OFENSAS COTIDIANAS DE LA VIDA EN PAREJA


pareja hostHay hombres y mujeres que se muestran como fiscales de un tribunal imaginario, cuando se dedican a acumular mentalmente un abrumador prontuario sobre sus parejas. Conocen en detalle los asuntos que más hieren la autoestima de aquellos que los acompañan en la vida; por lo tanto, recuerdan cada mezquindad o mentira en la que incurrieron. Han registrado cada promesa que no llegó a cumplirse, cada frase inoportuna, cada respuesta desafortunada. Tal vez pueden callarse, para no dejar en evidencia su mala voluntad, pero de todos modos no olvidan.

Ellos no han perdonado ninguna ofensa real o imaginada que recibieron durante la relación. Cuando resulta oportuno, revelan una formidable memoria para revivir cada error, cada falla, si consideran necesario agredir a la otra persona, con las evidencias de su estupidez, cobardía o perversidad. Vivir en pareja les brinda la posibilidad de establecer un observatorio privilegiado, desde el cual consiguen herir sin demasiado riesgo a quienes tienen más cerca.

El problema, cuando se busca a la mujer perfecta, es que ella probablemente está buscando al hombre perfecto. (Peter Ustinov)

pare hostUna búsqueda tan exigente de las taras y fallos conduce al desencuentro, porque la imperfección (grande o pequeña) es lo más probable en los seres humanos. Si no se tiene cierta capacidad para procesar los datos irritantes que suministra la experiencia, evaluándolos de acuerdo a las consecuencias que trae una respuesta inmediata, teñida por las emociones de disgusto o retaliación, lo más probable es que la vida en pareja se vuelva imposible.
Los hombres engañados por sus mujeres, no dudan en repudiarlas, divorciarse o expulsarlas del domicilio conyugal, cuando las leyes o las costumbres de la comunidad se lo permiten. En otros casos, proceden a asesinarlas con sus propias manos, en conocimiento de que pueden alegar a continuación que lo hicieron en un rapto de locura, que los libra de culpa y cargo.
Aparentemente, se ven obligados a incurrir en conductas tan in adecuadas como esas, para no ser despreciados por sus familiares y conocidos. Que haya existido afecto entre los integrantes de la pareja, que trajeran hijos al mundo y compartieran propiedades, no altera la ferocidad de las represalias. Los crímenes pasionales se encuentran tan arraigados en la cultura patriarcal, que los hombres pueden y más bien deben cobrarse las llamadas ofensas al honor. Si dejan de hacerlo, son despreciados por la comunidad.
Las mujeres engañadas por sus maridos, en cambio, reciben de otras mujeres de su confianza, el consejo de perdonar y olvidar, aunque les duela. La ofensa recibida les brinda a todas ellas (puede suponerse) la oportunidad de mostrar una grandeza de espíritu, un apego a las virtudes tradicionales de su género, que deja de lado cualquier intento de represalia capaz de poner en riesgo su posición en la sociedad.
Desde el Medioevo, las ofensas de la clase alta se evaluaban como leves (que dañaban el amor propio del afectado), graves o injuriosas (ponían en duda la honestidad de alguien) y gravísimas (agredían el cuerpo de la víctima). Una mujer ofendida, en este sector de la sociedad, debía ser defendida en duelo con el agresor, por un hombre de su familia, que la representaba, puesto que el sexo de ella le impedía hacerlo por sí misma. El padre defendía el honor de una hija; el hermano hacía lo mismo con una hermana y el marido con su esposa.
Aunque la ficción de la época (Rosaura, en La Vida es Sueño de Calderón) ofrezca ejemplo de personajes femeninos que salen de su encierro habitual y toman las armas, para reclamar por las ofensas que han recibido, lo más probable es que las mujeres del mundo real no encontraran al varón que las defendiera, estaban perdidas o (dicho de otro modo) debían resignarse a sufrir en silencio.

Henry VIII y Katherine Parr

Henry VIII y Katherine Parr

El rey Enrique VIII de Inglaterra es el modelo del marido investido de enormes poderes, que le permiten satisfacer sus caprichos en asuntos de pareja. Si sus consejeros se oponen a un divorcio que él desea, no duda en condenarlos a muerte y fabricar juicios por traición contra las mujeres de las que pretende librarse. Cuando el mismo Papa de Roma se niega a facilitar un nuevo matrimonio, el rey independiza a la iglesia de Inglaterra del catolicismo (subordinándola simultáneamente a la jefatura personal del monarca). ¿Por qué no habría de hacerlo, cuando los textos sagrados parecen autorizarlo para que siempre se salga con la suya, sobre todo en lo que se refiera a las relaciones de pareja?

