros, establece desequilibrios que pueden ignorarse en ocasiones, pero no por ello se resuelven. Si las mujeres no experimentan ningún placer durante la actividad sexual a la que se han comprometido con sus esposos, resulta probable que tampoco intentarán nada por ese lado fuera del matrimonio. Esa situación no les promete a las mujeres una mejor calidad de vida, pero sin duda asegura la honra de sus padres, hermanos, esposos e hijos.

José rechaza a la esposa de Potifar

José rechaza a la esposa de Potifar

El casto José, que rechaza las insinuaciones de la esposa de Potifar, no es precisamente un héroe de la mentalidad masculina. El personaje bíblico tiene virtudes admirables, desde su generosidad con los miembros de su familia, hasta su capacidad de administrar sabiamente los negocios de su patrón, pero la castidad no contribuye a que se lo aprecie más. ¿Por qué la indiferencia sexual es una virtud tan apreciada cuando se piensa en las mujeres, y pasa a convertirse en objeto de escarnio cuando se refiere a un hombre?

Los hombres que no pueden controlar sus deseos, son vistos en el peor de los casos como víctimas de un temperamento fogoso, mientras que las mujeres que caen en la misma categoría, lo más probable es que sean execradas. Tal ha sido la milenaria tradición dominante en Oriente y Occidente, donde a nadie se le ocurría entender que la limitación de la experiencia femenina en el disfrute del sexo, alimentara conflictos que debieran resolverse gracias a incómodos diálogos de pareja (“¿Lo pasaste bien?”, “¿Qué te gusta más?”, “¿Qué no te ha caído bien?”) o buscando la intermediación de alguna autoridad competente (desde consejeros espirituales a médicos) encargados de orientar a quienes lo consultan sobre una materia tan privada. No es fácil establecer acuerdos en el interior de parejas disfuncionales, ni menos aún llegar a cumplirlos. Más bien parece una tarea imposible. Muchos prefieren continuar una mala relación, antes que confesarla.

Aprendamos a aumentar la continencia, a enfrentar la demasía, a templar la gula, a mitigar la ira. (Séneca)

La indiferencia a los reclamos del sexo era una de las virtudes pregonadas (aunque no necesariamente practicada) por el cristianismo, heredada de los grandes filósofos estoicos de la Antigüedad, tanto para hombres como para mujeres. De acuerdo a un mito que circuló hace tiempo, el Papa de Roma habría recomendado a las mujeres alemanas que intentaran moverse durante el coito, aunque no sintieran la necesidad de hacerlo, para evitar el pecado nefando en el que habría incurrido un Emperador de ese origen, que llegó a consumar la relación carnal con su esposa, sin advertir que ella estaba muerta. Necrófilo a pesar suyo, la culpa era de una mujer indiferente a los placeres de la carne.

Responder a la pasión de los hombres, excitarlos mediante gestos y palabras, excitarse durante el intento, no eran las estrategias más frecuentes de las mujeres bien consideradas por la sociedad, y definían en cambio la reacción de las prostitutas, a las que podía admirarse por sus dotes amatorias, lo cual equivalía a desearlas y despreciarlas al mismo tiempo. Después de todo, ¿de qué modo repugnante las habían adquirido? Mejor era no averiguarlo.

Egon Schiele: Dibujo

Egon Schiele: Dibujo

No plantear ninguna resistencia a las iniciativas masculinas en materia sexual, ni suministrarles ningún estímulo una vez que las parejas se constituían legalmente: tales eran los límites planteados por la opinión dominante a la mayor parte de las mujeres. Adiestradas por sus madres o (lo que resultaba más probable) libradas a su propio ingenio, ellas dejaban toda la iniciativa sexual a sus parejas masculinas.

En épocas en que se desestimulaba la instrucción de las mujeres, cuando los hombres querían disfrutar un trato más experto en la cama, debían solicitarlo de las profesionales del sexo, que durante milenios han sido adiestradas en esas prácticas, para simular una excitación convincente, siempre y cuando se les compensara por sus servicios. Las prostitutas podían ser despreciadas socialmente, pero no perdían por eso su atractivo. Todo lo contrario. Recurrir a ellas tenía (tiene) para muchos hombres el incentivo de desafiar los tabúes de la sociedad, liberarse de restricciones que habitualmente se respetan.

Los hombres van de putas para sentirse varones. (Fito Páez)

Esas mujeres venales, compartidas por innumerables clientes, esas que simulan experimentar con todos el mismo placer, pero probablemente fingen para complacer a quienes exigen ese espectáculo privado que reconforta su ego, unen a los hombres que las frecuentan, a sabiendas de que ninguno puede reclamar exclusividad. Pertenecen por un rato, a cualquiera que pague la tarifa estipulada. Alimentar celos o imaginar duraderos proyectos de vida, que las quiten de circulación y las reserven para el disfrute de uno solo, son ideas ridículas que pueden concebirse en un momento de pasión, pero al pensarlo mejor no prosperan.

Henri de Toulouse Laurec: Pintura

Henri de Toulouse Laurec: Pintura

Compartir mujeres de mala vida (no al mismo tiempo) establece una camaradería y una complicidad entre los hombres que las frecuentan y sin embargo, durante el trato social, niegan conocerlas. En los prostíbulos nacen negocios, amistades, acuerdos alimentados por el reconocimiento de las debilidades de quienes los frecuentan.

En cuanto a las mujeres de la otra categoría, las denostadas esposas legítimas, bajo ninguna circunstancia se acepta que puedan ser compartidas con otros hombres. ¿Cómo se tendría una certeza sobre la paternidad de la prole? Cuando eso pasa y la situación no puede ser ocultada, se convierte en causal de divorcio o crimen. La esposa del amigo es sagrada, se dicen tradicionalmente los hombres. Cuando alguien se atreve a violar esta norma, se lo considera una traición imperdonable y estalla una enemistad mortal entre el infractor y el traicionado.

Para la mentalidad masculina, es inaceptable que las esposas disfruten la pasión ilegítima tanto como la legal, y peor aún que revelen haber disfrutado más lo ilegítimo que lo legal. Cualquier posibilidad de comparación entre los dos órdenes resulta odiosa, porque se supone que esas mujeres quedaban reservadas para los hombres que las desposaron, y si no disfrutaban la legalidad, mejor hubieran hecho en resignarse, porque nada mejor les estaba reservado.

Para el taoísmo chino, la actividad sexual involucra a las grandes fuerzas del universo: el Yin (la tierra o principio femenino) y el Yan (el cielo o principio masculino). Cuando Su Nu intenta responder las preguntas de Huang Ti sobre la manera de reconocer las sensaciones que experimentan sus parejas, describe una decena de indicadores de comportamiento, con lo que demuestra que el placer de la mujer no solo es posible, sino que debe ser tomado en cuenta; más aún, que es una de las mayores preocupaciones del hombre.

La mujer extiende sus pies y los dedos de los pies, intenta retener el martillo de jade masculino dentro de ella, pero no está seguro de qué modo desea que él empuje. Al mismo tiempo, emite murmullos con voz ahogada. Esto indica que está a punto de llegar a la marea del Yin.

De repente averigua lo que desea y tuerce un poco su cintura. Transpira algo y sonríe. Esto indica que desea que él no acabe aún, pues todavía desea más. (Jolan Chan: El Tao del Amor)

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