AUTOEROTISMO Y DESDÉN POR LA PAREJA (I)


Vivian Maier: Autorretrato

Vivian Maier: Autorretrato

Los niños pueden tener amigos imaginarios, con los que sobrellevan su soledad. Esta no es una situación demasiado rara, en una cultura que otorga mucho tiempo de aislamiento a los niños, mientras los adultos trabajan y los abandonan al empleo de los medios. Los niños hablan con esos personajes inexistentes, los convierten en depositarios de sus secretos, evitan la temible sensación de no tener quien los oiga. Los teléfonos celulares, aplicaciones como whatsapp, los chats y otras alternativas, suministran versiones actualizadas de esa relación con interlocutores distantes, que atenúan la sensación de soledad, al punto de hacer creer que se trata del sustituto (mejorado) de una compañía efectiva. No obstante, al crecer y madurar, se espera que los solitarios desaparezcan de algún modo, que encuentren compañía real, incluso que establezcan parejas estables, con todos los riesgos que la convivencia acostumbrada a la promiscuidad mediática permite prever.

Cuando el desconocido se ha convertido en una persona íntimamente conocida, ya no hay más barreras que superar. Se llega a conocer a la persona amada tan bien como a uno mismo. O quizás sería mejor decir tan poco. (…) Para la mayoría de la gente, su propia persona, tanto como las otras, resulta rápidamente explorada y agotada. (Erich Fromm: El Arte de Amar)

pareja-ancianosLos adultos solitarios no suele ser bien vistos por la sociedad, tanto hoy como en el pasado. ¿Qué puede esperarse de ellos, se preguntan quienes se enteran de su existencia, cuando es evidente que eluden el trato con otros seres humanos? ¿Acaso ocultan algo desagradable respecto de su personalidad (o lo que es más probable, acerca de su sexualidad) que por cualquier motivo no comparten? ¿Se demoran demasiado en establecer una relación permanente, porque no consiguen atraer a quienes tienen la oportunidad de conocerlos mejor? La opinión dominante ha decidido que la norma deseada, que debe ser impuesta a todos, les guste o no, por su propio bien y el de la sociedad, es vivir en pareja y establecer una familia (aunque a continuación se comprueba que la decisión no fue la correcta y se reclame el derecho de deshacer el vínculo).
Si alguien queda solo, antes o después de formar una pareja, y no alcanza a justificarlo de algún modo, se supone que debe ser porque no logró superar los requerimientos mínimos de una relación como esa, que es inferior al promedio, que sufre alguna carencia grave. La única justificación noble para estar solo, es haber decidido dedicarse a la vida religiosa (por el estricto celibato que exige el catolicismo a quienes asumen ese compromiso).
En muchas culturas tradicionales, la soledad se encuentra desalentada o prohibida. Hombres y mujeres deben comprometerse, casarse (y reproducirse) porque así lo espera y exige el Estado. Antes que una oportunidad que se les brinda a todos, se trata de una obligación que debe ser cumplida, si no se quiere recibir sanciones. En el Occidente moderno, mientras tanto, el matrimonio se ha vuelto una alternativa más de relación, desprovista del encanto y el prestigio que disfrutó en el pasado. No faltan las parejas que lo consideran una institución pasada de moda, ridícula para algunos, opresiva para otros, y sobre todo, existen opciones de vida adulta bastante menos responsables, que invitan a disfrutar abiertamente de la soledad o la independencia, vistas como estilos de vida aceptables para una mayoría. El humorista Karl Krauss lo anunciaba con crudeza a comienzos del siglo XX.

Karl Krauss

Karl Krauss

El coito no suele ser más que un subrogado insuficiente del onanismo. (Karl Krauss)

Quién está solo en la actualidad, puede sentirse aburrido o angustiado en ciertos momentos, pero no por eso acorralado por la opinión condenatoria de sus contemporáneos. La vida urbana ofrece bares, clubes para solteros, chats de internet, donde resulta posible conocer gente para disfrutar una relación breve, generalmente sexual, que distraiga por un rato y no altere la soledad básica.
Si es por disfrutar el sexo sin compromiso, el mundo moderno asiste a un florecimiento inusitado de la pornografía sugerida o explícita de los medios. Gran parte de la oferta audiovisual tiene como objetivo no declarado estimular eróticamente a la audiencia, de acuerdo a una demanda comprobada. La audiencia masiva no rechaza los cuerpos desnudos, la representación de actos sexuales, los diálogos obscenos en la pantalla, porque se los justifica proclamando que son parte de una ficción, que resultan necesarios para exponer el drama de los personajes. Aquello que antes se sugería, ahora se muestra, sea porque se espera captura de ese modo el interés de los espectadores que siempre piden más, sea porque resulta menos laboriosa la exposición que la sugerencia.