Cuando algún hombre hallare a una joven virgen que fuere desposada, y la tomare y se acostare con ella, y fueren descubiertos, entonces el hombre que se acostó con ella dará al padre de la joven cincuenta piezas de plata, y ella será su mujer, por cuanto la humilló. (Deuteronomio 22: 28-29)

En la Biblia, la mujer violada tiene la oportunidad de contraer matrimonio con su violador. Cuando hay una ofensa, debe pagarse una retribución. Se entiende que al casarse ella otorga la solución más adecuada al conflicto que involuntariamente ha caído sobre su familia, que se considera deshonrada por su causa. En forma paralela, el violador es condenado a tener como esposa a una mujer impura, ofensa nada menor para su orgullo, aunque haya sido él, precisamente, el responsable de haberla degradado.
A veces, la violación conducía a la muerte por lapidación de ambos, la víctima y el victimario, emparejados en su responsabilidad por la infracción cometida contra la comunidad respetuosa de las leyes de Dios.

Código Hammurabi

Código Hammurabi

En el Código Hammurabi de los sumerios, redactado en el siglo XVIII antes de nuestra era, se distinguía la violación de una virgen comprometida en matrimonio, de la violación de una mujer casada. Mientras la primera ofensa merecía la muerte del violador, la segunda extendía la condena por ahogamiento a la víctima (a pesar de lo cual, el marido podía rescatar a su esposa degradada, si estaba dispuesto a hacerlo).
Para los antiguos egipcios, el castigo de la violación era la castración del agresor.

Grabado medieval: Desfloración

Grabado medieval: Derecho de pernada

Durante el Medioevo europeo, los señores feudales se reservaban el derecho de quitar la virginidad a las mujeres que vivieran en su territorio y se estuvieran casando. Si era una costumbre denominada el derecho de pernada, ¿podía hablarse de violación, de ofensa? No necesariamente, de acuerdo al criterio de la época. La ofensa pasaba a ser vista como un tributo más que las víctimas se resignaban a conceder a quienes ejercían el Poder, por injusto que fuera.
En América precolombina, los amigos y parientes del novio tenían acceso al cuerpo de la novia, después de que lo hubiera hecho el novio, sin que nadie se sintiera ofendido. Luego de la llegada de los conquistadores europeos, que trajeron el cristianismo y según se podía esperar, otra visión del mundo, la vieja costumbre adquirió otro sentido. La institución denominada Huasicamía en los territorios andinos, establecía que el patrón tuviera a su servicio a toda mujer casada o soltera que habitara en su propiedad, durante una semana por año, situación que se prestaba para someterla a cualquier capricho que él tuviera. ¿Podían ofenderse los campesinos? De hacerlos, ellos cometían una falta.
Concepciones arcaicas de la ofensa al honor han permanecido sin mayores cambios en la cultura islámica y pueden reconocerse (atenuadas) en el ámbito judeocristiano. Dormir (o incluso morir) con el enemigo es el mandato que se plantea a las mujeres. Basta que se establezca una pareja, incluyendo los casos en que todo sucedió por el sometimiento de uno de los participantes a la voluntad del otro, para que situaciones que suelen resultar inadmisibles en otro contexto, adquieran la calidad de admisibles para la sociedad. Rebelarse contra eso, que parece ser una Ley de la Naturaleza, es una completa pérdida de tiempo.

El amor es toda la historia de la vida de las mujeres y un episodio en la vida de los hombres. (Madame de Staël)

En el drama, como se sabe desde Aristóteles, siempre hay un error inicial, una falla de conducta (hamartia) que deja marcado al protagonista y le impide recuperar el control de su vida. Si ese personaje, que no es ejemplar (digno de ser imitado) atrae sin embargo a los espectadores, es porque se revela capaz de superar, no sin realizar antes un gran esfuerzo, las consecuencias de su error. Paga en sufrimiento propio, lo que hizo sufrir a otros, la violación a las normas de la sociedad, la vulneración de los valores que todos respetan. Por eso su sufrimiento (ficticio pero de todos modos verosímil) purga la conciencia de los espectadores.
En Casa de Muñecas, la pieza teatral de Henryk Ibsen, Nora Helmer falsifica la firma de su padre muerto, para conseguir el préstamo de un Banco que le permite financiar el viaje de salud para su esposo, Helmer, que ignora la situación y solo se entera tiempo después, cuando la mujer es extorsionada por un empleado inescrupuloso. ¿Por qué le ha mentido ella a su pareja, aunque fuera con los mejores propósitos? ¿Cómo reaccionará él ante la verdad?

