CANCIONES DE LA PAREJA SOMETIDA


Agustín Lara

Agustín Lara

Arráncame la vida, con el último beso de amor. / Arráncala, toma mi corazón, arráncame la vida. / Y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no verme / porque al fin tus ojos me llevo yo. (Agustín Lara: Arráncame la vida)

Inmolarse voluntariamente a quien se ama, entregarse sin condiciones de ningún tipo al capricho de otro, desaparecer en la relación de pareja: son fantasías de mutilación, de aniquilamiento, que la canción popular vuelve aceptables porque son acompañadas de melodías fáciles de recordar, que los medios difunden y pueden ser bailadas como parte del cortejo erótico, no obstante la declarada carga masoquista que revelan. La máxima felicidad de una de esas víctimas, parece ser la aceptación de morir en manos de quien se ama. ¿Acaso no habría otra manera de conmover al interlocutor indiferente, al amante que no reacciona, para obtener un momento de su atención?
mujer-maltratoDeclarar públicamente la sumisión de alguien a su pareja, no es una decisión fácil de aceptar para quien la sufre, porque la situación desventajosa que experimenta, solo puede agravarse después de un reconocimiento como ese. Las mujeres golpeadas por sus parejas callan, incluso se esconden de amigos o parientes que podrían ayudarlas a librarse del maltrato. Disimulan los moretones con maquillaje, inventan excusas que favorecen a sus verdugos, siendo algunas tan creíbles como haberse dado en la cara con una puerta, porque se supone que el silencio mejora su imagen (y en forma paralela, evita que sus parejas tomen represalias).
Cuando la declaración de que se ha incurrido en violencia física o psicológica proviene de un hombre arrepentido, las cosas se complican, porque la imagen predominante en la sociedad patriarcal es la opuesta: los hombres están comprometidos a mantener sometidas a las mujeres, en lo que se considera un orden inmutable, establecido por la religión y las buenas costumbres. Eso suele ser lo menos que se espera de ellos. Cuando reaccionan de otro modo, más amable, hasta su identidad sexual queda bajo sospecha. ¿Qué les falta? Los hombres pueden incurrir en excesos y errores de todo tipò, pero no se entregan ni lamentan.

Es la historia de un amor / como no hay otro igual / que me hizo comprender / todo el bien, todo el mal / que le dio luz a mi vida / apagándola después / ¡Ay, qué vida tan oscura! / Sin tu amor yo viviré. (Carlos Eleta Almarán: Historia de un amor)

Un hombre que deja atrás el pudor que se le ha impone en la cultura patriarcal a su género y se queja del desamor que está sufriendo por causa de una mujer, a la que sin embargo tuvo la oportunidad de controlar, pero no fue capaz de hacerlo; alguien que no se dirige a otros hombres, que podrían solidarizar con su estupidez, sino ante el mismo objeto de su desgracia, solo puede ser imaginado en el mundo aparte de los boleros:

Usted es la culpable /de todas mis angustias / y todos mis quebrantos. / Usted llenó mi vida / de dulces inquietudes / y amargos desencantos. / Su amor es como un grito / que llevo aquí en mi sangre / y aquí en mi corazón. / Y soy aunque no quiera / esclavo de sus ojos / juguete de su amor. (José Antonio Zorrilla y Gabriel Ruiz: Usted)

En este caso, junto con la queja hay una acusación capaz de marcar el inicio de una estrategia masculina menos previsible. Aparentemente, el hombre que canta se conformaría con besar a la mujer esquiva, pero una vez que ella concede ese deseo, aunque solo sea para librarse del acoso ¿no quedará en las manos de él? ¿No lo estará alentando a esperar más? Si la mujer cae en sus manos, piensa el hombre, ¿por qué debería él respetar el convenio? Puesto que ella fue tan imprudente como para apiadarse de él, ¿por qué no pasar al ataque?

