VIEJAS ROMERÍAS: OFERTA Y BÚSQUEDA DE PAREJA


Romería del Rocío (España)

Romería del Rocío (España)

Hombres y mujeres de todas las edades, experimentan a lo largo de la vida una considerable atracción mutua, que los lleva a formar parejas, no necesariamente con aquellos seres humanos que tienen cerca, sus parientes, porque en tal caso incurrirían en incesto, sino con gente que no pertenezca a su grupo de origen. En pequeñas comunidades, sin embargo, al cabo de un tiempo, todo el mundo se encuentra emparentado. Las viejas romerías brindaban las mejores ocasiones para que la gente de un poblado entrara en contacto con la gente de otro poblado, tanto para hacer negocios como con el objeto de encontrar pareja. Que se pusiera la excusa del culto religioso es lo de menos, porque se trata de un proceso deseable, para facilitar la coincidencia de portadores de otro material genético (exogamia) en una relación de la que dependía la salud de la descendencia.

En Inglaterra, habitantes de los más lejanos condados se trasladan a Canterbury para venerar el sepulcro del bienaventurado mártir, Santo Tomás Becket, que en más de una ocasión les ha ayudado en sus necesidades. (…) Al anochecer llegó a la posada un grupo compuesto veintinueve personas. Eran de condición (…) diversa, y lo que les había juntado era el deseo de cabalgar hasta Canterbury. (Geoffrey Chaucer. Cuentos de Canterbury)

Desde los primeros siglos de la era cristiana, las romerías se fueron definiendo como celebraciones durante las cuales los creyentes peregrinaban desde sus lugares habituales de residencia, a las tumbas de los santos, con el objeto de demostrar mediante los sacrificios que acarreaba el viaje, su devoción. Eran y todavía son sitios de encuentro de la gente (coinciden con épocas de esparcimiento colectivo) que se mantuvieron sin grandes cambios desde el Medioevo, para debilitarse o desaparecer a mediados del siglo XX, cuando la modernidad separó a los grupos de participantes de las celebraciones populares, para reubicarlos frente a radios, televisores o computadoras que reducen las coincidencias.
Las parejas eventuales se acercaban en sitios tan respetables como los oficios religiosos, en las representaciones teatrales o funciones de cine, en los paseos rutinarios por la plaza del pueblo o el andén de la estación de trenes, mientras consumían helados y refrescos en las confiterías concurridas por toda la familia. Peregrinaciones y romerías brindaban otras oportunidades de conocerse, limitadas en el tiempo y sin embargo más amplias en cuanto a la oferta y búsqueda de pareja.

En las romerías se hacen muchos matrimonios campesinos, bautizos, confirmaciones y primeras comuniones; se inician los noviazgos campesinos, se arreglan los asuntos con los compadres y vecinos y se perfilan muchos negocios entre los campesinos. Es la oportunidad de estrenar los nuevos vestidos y hacer las compras de adornos personales para las mujeres y para las casas. (Javier Ocampo López: El pueblo Bayacense y su folclor)

Sombrero Busco novio en romería española

Sombrero Busco novio en romería española

Tiempo contradictorio de devoción y derroche, de unidad familiar y búsqueda de pareja fuera del ámbito familiar, tanto la fiesta religiosa como la celebración profana, brindaban oportunidades de exposición a los solteros (hombres y mujeres por igual), que solían negarse a las mujeres de la sociedad patriarcal.
Ellas debían resguardarse de los hombres para interesarlos. Ocultarse mientras en realidad se exhibían, era la estrategia recomendada por los mayores. Hasta no hace mucho, la búsqueda de pareja se daba según ciertas pautas y rituales controlados por los mayores, en situaciones que a los jóvenes de hoy pueden resultarles ridículos, por lo complicadas e infructuosas. De allí que solteros y solteras aprovecharan cualquier circunstancia que les permitiera entrar en contacto y poner a prueba su atractivo sobre el sexo opuesto.

