PAREJAS DE PERDICIÓN


Retrato de Giovanni Arnolfini y esposa (1434) Jan van Eyck

Jan van Eyck: Retrato de Giovanni Arnolfini y esposa (1434)

La necesidad de amor y compañía, suele ser en los seres vivos una necesidad tan difícil de postergar como la de respirar o alimentarse. En ciertos niveles elementales de la existencia, todo parece reducirse a la búsqueda ciega de la reproducción. Al avanzarse en la complejidad de la consciencia, se definen sentimientos que no siempre se logra controlar y con frecuencia enredan a quienes los experimentan. En su búsqueda de contactos amorosos, los seres humanos hacen concesiones imprudentes, opuestas al instinto de conservación, imaginan respuestas favorables que no habrán de obtener nunca del objeto de su afecto, cometen errores de cálculo que les cuestan demasiado caros y no pueden revertir.

La gente quiere ser amada; en su defecto, admirada; en su defecto, temida: en su defecto, odiada y despreciada. Quiere evocar algún tipo de sentimiento. El alma se estremece ante el olvido y busca la conexión a cualquier precio. (Hjalmar Söderberg: Doctor Glas)

¿Acaso es tan improbable que se haga daño precisamente a quien se ama, sin quererlo, solo porque las circunstancias lo vuelven algo inevitable? Al elegir o aceptar una pareja, todo el mundo confía encontrar la felicidad duradera. El alma gemela que se ha estado buscando, le suministrará compañía, placer sexual, contención emocional, confort físico, diversión, seguridad, incluso prestigio social. Pueden ser demasiadas y muy opuestas expectativas, que al superponerse nublan la razón de quien las imagina y casi nunca llegan a convertirse en realidad.

Theresa Conway y Dave Gahan

Theresa Conway y Dave Gahan

En ciertas ocasiones, hallar pareja incluye atarse a alguien que, no por mala voluntad, ni tampoco teniendo conciencia clara de lo que hace, se encarga de arrastrar a quien se ha enamorado hacia la perdición. Theresa Conway, primero agente de prensa del rockero Dave Gahan, luego su amante y proveedora de estimulantes tan letales como éxtasis y cocaína, debe haber satisfecho de muchas formas los deseos del hombre, pero también lo apartó de su carrera profesional, lo ayudó a encerrarse en el consumo de alucinógenos, que lo condujo a un paro cardíaco de un par de minutos, entre otros episodios que hubieran debido probar la estabilidad (nociva) de la relación. A pesar de lo que habían compartido y superado, la mujer lo abandonó, cuando él se negó a darle un hijo.

Viví en la lujuria. Tal cual. Así reinicié mi vida y corté con todo lo demás. Ella era una compañera con quien pude actuar sin ser juzgado e hicimos un pacto de no llegar jamás a las drogas intravenosas, pero, por supuesto, ser adicto y mentiroso te lleva a todo. (Dave Gahan)

De la repentina soledad del músico, a cortarse las venas, no había mucha distancia. Que Gahan sobreviviera a la cercanía de Conway, demuestra que no todas las parejas de perdición logran su objetivo, que es eliminarse gracias a la convivencia. Algunos reaccionan a tiempo y apartan de sus vidas a quienes se han instalado en el lugar más adecuado para destruirlos, mientras otros caen víctimas del enamoramiento que los ciega.

Gentileschi: Judith y Holofernes

Artemisia Gentileschi: Judith y Holofernes

Si Sansón no se entregara desarmado a Dalila, si Holofernes no se entregara en parecidas condiciones a Judith, la perdición de esos dos hombres fuertes no hubiera sido posible. Sansón es quien sale mejor parado, aunque lo dejen ciego y sin fuerzas, desacreditado ante sus seguidores. Holofernes pierde literalmente la cabeza durante la noche de bodas. De acuerdo a los roles que se atribuían a los géneros en esa época, hubieran debido ser las mujeres quienes sufrieran el maltrato de los hombres que las conducían al lecho, no pocas veces como trofeos de guerra, y las utilizaban para obtener su placer (y generar descendencia). Aceptar esa imagen, resignarse a su situación desventajosa, hubiera debido ser lo más prudente para ellas.