HELMER: Me has amado como una esposa debe amar a su marido. Únicamente te faltó discernimiento en la elección de los medios. ¿Crees que te quiero menos por eso, porque no sabes conducirte a ti misma…? No tienes más que apoyarte en mí y te guiaré. Dejaría yo de ser un hombre si tu incapacidad de mujer no te hiciera el doble de atractiva a mis ojos. (…) Te he perdonado, Nora; te juro que te he perdonado. (Henryk Ibsen: Casa de Muñecas)

A pesar de sus buenas intenciones, ¿qué amor puede experimentar Nora por su marido, cuando se ha permitido pasar por alto los principios éticos que él venera y son compartidos por la mayor parte de la comunidad en la que viven? Helmer es un hombre ofendido por la actividad impropia en la que ha incurrido su esposa, una mujer que debía estarle subordinada, como se lo advirtieron al casarse, y no obstante asumió el riesgo de tomar la iniciativa en asuntos propios de hombres, que involucran el empleo de dinero, equivocándose reiteradamente al atreverse.
El perdón que Helmer le ofrece a Nora, después de regañarla por su estupidez, no sirve de mucho, porque el acuerdo que había mantenido unida a la pareja, por injusto que fuera para ella, se ha roto y no cabe recomponerlo. Él podría continuar alimentando la relación jerárquica que hubo entre ambos, pero después de la experiencia ella no se siente capaz de continuar aceptando una situación que no le permite crecer. ¿Cómo borrar tantas ofensas recientes o antiguas?
La vida en pareja brinda innumerables oportunidades para que alguno de los integrantes ofenda al otro por tonterías o conflictos graves, porque ambos pasan gran parte de su tiempo juntos y tropiezan con obstáculos que suscitan respuestas distintas de cada uno. En ciertos casos, se trata de malentendidos sin demasiada trascendencia, que se superan después de haberse advertido. Son palabras o situaciones que para uno tienen cierto significado y para el otro posee uno distinto o incluso ninguno.
El equívoco puede ser tan molesto como frecuente, pero la comunicación fluida entre las partes debería bastar para disiparlo. Solo es cosa de informar a la otra parte aquello que por cualquier motivo no se entiende o no se acepta, discutir los puntos de vista, para ofrecer la oportunidad de que se aclaren los desacuerdos o se ofrezcan disculpas, en el mejor de los casos se las acepte y todo lo que conduce a la crisis quede olvidado.
El silencio que no es acompañado por el olvido, se convierte pronto en terreno fértil para futuros desencuentros. ¿Por qué calla un integrante de la pareja, que sin embargo se encuentra incómodo por la actitud del otro? La ofensa o el malentendido no tienen demasiada importancia, cuando se compara con las expectativas de la vida en común, y son el fruto de los roces habituales en la existencia cotidiana de una pareja. Destacar un episodio irrelevante por encima del resto, equivale a confesar la sensibilidad excesiva de aquel que se siente ofendido, reveladora de incapacidad para mantener la relación.
Se calla por temor a arruinar una relación que se aprecia, o mejor dicho, que se considera demasiado frágil y por lo tanto se prefiere mantener el silencio, aunque sea al precio de un desacuerdo que no llega a manifestarse.
Se calla también por una evidente hostilidad hacia la pareja. Al convivir, se ha constatado que nada justifica permanecer unidos. Se prefiere guardar intacta la ofensa, con el objeto de utilizarla como antecedente de un futuro reclamo.
Tanto si el desacuerdo se refiere a un asunto menor, que no tardará en superarse, como si es acerca de algo más trascendente, no se quiere brindar a la otra parte la ocasión de aclarar el equívoco o pedir disculpas. Dejar una ofensa abierta, pendiente, es disponer de un arma que puede ser utilizada por el ofendido cuando más le convenga.
Si el mantenimiento de la pareja es el único objetivo de aquellos que la componen, cualquier abuso debería ser tolerado. Ese criterio tradicional, impuesto en épocas en que la mujer carecía de oportunidades para controlar su vida y la de sus hijos, pierde casi toda justificación en la modernidad.

La discreción del hombre le hace lento para la ira, y su gloria es pasar por alto una ofensa. (Proverbios 19;11)

Aprender a perdonar las ofensas, no es solo atender a los postulados de las oraciones religiosas, que plantean la expectativa de alguien que necesita recibir esa franquicia, sino una estrategia realista, que permite preservar una pareja, al precio de suspender cualquier reclamo. No es una tarea nada cómoda para nadie. En muchos casos, el ofendido esperó demasiado de la otra persona. Elaboró una imagen desinformada o favorable, que la realidad se encarga de destruir. Todo comenzó, probablemente, por su error. ¿Por qué sentirse estafado? ¿Por qué acusar a la pareja de un engaño que se propició?

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