El que va de romería, arrepiéntese el otro día. (refrán español)

La tradición de las romerías se prolongó en Europa y América durante siglos. Desde la Antigüedad, la gente peregrinaba en ciertas fechas, año tras año, a diferentes santuarios religiosos, con el objeto de conmemorar a personajes o sucesos notables. El quiebre de la rutina de la vida cotidiana, para compartir con vecinos y parientes el disfrute de un espacio inhabitual, que se dedicaba al ocio, pero también a la oración, permitía reconocer a posibles parejas.baile
La totalidad de la familia participaba en esas celebraciones. Los asistentes se conocían, pero en esas ocasiones se exhibían con ropas que reservaban para las fiestas, probablemente las mismas durante toda su vida adulta. Con motivo de las celebraciones aparecían visitantes de pueblos vecinos, gente que no solía verse casi nunca y permitían elegir pareja que aportaban genes. Durante las fiestas se borraban las barreras sociales, era posible dialogar brevemente con desconocidos, bajo el estímulo del alcohol y la danza.
Las mujeres solteras quedaban en libertad de aceptar la vecindad física (durante tres minutos, aproximadamente) con hombres conocidos o desconocidos que se arriesgaban a invitarlas. Si ellos no las atraían, tampoco era un gran desaire negarse a bailar con una sonrisa. Si los aceptaban, conducidas por esas parejas recorrían la pista, un territorio bien iluminado, sin escondites posibles y escuchaban el discurso que hubiera preparado el acompañante para seducirlas.
El desfile de hombres solteros recién bañados, perfumados y afeitados, facilitaba la selección. Las mujeres casadas o comprometidas no participaban del mercado. No podían aceptar la invitación a bailar sin despertar la ira de sus parejas, que las reservaban para ellos, estuvieran casados o solo comprometidos para hacerlo.
Bailar facilitaba un contacto con el sexo opuesto que no comprometía la libertad de quienes lo intentaban. El vals fue condenado como una inmoralidad cuando apareció, a comienzos del siglo XIX, porque acercaba demasiado el cuerpo de las parejas. Cien años más tarde, el tango merecía un juicio parecido (se decía que era lo mismo que hacer el amor, pero de pie y sin quitarse las ropas). Antes de que terminara el siglo XX, la lambada logró su breve popularidad gracias a la intensificación de ese contacto corporal siempre prometido y a continuación demorado.
Para los jóvenes que debían superar tantos obstáculos para encontrarse en público, el baile en pareja debe haber suministrado una sensación liberadora de intimidad, que hoy resulta difícil de imaginar. El baile permitía escapar del control estrecho ejercido por los parientes, durante alrededor de tres minutos, suficientes para obtener una serie de datos de la posible pareja. ¿Se veía bien de cerca, olía adecuadamente, era capaz de hilvanar un par de frases coherentes, controlaba los impulsos de acortar las distancias y entablar un contacto comprometedor?
Se trataba de una actividad expuesta a la aceptación o burla del resto de la comunidad. Las parejas necesitaban concentrarse en la coreografía, porque tanto debían bailar tangos como valses, pasodobles o fox-trots, un repertorio tan complejo que hoy reaparece solo en los concursos televisivos, tras un entrenamiento coreográfico especializado.
En el pasado, había que superar el riesgo de hacer el ridículo ante la pareja de baile y los testigos que observaban desde poca distancia, no era cosa de descuidar. Los hombres más torpes se confesaban “pata dura” y no sacaban a bailar a ninguna mujer, para no demostrar su inexperiencia. Otros habían tenido la suerte de aprender a bailar tango y vals, por ejemplo, por lo que se abstenían del resto de los bailes de salón, aunque hubieran deseado tener a su novia entre los brazos más tiempo.
Después de cada baile, las amigas se reunían y comentaban entre ellas las experiencias: si la distancia de los cuerpos había sido demasiado estrecha o demasiado distante, los pisotones, el perfume barato o el tufo alcohólico del compañero de baile, su falta de conversación o las preguntas incómodas que ellas se habían negado a responder, la decisión de aceptar o no otras invitaciones de la misma persona. En cuanto a los hombres, ellos desvestían a sus parejas en la imaginación, cuando compartían lo sucedido con sus amigos, mientras bebían una cerveza o fumaban un cigarrillo.

Si yo encontrara un alma / como la mía / cuántas cosas secretas / le contaría. / Un alma que al mirarme / sin decir nada / me lo dijese todo / con la mirada. (María Grever: Alma mía)

Buscar pareja bajo la mirada atenta de una pequeña comunidad, que ofrecía oportunidades para el encuentro y al mismo tiempo vigilaba la corrección de todo lo que ocurriera, brindaba una serie de obstáculos y oportunidades que la modernidad condenó al desuso. Ahora todo parece ser más fácil y por desgracia más incierto. La gente vive enviándose mensajes de texto, fotografías y videos que se suben a You Tube, como quien lanza una botella al mar, en la esperanza de que un milagro permita conectarse con lo que en otra época hubiera sido nombrada como un alma gemela.

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