ÍNCUBOS Y SÚCUBOS: EL MALIGNO Y SUS PAREJAS


¿Por qué el hombre tiene en su naturaleza esta horrible facultad de gozar con mayor intensidad cuando tiene conciencia de dañar a la criatura de la cual goza! (Gabrielle D´Annunzio: El Inocente)

Fussli: La pesadilla

Fussli: La pesadilla

En el imaginario colectivo, los hombres y mujeres forman parejas conflictivas, en las que sus integrantes se disputan las diferentes cuotas de poder. Aunque los hombres parecen haber controlado a las mujeres hace miles de años, ellas no se resignan a la derrota que las obligó a someterse, cuando se impuso el esquema de la sociedad patriarcal.  La negativa a darse por vencidas llega a ser en ocasiones explícita y con mayor frecuencia latente, a la espera de circunstancias más favorables para las reivindicaciones. Tal es al menos el reiterado temor masculino. Ellas no perdonan. Tampoco olvidan las afrentas.

Esas mujeres carentes de derechos, compradas, vendidas y utilizadas contra su voluntad, algún día pueden rebelarse contra quienes hasta la fecha ha sido sus amos. Quizás no lo hagan todavía, sabiendo que en medio de la represalia verían perdidas las pocas ventajas que hoy disfrutan, pero de todos modos alimentan fantasías de venganza, tales como aliarse con el Enemigo capaz de hacerles pasar un mal rato a los hombres, en este mundo y el otro. El Diablo es una de las parejas posibles para cualquier mujer, de acuerdo al punto de vista de los hombres. Una mujer desagradable o tan solo independiente, no tarda en ser motejada de bruja. Si en la actualidad ese calificativo no pasa de ser un insulto que se toma en broma, en el pasado les hacía peligrar la vida.

Cuando las mujeres establecen alianzas con el Diablo, es para recuperar el poder del que fueron despojadas por los hombres hace siglos, pero incluso con el apoyo de alguien tan temido por los mortales, su situación tiende a ser de sometimiento similar a la que sufrían en su relación con los hombres. El Diablo no las trata mejor que sus padres, maridos o jefes.

Bernini: Éxtasis de Santa Catalina de Siena

Bernini: Éxtasis de Santa Catalina de Siena

En el mundo antiguo, Zeus, padre de los dioses griegos, no dudaba en seducir a los humanos (habitualmente mujeres, pero también hombres jóvenes, como demuestra la historia de Ganímedes). El resto de los dioses y semidioses de un poblado Panteón, hacía lo mismo. Para el cristianismo, esa liberalidad sexual entre seres sobrenaturales y mortales, se reduce notablemente. Cuando los humanos se sienten acosados o poseídos por Dios, lo hacen en forma metafórica. Sentirse invadido, poseído por Dios, es un privilegio de pocos. Cuando Gian Lorenzo Bernini representa el éxtasis de santa Catalina de Siena, la gestualidad es equívoca, a la vez erótica y religiosa, pero no resulta intolerable para la opinión general. En los textos poéticos de los místicos cristianos, el paralelismo entre los dos órdenes no se esconde. Santa Teresa de Ávila y otros santos hablan de Jesús como de un esposo amante y exigente, que invade el alma de aquellos se le entregan y disfrutan de su presencia.

Veis aquí mi corazón, / yo le pongo en vuestra palma / mi cuerpo, mi vida, mi alma, / mis entrañas y afición / dulce Esposo y Redención / pues por vuestra me ofrecí: / ¿qué mandáis hacer de mí? (Teresa de Ávila: Vuestra soy, para Vos nací)

Por desgracia, la presencia del Diablo en el mundo no parece menos contundente. El Diablo es muy activo y peligroso en sus relaciones con los humanos, a quienes pretende seducir, para apoderarse de sus almas por el resto de la eternidad. ¿Se encuentra el Diablo por todas partes, disputándole a Dios cada una de las criaturas que trajo al mundo? Textos medievales europeos como el Decretorum y el Policratus, critican la creencia popular de que las mujeres sin pareja cabalgan por las noches, montadas en animales monstruosos, detrás de la diosa Diana, nacida en el mundo previo al cristianismo, y por lo tanto inaceptable. Solo se trataría de espejismos inducidos por del Diablo. Que las mujeres sean temibles, tanto por lo que hacen, como por lo que imaginan, parece un tema fuera de discusión. Las brujas existirían y el deber de todo buen cristiano sería reprimirlas.

Goya: Pinturas negras

Francisco de Goya: Aquelarre

Durante los aquelarres o sabbats, reuniones de brujas donde se parodia la ceremonia cristiana de la Misa, todo se encuentra ligado indisolublemente a manifestaciones de un poder macabro, las mujeres disfrutan de satisfacciones impías: en el curso de las celebraciones, se embriagan, vuelan, sacrifican niños no bautizados para beber su sangre, son copuladas por el mismo Diablo. Desde san Agustín a santo Tomás de Aquino, las parejas infames establecidas por seres humanos y demonios son descriptas como una ignominia que desafía los planes de Dios para la humanidad y debe ser combatida.