Una mujer es nada, solo a través de un hombre puede convertirse en algo, puede ser una madre por su intermedio. (Friedrich Hebbel: Judith)

La imagen de la mujer fatal, que se aproxima al hombre con la única intención de destruirlo, se volvió frecuente en el arte, a partir del siglo XIX. Piezas teatrales, novelas, pinturas, películas, canciones populares, dieron forma a esa relación cruel entre la mujer temible y el hombre frágil, a pesar de que en la realidad lo opuesto resulta más probable. En las noticias policiales, son mujeres las víctimas más frecuentes de sus parejas masculinas, habitualmente los padres de sus hijos, que temen perderlas y por lo tanto las golpean o asesinan, en un intento paradojal de retenerlas.
Othello ama a Desdémona, que le ha dado suficientes pruebas de su dedicación, al abandonar a su familia por él, pero termina estrangulándola y matándose, por su incapacidad para controlar los celos.
Gente capaz de evaluar con suficiente objetividad la situación a la que se expone, dejaría de lado cualquier oferta de posibles parejas que, sin tomar en cuenta lo seductoras que sean, pueden causar también demasiados daños. Dormir con el enemigo es invitarlo a tomar la iniciativa, para que en algún momento el incauto no despierte.

Oscar Wilde y Aldred Douglas

Oscar Wilde y Aldred Douglas

Aquellos que se encuentran fuera de la pareja y no se encuentran obnubilados por la pasión, no tardan en advertir el potencial destructivo que tiene la relación. Los esfuerzos de los testigos para rescatar a los enamorados de su estupidez, pueden ser inútiles, porque ellos cierran los ojos, idealizan al ser amado y caen en trampas demasiado obvias, que personas maduras deberían eludir sin el menor esfuerzo.
El dramaturgo Oscar Wilde, fue advertido por sus amigos que la relación con el joven Alfred Douglas le acarrearía un escándalo, dado el origen aristocrático de su amante, la opinión dominante en la sociedad inglesa de fines del siglo XIX sobre la homosexualidad, su propia situación de padre de familia y el temperamento inmaduro de su amante.
En lugar de tomar en cuenta esas advertencias, Wilde se dedicó a labrar su ruina.

Todo hombre mata lo que ama (…) Algunos aman poco, otros demasiado. (Oscar Wilde)

Edith Piaf y Theo Sarapo

Edith Piaf y Theo Sarapo

La cantante Edith Piaf tuvo una existencia dividida entre la miseria, el aplauso y los excesos. El azar lo otorgó una garganta única que el mundo admiraba y ella se dedicó a arruinar ese don maravilloso con el alcohol y otras drogas, hasta encontrar la muerte a los 47 años. Su última pareja, tras una colección de hombres célebres y atractivos que Piaf no fue capaz de retener, ni lograron salvarla de la ruina que ella buscaba, fue Théo Sarapo, veinte años más joven que ella. La opinión pública lo acusó de haber explotado a Piaf para lanzar su propia carrera de cantante y heredar la fortuna que todos suponían que la mujer había reunido.

No necesito otros hombres en mi vida. Un solo basta, Théo, es el hombre que esperaba. Es tan hermoso que todas las mujeres lo miran. (Edith Piaf)

Tras la muerte prematura de Piaf, Sarapo demostró la injusticia de las opiniones desinformadas que se habían acumulado sobre su conducta. Pagó las deudas que había dejado la mujer, que había despilfarrado el capital que obtuvo por su trabajo, y al cabo de siete años se mató. Se dijo entonces que Piaf lo había llevado consigo. Su demostrada voluntad de autodestrucción, arrastraba a su pareja a la misma suerte.
¿Por qué hay parejas que se establecen, parecería, para causarse el mayor daño posible? Puede que se amen, pero la relación se dirige hacia un desenlace que puede ser más penoso para ambos, de lo que ocurriría estando separados.

Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre

Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre

En ciertos casos, solo un miembro de la pareja posee un potencial destructivo suficiente para dañarse él y dañar a todos aquellos tan imprudentes que le acerquen. En otros casos, los dos resultan afines en ese aspecto. El potencial destructivo los ha unido y facilitado la oscura empresa en la que están empeñados.
Zelda Sayres, la jovencita encantadora y superficial, proveniente de la alta sociedad de Boston, a comienzos de los años ´20, se convierte en Zelda Fitzgerald, esposa alcohólica y esquizofrénica, que primero arruina financieramente a su marido, Francis Scott Fitzgerald, un escritor de moda y luego lo obliga a buscar trabajo en los estudios de Hollywood, donde su talento se desperdicia y termina sumiéndose en el alcohol, tras un prolongado bloqueo creativo.
¿Qué había pasado entre ambos? Mientras Scott Fitzgerald se ocupó de mantenerla económicamente y se preocupó de su permanencia en una institución de salud mental, cuando el desequilibrio de la mujer fue imposible de ignorar, Zelda no dudaba en escribir en la prensa que su marido le había robado su producción intelectual.

Me parece que en una página [de The Beautiful and Damned] reconocí un fragmento de un viejo Diario mío, el cual misteriosamente desapareció después de mi boda, y también fragmentos de una carta, la cual, considerablemente editada, me resultó familiar. El hecho de que el señor Fitzgerald (…) cree que los plagios comienzan en el hogar. (Zelda)

La muerte de Zelda fue horrible, al quedar encerrada durante un incendio del sanatorio, mientras ella esperaba ser sometido a un electroshock. Para un testigo privilegiado, como la hija de ambos, la relación que mantuvieron fue real y duradera, pero a la vez inexplicable.

Nunca he podido aceptar la idea de que el alcoholismo de mi padre lo que la llevó al sanatorio. Tampoco creo que ella lo haya llevado a volverse alcohólico. (Frances Fitzgerald)

Carson McCullers

Carson McCullers

Promediando los años `30, Lula Carson Smith, conocida como Carson McCullers, una chica fea, enferma, lesbiana, podía ser una artista única, que demostró prematuramente su genialidad con una primera novela, The Heart is a Lonely Hunter. Quiso la suerte que hallara en Reeves McCullers, un alcohólico, que había sido soldado en la Primera Guerra Mundial y se creía con vocación de escritor, aunque no tuviera nada que confirmara esas pretensiones, una pareja que ni siquiera podía complementarla sexualmente.

Claro que tuvimos momentos felices, pero fueron precisamente esos momentos los que lo hicieron todo más difícil. Si Reeves hubiera sido un hombre enteramente malvado, habría sido un alivio para mí, pues habría podido dejarle sin librar tantos y tan duros combates. (Carson McClullers)

Se casaron, se separaron, volvieron a reunirse. Él la robó y arruinó, antes de suicidarse, cuando ella estaba paralítica y sin fuerzas para escribir. Cuesta imaginar una tarea destructiva tan sistemática, prolongada por años, de la que casi por milagro emerge una escritura. ¿Qué ocurre en la intimidad de una pareja, que les impide verse tal como son, dedicados a una labor que conduce a la muerte? ¿Se utilizan uno al otro como instrumentos destinados a punirse mutuamente, por alguna ofensa que ni siquiera comprenden?
Los hombres decididos a imponer su voluntad, pueden revelarse temibles sin reclamar la ayuda de nadie, mientras que las mujeres, dada la situación subordinada en las que se encuentran restringidas por la sociedad patriarcal, necesitan de la complicidad y la colaboración de hombres para concretar sus planes y asegurarse que no las desplacen. Tradicionalmente no son las ejecutoras de los grandes eventos, pero sí las instigadoras que permanecen en la penumbra. Operan a través de sus parejas. Probablemente los hombres a quienes inspiran o instigan, las han elegido como parejas porque detectan en ellas a quienes habrán de secundarlos sin reclamar demasiado, incluso cuando esas mujeres los conducen hacia la perdición.

LADY MACBETH: ¿Nosotros fracasaríamos? Llevad vuestro valor hasta el heroísmo y no fracasaremos. Cuando Duncan esté dormido –y el rudo viaje de hoy le sumirá en un sueño profundo- embriagaré con el vino y la orgía a sus dos chambelanes, de modo tal que la memoria, esa centinela del cerebro, no será en ellos más que humo, y el vaso de su razón un alambique. Cuando saturados de alcohol caigan en un sueño de puercos similar a la muerte, ¿qué no podremos llevar a cabo tú y yo con el indefenso Duncan? (William Shakespeare: Macbeth)

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