Bailes apache años `20

Bailes apache años `20

En el pasado, tal vez las mujeres tuvieran un Dios aparte, puesto que sus obligaciones eran tantas y sus derechos tan escasos, que cuesta imaginarlas capaces de sobrevivir en una cultura convencida de que todas ellas eran seres humanos de segunda clase, a los que unos casos se protegía y en otros se abusaba, de acuerdo al humor masculino. Quizás las mujeres del pasado no consideraran que entre sus opciones de vida figuraba la posibilidad de enfrentar de igual a igual a sus parejas y reclamar atención a sus necesidades, por injusto que fuera el trato al que estuvieran sometidas. Ni sus madres o amigas lo habían intentado con éxito, ni los guías espirituales de los templos las alentaban a tal desatino, ni los correos sentimentales de las revistas femeninas hubieran convalidado ensoñaciones como esas.
Tanto las leyes, como las costumbres y el arte, se encargaban, por lo contrario, de suministrar imágenes idealizadas de mujeres que a pesar de estar sometidas, se mostraban sonrientes, calladas, rodeadas por hijos que reclamaban su atención, para certificar que eran felices por ese motivo, mientras demonizaban en forma paralela a aquellas figuras de mujeres rebeldes o tan solo autónomas, que se atrevieran a plantear dudas sobre el monopolio del poder, tradicionalmente ejercido por los hombres.
Al observar la historia del reinado de la egipcia Hatshetsup, hija de Tutmosis I, en el siglo XV antes de la era cristiana, se advierte que su nombre fue borrado de los textos y edificios donde aparecía, tal como su tumba fue profanada y sus representaciones visuales destruidas, a pesar que se había tomado la precaución mostrarla con barba, para asimilarla a un gobernante masculino. Sus adversarios no aceptaron que, viva o muerta, una mujer pudiera detentar tantos poderes.

Mon Homme: partitura

Mon Homme: partitura

La oportunidad de entregarse incondicionalmente a un hombre, a quien si lograban retener, daría su vida, era uno de los mayores premios que deparaba el Destino a una infinidad de mujeres. Cuando esa relación desigual se daba, o al menos cuando ellas imaginaban que iban a ser escogidas como pareja, todo adquiría sentido, comenzando por el azar de haber llegado al mundo con un sexo que más bien anunciaba incomodidades y dolor, que satisfacciones.
Una canción escrita en Francia en 1920 e interpretada a partir de entonces por Mistinguette, fue traducida al inglés y cantada por Fanny Brice en los EEUU, para ser, retomada una generación más tarde por Billie Holliday en el mismo país, por Patachou en Francia, por Sara Montiel en España, y finalmente por Barbra Streisand, cuando personificó a Brice en el musical de Broadway y el filme Funny Girl, que convierte en puro lucimiento vocal el sometimiento: esa mujer tan segura de sí misma, que domina al público desde un escenario, no es demasiado probable que pueda haberse entregado realmente a ninguna pareja masculina. Si lo hizo, fue como un insecto, la Mantis Religiosa, que acepta la fecundación del macho después de haberlo decapitado.
La mujer sometida se expresa de otro modo, que cuesta aceptar en la actualidad. En la versión decorativa de Sarita Montiel incluida en El último cuplé:

En cuanto le vi / Yo me dije para mí / Es mi hombre. / Solo vivo para él / Mientras quiera serme fiel / Ese hombre. / No puedo pasar / Una noche sin pensar / En mi hombre / Y le doy cuanto soy / Lo que tengo se lo doy / A mi hombre. / Así estoy / Es un macró / Un gigoló / Pero no me importa na´ / Porque así le quiero yo. / Cualquier día por Pigalle / Para mi mal / Tal vez lo perderé / Luego no sé / Ni lo que va a ser de mí / Porque le quiero / Solo tengo corazón / Para mon homme. / Si me pega me da igual / Es natural / Que me tenga siempre así / Porque así le quiero / Ya no tengo corazón / Le intento olvidar / Y me dejo convidar / Por otros hombres / Pero no puede ser / Porque solo soy mujer / Pa´mi hombre. (Maurice Yvain; Mi hombre)

