PAREJAS, DESEOS Y FRUSTRACIÓN


Josef von Führic: Jacob y Raquel

Josef von Führic: Jacob y Raquel

La Biblia cuenta que Jacob se enamoró de su prima Raquel. Cuando la pidió en matrimonio a su tío Labán, el probable suegro puso como condición que trabajara para él siete años, gratuitamente, cuidando el ganado. Aunque Jacob aceptó el trato abusivo, la novia cubierta por un velo que le entregó Labán no era Raquel, sino su hermana mayor, Lea. El engaño fue descubierto por el hombre después de haber consumado el matrimonio, con lo que quedaba eliminada la posibilidad de anular el contrato. En lugar de renunciar a su amada, Jacob prometió a Labán trabajar siete años más, antes de que le entregara a Raquel (una situación factible en una sociedad poligámica).

Desde siempre, los hombres quieren algo que las mujeres tienen, porque lo trajeron al mundo al nacer, como le sucede a las hembras de otras especies. Ellas, sin embargo, no están dispuestas a entregarlo demasiado pronto, ni a cualquiera que las solicite, porque no necesitan con la misma urgencia a los hombres (al menos, eso es lo que afirman, aunque mientan o se engañen). Es una estrategia normal en el transcurso de la milenaria guerra de los sexos.
Si ellas consiguen hacerse desear, es porque tradicionalmente aprenden de sus madres y amigas, estrategias que en muchos casos les permiten controlarlos a ellos. Negándose a conceder su cuerpo, las mujeres que se enfrentan a sus parejas en las condiciones desventajosas que brinda la intimidad, suelen compensar la disparidad de fuerzas con el ingenio. Es un arma no siempre eficaz (como demuestran las violaciones, golpizas y asesinatos) que pueden utilizar quienes son más débiles, para negociar con quienes habitualmente las controlan. A pesar de que en la sociedad patriarcal, los hombres monopolizan el poder, a ellas les queda el recurso de demorar la sumisión.

Luis Buñuel: Cet obscur objet du désir

Luis Buñuel: Cet obscur objet du désir

En La Mujer y el Pelele, la novela erótica de Pierre Louys, que ha sido objeto de varias adaptaciones cinematográficas  (entre las cuales la de Luis Buñuel), la protagonista no duda en exhibir su cuerpo ante el hombre que la desea, rechazando sin embargo cualquier intento de penetración, en un suplicio prolongado que termina convirtiéndolo a él en un ser sin voluntad propia, que la mujer controla a su antojo.
Lisistrata, la farsa escrita hace veinticuatro siglos, relaciona los órdenes aparentemente desconectados de la política y la vida privada. Las mujeres atenientes, hartas de las reiteradas guerras entre griegos y persas, se ponen de acuerdo para cerrar las puertas de sus alcobas y las de sus propios cuerpos, mientras los hombres insistan en preferir las armas, antes que el cuidado de sus parejas.

LISÍSTRATA; Si nos quedáramos quietecitas en casa, bien maquilladas, si pasáramos a su lado desnudas, con solo las enaguas transparentes y con el triángulo depilado, y a nuestros maridos se les pusiera dura y ardieran en deseos, pero nostras no les hiciéramos caso, sino que nos aguantáramos, harían la paz a toda prisa, bien lo sé. (Aristófanes: Lisístrata)

ettore romagnoleEs una huelga utópica, que no ha sucedido nunca, sobre todo porque las mujeres no han llegado a establecer la unidad necesaria para ejercer ese tipo de presión sobre los hombres. Lo que se espera de los seres humanos de ambos géneros no es poco. Ellos tendrían que renunciar a sus convicciones tradicionales, mientras que las mujeres deberían revelarse capaces de renunciar a temores y mezquindades para obtener sus objetivos comunes. Aristófanes es pesimista respecto de ambas alternativas. El mundo seguirá siendo lo que es, porque las oprimidas caen en contradicciones que debilitan su punto de vista y los hombres no tardan en recuperar sus posiciones de siempre.
Mujeres que prometen acceder a los deseos masculinos, pueden aceptar teóricamente la idea de entregarse, pero no estar dispuestas a ponerla en práctica, utilizando recursos que van desde el oportuno dolor de cabeza, hasta el qué dirán aquellos que no forman parte de la pareja. No suele haber un plazo determinado para que la promesa se cumpla. Antes hay que establecer compromisos que aseguren a las mujeres no salir perjudicadas con el trato que las dejará marcadas.hoy no se
En los comercios del pasado se fijaban carteles que informaban a los clientes: “Hoy no se fía, mañana Sí” o el todavía más desalentador: “Hoy no se fía, mañana tampoco”. En el diálogo amoroso pasaba lo mismo. Entre el deseo y la satisfacción, había que superar una demora de dimensiones considerables.
La entrega sexual debe haber sido buscada desde el comienzo de los tiempos, tanto como ahora, porque se trata de una de las urgencias básicas, que asegura la continuidad de la vida, y se encuentra presente en las especies animales. Los gatos se enfrentan durante el cortejo como si fueran rivales, pero al final de varias horas de sonoras amenazas y miradas temibles, que deben delatar la excitación, la hembra cede y a continuación desconoce a su pareja. La Mantis Religiosa permite al macho que se le aproxime, y cuando se encuentra en la posición adecuada para la fecundación, le devora la cabeza, con lo que confirma su completo control del proceso. La pareja es necesaria, pero también descartable.renauddemontaubon
En Occidente, desde el Medioevo, según la hipótesis clásica de Denis de Rougemont, solo le hemos agregado al cortejo sexual de nuestra especie, hace apenas ocho siglos, la noción del amor, que llega para iluminarlo y también para enredarlo todo. La decisión de formar pareja depende de impulsos elementales, que la inmensa mayoría de los seres humanos experimenta y por lo tanto cuesta ignorar, pero las instancias que deben superarse hasta lograr la feliz coincidencia, pueden ser interminables. Durante el proceso, las frustraciones se acumulaban, mientras que en forma paralela el objeto amoroso adquiría un valor superior al que le hubiera correspondido, de suceder todo de manera espontánea, tal como se da entre los animales.
Hasta hace un par de generaciones, la gente demoraba indefinidamente cualquier posibilidad de ser feliz en su vida erótica, y a pesar de ello rara vez se quejaba de frustración.