El Diablo es representado como alguien de gran porte, peludo, oscuro, habitualmente negro (aunque también puede ser rojo o verde). Tiene rasgos combinados de humano y animal (macho cabrío, serpiente, perro, oso, toro, murciélago), despide un fuerte olor a azufre o podredumbre, que san Atanasio reconoce de lejos. Es una figura repugnante para todos aquellos que no se le someten, irresistible para sus víctimas, que no dudan en besarle el trasero. ¿Cómo pueden las mujeres sentirse atraídas por una fealdad tan evidente?

La astucia del Diablo es tal, que en caso de necesidad puede asumir la apariencia más adecuada para tentar a sus víctimas. Mujeres bellísimas embrujan a los hombres desprevenidos para hacerlos caer en el pecado. Seductores jóvenes tientan a las mujeres que descuidan sus obligaciones. El sexo es la trampa ideal para perder a esas almas débiles. ¿Cómo puede ser eso? Los ángeles eran espíritus incorpóreos, formados por energía pura. También los demonios, inicialmente, se manifestaban de ese modo. Con el tiempo, sin embargo, se fue afirmando la imagen de seres malignos tan densos que podían ser confundidos con las criaturas del mundo real o que se apoderaban de cadáveres para animarlos a su antojo.

En ciertos casos, los demonios se muestran como íncubos, seres de aspecto masculino, que las mujeres no son capaces de resistir, no solo por la indeclinable voluntad de seducir que los anima a ellos, como por la debilidad que la tradición machista atribuye a sus parejas. Tal como representó Johann Heinrich Füssli repetidamente, desde fines del siglo XVIII hasta comienzos del XIX, los íncubos oprimen a sus víctimas, imitando la postura tradicional de los maridos en el dormitorio.

Los demonios pueden enamorarse de las mujeres solteras o casadas por igual (incluso monjas dedicadas a una vida de contemplación), y ser tan apasionados y persistentes en su relación, como se sabía que en ciertos casos llegaban a ser los amantes humanos. A pesar de ello, la frialdad de los genitales hubiera debido alertar a las parejas humanas. Estas historias aparecen hacia el final de la Edad Media, para explicar la convicción respecto de las mujeres que se revelan como brujas.

Quema de brujas

Quema de brujas

En otros casos, menos frecuentes que los anteriores, los demonios adoptan la modalidad de súcubos de aspecto femenino que distraen y atormentan a los castos anacoretas, como los santos Antonio, Hilarión, Sereno o Jerónimo, que los percibían como mujeres desnudas, cuando no robaban durante el coito, el semen de sus parejas humanas menos virtuosas. Librarse del sexo, como se afirma que le sucedió al monje Equitius, como consecuencia de su plegaria a Dios para que dejaran de perseguirlo los súcubos, hubiera debido considerarse una bendición.

El súcubo femenino ofrece a los hombres que lo aceptan como pareja, la ventaja de un apasionamiento que no es difícil hallar en las parejas humanas. Al hipotecar su vida eterna, un hombre se asegura el disfrute del sexo que de otro modo sería improbable. En el Malleus Maleficarum, texto de consulta sobre la caza de brujas que asoló a Europa durante los siglos XV a XVIII, se cuentan historias horribles de hombres que caen en relaciones carnales con demonios invisibles. El atractivo de estos demonios podía ser tal que enamoraban a sus parejas humanas o los convertían en sus clientes, cuando actuaban como prostitutas en los burdeles.

Al copular con los hombres, los súcubos de aspecto femenino cumplen con una tarea fundamental: deben robar el preciado semen que le permitirá al Diablo reproducirse, utilizando a las mujeres como reproductoras, aunque esta descendencia adquiera la forma de monstruos fáciles de identificar. La tortura utilizada por la Inquisición para exterminar a cualquier mujer sospechada de poner en peligro el dominio masculino, permitió reunir una detallada descripción de los procedimientos que habrían utilizado los demonios para relacionarse íntimamente con los seres humanos.

Las relaciones entre humanos y demonios, particularmente en el caso de éstos con mujeres, son relaciones placenteras cargadas de erotismo ya las que, tanto los demonios como las mujeres, acuden para obtener placer; y en particular éstas, para liberarse de ciertas represiones sexuales dominantes en sus vidas cotidianas. (Vladimir Acosta: La humanidad prodigiosa, El imaginario antropológico medieval)

Una respuesta a ÍNCUBOS Y SÚCUBOS: EL MALIGNO Y SUS PAREJAS

  1. flabiana Cid dice:

    son los textos más íntersantes que eh leído son estupendos

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