Barbra Streisand: Funny Girl

Barbra Streisand: Funny Girl

Es sintomático que después de los años ´70, esa canción dejara de oírse. Los tiempos estaban cambiando. No tanto el estilo musical, como la mentalidad femenina se alteraba al punto de volverla inadecuada, más que pasada de moda. Cantarla en público en la actualidad, equivaldría a una provocación resistida por buena parte de la audiencia. Se ha vuelto políticamente incorrecto cantarla. Por eso la versión reciente de Colette Renaud, sin alterar la letra, la convierte en ironía mediante la gestualidad. La mujer que se dice dominada, en realidad miente. Ella es quien efectivamente tiene atrapado al hombre que cree explotarla. Quizás no haga nada para librarse de él, quién sabe por qué, pero es improbable que sus oyentes la imiten.
Que Mi hombre conmoviera al público en una época en que las mujeres luchaban por obtener los derechos cívicos, mientras se estaban incorporándose (no sin resistencia masculina) a todas las profesiones liberales. Por entonces, las alternativas tradicionales de encerrarse en un convento, casarse y llenarse de hijos o prostituirse, dejaban de ser las únicas que se ofrecían a cualquier mujer que intentara ganarse la vida. Una opción tan elemental indica la vigencia de una perspectiva de las relaciones entre los sexos que hubiera podido suponerse más que superada en Occidente.
golpeada-2No era, ni es así. La prensa actual ofrece historias de mujeres asesinadas por sus parejas todas las semanas. En muchos casos, el asesinato de la mujer es complementado con el de los hijos de la pareja y el posterior suicidio del hombre responsable de tantas atrocidades, como si la imposibilidad de dar continuidad a un proyecto de vida no tuviera otro desenlace posible que la catástrofe. ¿Aumenta la violencia doméstica, como consecuencia de la creciente autonomía que han adquirido las mujeres en todos los ámbitos, o se trata de una mayor sensibilidad de los medios ante el tema?
Para los hombres, si bien se piensa, la desconsideración o crueldad con la que trataban cotidianamente a las mujeres, no era un privilegio de su género, puesto que a pesar del desprecio y la desconsideración que revelaban sus actos, no conseguían apartarse definitivamente de ellas. ¿Hay mayor contradicción para el hombre dominante, que no ser capaz de vivir con ellas, pero tampoco sin ellas?
El cambio de mentalidad en las relaciones de pareja que se ha venido definiendo en las últimas generaciones, plantea nuevas perspectivas para las mujeres, que descolocan a los hombres. Ellos no cambian tanto. Las canciones actuales son reivindicatorias de la independencia femenina:

Ya me cansé / de ser para ti / como cualquier camisa / que se plancha y se arruga / al compás de tu risa / de ser un objeto / más en tu casa / como un trapo, una silla / una simple taza / y que tú ni te enteres / de qué es lo que pasa. (Ricardo Arjona: Detrás de mi ventana)

Tanto en las letras de las viejas rancheras como en los tangos tradicionales, quedaba en evidencia la intervención de poderes superiores a la voluntad de los individuos, instituciones como las costumbres y los prejuicios de una sociedad patriarcal, que exigía de todos que se sometieran a sus reglas, por crueles que fueran, si no querían ser marginados. En el interior de sus hogares, tanto en la alcoba como en el comedor, los hombres gozaban de una impunidad digna de sátrapas orientales. Su palabra debía ser considerada Ley, como se ufana la ranchera. Ellos estaban obligados a mantener una familia que se habían visto obligados a formar, pero si se comportaban o no con el acuerdo de esa familia, ese era un tema que no preocupaba demasiado a quienes lo evaluaban. Quizás fueran arbitrarios o hicieran pasar necesidades a los suyos. Quizás distrajeran buena parte de sus recursos en caprichos personales. Solo en aquellos casos de descuido evidente, la opinión pública los sancionaba.
De acuerdo a la letra de los tangos, las mujeres (con excepción de las madres que sin esperar nada a cambio ponían sus vidas al servicio de los hijos) eran desmemoriadas o pérfidas, en cualquier caso indignas de recibir la consideración masculina, y a veces recibían su merecido (por ejemplo, envejecían, se afeaban, se enfermaban mortalmente), mientras que en paralelo resultaba difícil hallar canciones que delaten a los hombres como seres inseguros, patológicamente celosos, golpeadores o incluso asesinos, que temen el trato prolongado con las mujeres, porque dan por sentado que ellas terminarán por dominarlos.
Una de las raras emociones que pueden ser reconocidas tradicionalmente por los hombres como propias de su género, es el enojo. Irritarse y demostrarlo de manera inmediata y violenta, es algo que se estima cosa de hombres, tal como callarse y resignarse serían manifestaciones propias de las mujeres. Un estereotipo como ese desemboca en los hombres en la canalización de un conjunto de emociones bastante más complejo y variado, que se confunden con la ira.
Si los hombres sienten miedo, se enojan. Si sufren, también, Si tienen dudas que los comprometan en reflexiones difíciles de controlar, pasa lo mismo. Si se sienten humillados o impotentes, lo expresan del mismo modo. Ser violento es para ellos confirmar que poseen cierta identidad que fuera de toda duda es masculina, propia de su género, por amenazada que se encuentre, mientras que resistir pasivamente la violencia es definir tradicionalmente cierta identidad femenina.

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