La fidelidad se garantiza a sí misma contra la infidelidad por el simple hecho de que se acostumbra a no separar ya el deseo del amor. Porque si el deseo va de prisa y sin rumbo, el amor es lento y difícil, compromete realmente toda una vida, y no existe nada menos que este compromiso para revelar su verdad. (Denis de Rougemont)

Imagen publicitaria comienzos siglo XX

Imagen publicitaria comienzos siglo XX

Durante la primera mitad del siglo XX, no eran raros los noviazgos de seis, siete, ocho años, durante los cuales se dedicaban prolongados esfuerzos a la preparación del matrimonio. En el pasado, una novia (secundada por las otras mujeres de su familia) debía elaborar con sus propias manos el ajuar, que consistía en ropa de cama, toallas, mantelería, incluso vestuario del primer hijo, todo primorosamente bordado, con los monogramas de la pareja, para dejar evidencia del tiempo que se le había dedicado. Mientras tanto, el novio debía trabajar, para que le fuera posible ahorrar dinero, comprar muebles o fabricarlos; incluso llegaba a construir una casa. ¿Por qué habrían de resistirse ambos a tanto trabajo, si disponían de años y años de preparación? El matrimonio se definía, gracias a esta dedicación paralela de los contrayentes, como una empresa decisiva para quienes la emprendían, un proyecto loable, que debía prolongarse en el tiempo.
Las nociones de sacrificio y compromiso eran bastante nítidas en los más opuestos niveles de la existencia, política o éticamente, aunque carecieran de todo valor legal. Se hablaba de literatura comprometida (con el socialismo, pero también con la causa de la Derecha) tal como se hablaba del compromiso de consumir productos nacionales, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando desaparecieron los productos importados de los países de mayor desarrollo y fue necesario desarrollar sustitutos locales. Winston Churchill prometía a sus electores, nada parecido a ventajas y la satisfacción de necesidades elementales, sino sangre, sudor y lágrimas.
Para llegar a ser felices plenamente, sin amenazas, había que pasar antes por una prolongada etapa de sacrificio, de insatisfacción, que no le estaba permitido a nadie rechazar, porque de hacerlo, quien lo intentara quedaba convertido automáticamente en alguien inaceptable. Los adultos vivían para ser juzgados por la comunidad, lo mismo en sus actos públicos que en los privados, por aquellos que los conocían de cerca y se consideraban con derecho a hacerlo y también por quienes tenían información insuficiente y daban crédito a sus prejuicios.
Esto puede parecer un sistema opresivo de control social, pero al mismo tiempo revela una contención grupal que daba sentido a las decisiones cotidianas más penosas de los individuos. No ser demasiado libre puede ser una causa justificada de insatisfacción, pero ser efectivamente libre, absoluto responsable de sus decisiones, desorienta, y en muchos casos aterra, por la nítida imagen de soledad que implica.
La gente ahorraba, postergando la satisfacción de sus deseos de consumidor, con el objeto de reunir el dinero que le permitiera comprar algo costoso al contado. Como ese capital se guardaba debajo del colchón o en un rincón que se suponía seguro del ropero o la cómoda, las instituciones bancarias no identificaban, ni tampoco tentaban al común de la gente con ofertas de crédito plagadas de engañosa letra chica. que a la larga se revelaban penosas de solventar.
La buena imagen personal, de acuerdo a la evaluación que suministraba la sociedad, era algo palpable y difícil de satisfacer, que demandaba sacrificios grandes o pequeños de todo aquel que pretendiera ser tolerado. El qué dirán de parientes, vecinos y amigos, tenía un peso capaz de controlar el comportamiento de gran parte de comunidad, sin necesidad de utilizar cámaras de vigilancia y efectuar denuncias telefónicas a la policía. ¿Pueden concebir que esto haya sido efectivamente así, los miembros de las nuevas generaciones, que crecieron aislados, acostumbrados a pagar con tarjetas de crédito, decididos a aprovechar cualquier oportunidad que se les cruza en el camino y resulta atractiva, dejando de lado cualquier preocupación sobre la forma en que los compromisos serán cubiertos?

Ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio. / Contigo porque me matas / y sin ti porque me muero. / (…) Sabrás que el amor no espera / Me tienes que contestar / El que espera desespera / Ya no me hagas esperar. (…) / Ayer me dijiste que hoy / y hoy me dices que mañana / y mañana me dirás / que se te quitó la gana. (Rubén Fuentes Gasson: Ni contigo ni sin ti)

La demora en satisfacer los impulsos de todo tipo, desde los eróticos a los consumistas, definía tradicionalmente el peso de la moral dominante en la vida cotidiana. No era una restricción que asegurara la felicidad efectiva de nadie, sino algo parecido a la inmunidad ante la eventual crítica de parientes y conocidos, que en caso de manifestarse podía costar más de un perjuicio al infractor. Con tal de evitar sanciones de ese tipo, muchos guardaban las apariencias de fidelidad y frugalidad. Hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud, sentenció hace cinco siglos François de La Rochefoucauld.

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