MUJERES TENTADORAS Y CASTRADORAS


Pin up de Alberto Vargas

Pin up de Alberto Vargas

Pocas cosas resultan más atractivas para la mente masculina, que la imagen de una mujer desnuda o con poca ropa. Ellas excitan a los hombres, los hacen sentirse poderosos, capaces de controlarlas y obtener placer al mismo tiempo. Ni los retratos de los equipos masculinos de fútbol gozan del mismo nivel de adhesión, porque son muchos y tienden a dividirse el favor de su audiencia. En contraste con eso ¿quién consigue ser hombre y mantenerse indiferente a las mujeres? Casi nadie, incluyendo a los travestis que se mantienen a distancia de ellas, pero al mismo tiempo las imitan y parodian con tanto esmero.

El peso de la mujer en el imaginario de los hombres es ratificado todos los días por la publicidad audiovisual de productos de consumo, la prensa sensacionalista y las páginas eróticas de Internet. Esas mujeres venden (no necesariamente a sí mismas). Han sido puestas donde las descubre el menos atento, seductoras, listas para anunciar productos y servicios que no llamarían la atención si ellas no los promovieran. Aunque aparezcan solas en la imagen, sus miradas, sus poses, su actividad o pasividad, se encuentran dirigidas hacia un observador que se halla frente a la pantalla, el cartel o la página y disfruta el espectáculo de esa mujer que lo designa como su pareja del momento.

Las pinups de Alberto Vargas de los años `40, que obtuvieron tanta notoriedad en los medios masivos, combinan la tentación con la sorpresa. Fueron creadas para excitar a los hombres que participaban en la Segunda Guerra Mundial, a quienes designan con la mirada, pero al mismo tiempo adoptan la gestualidad de la inocencia sorprendida. Créase o no, ellas aparentaban estar sorprendidas de ser vistas y sin duda no esperaban ser tocadas. Solo por casualidad sus faldas volaban gracias al oportuno viento, mientras los escotes se desbocaban y los gestos íntimos eran observados por curiosos que no debían culparse de hacerlo. Su teatral inocencia denotaba que no llegaban a entender muy bien qué les estaban pasando. Eran víctimas tontas o al menos representaban ese rol, para facilitar la agresión imaginaria de los hombres.

Venus de Willendorf

Venus de Willendorf

Puede pensarse en una tendencia reciente de la industria cultural del mundo moderno, que utiliza a las mujeres para dirigir la atención hacia otra cosa, pero no es así. Esculturas primitivas, como la de Willendorf, tallada veinte a veintidós siglos antes de nuestra era, simplifica la imagen femenina, quitándole toda importancia a cualquier aspecto que no sean los pechos y las caderas. En ese momento, quizás no hubiera otras cosas que destacar en ellas, que fuera apreciado por el resto de la sociedad. ¿En la actualidad tampoco?

Artemisia Gentileschi: Susana y los viejos

Artemisia Gentileschi: Susana y los viejos

Las figuraciones más frecuentes de la mujer en las artes plásticas tradicionales, tienen características similares. Susana, esposa de Joaquín, es espiada mientras se baña. La codician dos viejos hipócritas, que al ser rechazados la acusan de impudor. Muchos pintores han aprovechado la historia para representar a una joven mujer desnuda, personaje inhabitual en la Biblia (la otra bañista es Bethsabé, espiada involuntariamente desde una terraza vecina por el Rey David, que a continuación no repara en apremios y abusos, con tal de convertirla en su amante, después de haber alejado al marido).

La casta Susana suele ocupar el centro de la imagen, mientras los viejos se camuflan en la vegetación. Cualquier observador puede disfrutar la visión de ese cuerpo indefenso, porque la representación del rechazo de la mujer o el castigo de lo voyeurismo que pone fin a la historia, no tienen espacio. Cuando Artemisia Gentileschi pinta a Susana a comienzos del siglo XVII, en cambio, muestra que ella rechaza el asedio de estos ancianos que no pueden ser considerados como hombres justos. Ella es la víctima y pone al observador como último juez.