Hace apenas una generación, eso planteaba ciertos límites, porque el cine se exhibía en salas públicas, ante una audiencia que no siempre tenía acceso a ellas, y la televisión llegaba por aire a la intimidad de los hogares, pero se veía obligada a filtrar todavía más los mensajes, porque los códigos morales entraban en juego para reducir la carga de sexo tolerada a los medios.usuario-de-internet
Internet llegó para superar esos límites tradicionales. La pornografía puede ser consumida hoy sin mayores riesgos para el usuario, quienquiera sea, en privado, a cualquier hora y hasta gratuitamente. ¿Para qué buscar compañía, que resuyla más costosa, que acarrea demasiadas posibilidades de rechazo, cuando el autoerotismo se presenta como una alternativa menos riesgosa (las enfermedades venéreas nunca fueron más temibles)?
En la Antigüedad, los instrumentos de estimulación sexual ya existían, con formas similares a las que muestran hoy. Después de todo, el sexo es uno de los componentes inevitables de la cultura humana. El olisbo griego era realista e incluía la representación de los testículos. Pueden cambiar las actitudes de las personas respecto de las maneras de satisfacer sus reclamos sexuales, pero los instrumentos que facilitan el autoerotismo siguen ofreciendo lo mismo desde que se tiene memoria.
Lysistrata, protagonista de la comedia de Aristófanes que lleva su nombre, se queja de que por causa de la guerra interminable que sostienen atenienses y espartanos, no llegan al mercado los apreciados juguetes sexuales que se fabricaban en Mileto y al parecer las mujeres de entonces utilizaban para consolarse de la ausencia de sus parejas. Los griegos y romanos elaboraban esos adminículos utilizando una variedad de materiales: cera, madera o piedra pulida. Para facilitar el empleo placentero, los lubricaban con aceite de oliva.
De la seductora Cleopatra, que tuvo entre sus amantes a Julio César y Marco Antonio, se cuenta que usaba uno de esos instrumentos de cuero, hueco, donde encerraban abejas que le otorgaban una vibración estimulante.
El cristianismo condenó el autoerotismo como una blasfemia, que ofendía el plan divino de que los seres humanos crecieran y se multiplicaran para adorar al Señor. Se lo consideraba algo peor que el adulterio, la violación y el incesto, porque al menos estas modalidades podían conducir a la procreación, a pesar del pecado en el que los participantes incurrían (ahí está, para demostrarlo, la historia bíblica del embriagado Lot y sus hijas, que a pesar de los medios reprobables, logran que el pueblo de Dios no se extinga).
En The Winter`s Tale, la comedia de William Shakespeare escrita hacia el final del siglo XVI, se menciona un dildo, término que en los países anglosajones refiere al instrumento artificial que recuerda los genitales masculinos, con el cual se recrean las mujeres solitarias. Un estímulo exclusivamente táctil, desprovisto del resto de las sensaciones de todo tipo, que otorgan un carácter único a la actividad sexual encarada en pareja.

Anuncio de vibradores, comienzos del siglo XX

Vibradores, comienzos del siglo XX

Hacia el final del siglo XIX, durante el auge de la Revolución Industrial, los consoladores eran de caucho, pero se esperaba de ellos algo más refinado, eficaz y sin precedentes. George Taylor patentó en 1869 en los EEUU un aparatoso vibrador metálico, que funcionaba a vapor, como las locomotoras, y debía ser controlado por especialistas.
También hubo vibradores a pedal, que podían ser autoimpulsados por quienes recibían el masaje (siempre y cuando fueran capaces de mantener la adecuada coordinación muscular durante todo el proceso). Hacia 1880, Joseph Mortimer Granville, patentó un instrumento eléctrico y portátil, alimentado por baterías, que debía aliviar la tediosa actividad manual del profesional que trataba la histeria. Granville, inventor prudente o tal vez interesado en explorar un nuevo perfil de consumidores, comenzó por probarlos en hombres.

Vibrador años `30

Vibrador años `30

Los vibradores de marca Gyro-Lator, Try-New-Life, Barker Universal (una máquina tan versátil que podía ser adaptada como batidor eléctrico en la cocina) o Miracle Ball se promovían en la recatada prensa inglesa. La popularidad que alcanzó el artefacto, le reportó a Granville una gran clientela de la clase alta, que no podía sentirse más segura en la costosa y discreta consulta médica, donde la presencia de un profesional entrenado le aseguraba la absoluta decencia del procedimiento. Según el inventor, el empleo del vibrador eléctrico garantizaba que no se tocara en ningún momento a las damas que recibían el tratamiento.
Las tiendas por departamentos comenzaron a ofrecer vibradores junto a otros electrodomésticos a comienzos del siglo XX, con lo que el empleo que cada usuario quisiera darle, pasó a convertirse en una actividad privada, sobre la cual ni se hablaba, ni se hacían preguntas. Pasaron varios años antes de que esos artefactos, que se cuentan entre los primeros electrodomésticos que aparecieron en el mercado (eran más antiguos aún que las inocentes planchas eléctricas y aspiradoras) adquirieran la imagen actual, de auxiliares de la excitación sexual, que se venden en los sex shops o tiendas especializadas de artículos eróticos.
Más tarde, la creciente visibilidad del cine pornográfico, dejó al descubierto un secreto a voces, el uso no terapéutico de los vibradores, que no se mencionaba en público, pero que se disfrutaban en privado, y la venta de esos artefactos fue prohibida en gran parte de los EEUU, hasta hace una generación, cuando el pánico del contagio del VIH le devolvió a la autoestimulación la imagen de una alternativa sexual que podía tener evidentes limitaciones emocionales, pero desde el punto de vista sanitario resultaba más segura que otras modalidades. Si antes se enfatizaba en la inmoralidad y las insatisfacciones autoerotismo, desde hace una generación el tema se ha vuelto cada vez más visibles y hasta recomendado para quienes viven solos o en pareja.

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