Artemisia Gentileschi: Judith y Holofernes

Artemisia Gentileschi: Judith y Holofernes

La imagen de una mujer tentadora, se encuentra ligada con frecuencia a la imagen de la mujer castradora. La historia de Judith es ejemplar. Primero seduce y a continuación degüella, durante su noche de bodas con Holofernes, General de los ejércitos enemigos que han invadido Israel. No es una Mantis Religiosa ni una Viuda Negra, la araña que mata al macho que atrajo, después de haberlo utilizado para que la fecundara. Judith arriesga su vida y mancilla su virtud, para salvar a su pueblo.

Haga lo que haga, no ejecuta sus actos reprobables en provecho propio. Cuando seduce a quien ha designado como su víctima, no conviene entender eso como la búsqueda de una pareja entre aquellos que invadieron su patria y negaron su Dios. La tentación que la mujer ofrece, tiene como objetivo facilitar la destrucción del hombre que seduce. No hay una segunda oportunidad para Holofernes. De disponerla, de no ser asesinado en la noche de bodas, Judith saldría perdiendo.

De la reina Semíramis, que habría vivido en Asiria dos mil años antes de nuestra era, se cuenta que durante su reinado, que se prolongó durante cuatro décadas, liquidaba a sus amantes de una única noche, haciéndolos castrar para que ningún hombre pudiera atreverse a despojarla del poder.

Aubrey Beardsley: Salomé

Aubrey Beardsley: Salomé

Salomé no decapita con sus propias manos a Juan el Bautista, ni ordena a un verdugo que lo haga, pero a instancias de su madre baila para excitar a Herodes, su padrastro, que ha prometido recompensarla por un show de strip tease. Ella ha confesado antes que desea el amor del hombre santo, pero él la rechaza. Despechada, Salomé se dedica a perderlo.

HERODES (riendo): ¿Qué quieres tener en una bandeja de plata, oh dulce y hermosa Salomé, tú, que eres más hermosa que todas las doncellas de Judea? ¿Qué quieres que te traigan en una bandeja de plata? Dímelo. Cualquier cosa que sea, te la darán. Mis tesoros te pertenecen. ¿Qué es, Salomé?

SALOMÉ (levantándose): La cabeza de Jokanaán. (…)

HERODES: No, no, Salomé. No me pidas eso. (…) Pídeme la mitad de mi reino y te la daré. (Oscar Wilde: Salomé)

Tanta maldad ha seducido a los artistas que intentan dar una imagen repulsiva de la mujer. Oscar Wilde hace que Salomé bese los labios de la víctima que acaban de decapitar. Aubrey Beardsley dibuja una mujer tempranamente arruinada, que se entrega a la crueldad como si fuera un vicio que deja la muerte donde pasa y termina destruyéndola a ella también. Wilde inventa un desenlace que se aparta de la tradición bíblica: asqueado por la perversidad de su hijastra, que hasta poco antes lo excitaba, Herodes ordena matarla. No es mala estrategia presentar mujeres tan horribles, puesto de que de ese modo se justifica la decisión de evitar cualquier trato con ellas, que dejan de ser tentadoras, para volverse mortíferas.

Esa imagen puede ser tan atractiva para los hombres que temen a las mujeres con quienes se encuentran relacionados, como lo es para las mujeres resentidas con los hombres, que aspiran a controlarlos tanto como ellos suelen controlarlas. Lorena Gallo, inmigrante ecuatoriana establecida en los EEUU y casada con un ex marine norteamericano John Wayne Bobbit, decidió en 1993 castrar a su marido en castigo por el maltrato y reiteradas infidelidades que había sufrido. El suceso fue difundida por la prensa y la pareja recorrió los talk shows de la televisión norteamericana.

Si es infrecuente que las mujeres concreten de manera tan radical sus deseos  criminales, que las expone a ser sancionadas por la Justicia y marcadas negativamente por la sociedad, la castración masculina es una aspiración que las mujeres dominantes ejercen en forma simbólica sobre sus parejas. Ellas organizan sus actividades (para obligarlos a rendir más, en su rol de machos proveedores), los mantienen informados (o desinformados), también se permiten regañarlos en privado y en público (para que todos adviertan quién de los dos tiene el poder), los libran de todo aquello que consideran interferencias (o vías de escape de una relación malsana), filtran sus contactos con el resto del mundo, mientras se proclaman al servicio de sus parejas.

Tarde o temprano, esos hombres engañan a sus mujeres, las despojan de su capital o ejecutan venganzas todavía más crueles. El conflicto puede no desembocar en una castración, pero sí en una ruptura irreversible y cruel de la pareja.

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