HEMBRAS ARTIFICIALES COMO PAREJA


Autómata del siglo XVIII.

Autómata del siglo XVIII.

Las primeras mujeres que aparecen en la Biblia (Lilith y Eva) pueden estar compuestas de una materia tan banal como el barro, pero el soplo de Dios les otorga un poder inigualable, la vida. Sin duda, son imperfectas, ignorantes, incluso malvadas, pero respiran, piensan, hablan y plantean exigencias a su pareja e incluso al Creador, que pueden no ser atendidas y con frecuencia son condenadas, pero que ellas mismas articulan. Las hembras que los seres humanos (siempre hombres) han intentado armar, en cambio, desde la mitología hasta el mundo real, no suelen ser tan convincentes, ni llegan a gozar de independencia.

Los autómatas de aspecto masculino que poblaron el imaginario del siglo XVIII, no pasaban de ser artefactos recreativos destinados a las fiestas palaciegas y los parques de diversiones, curiosidades mecánicas, capaces de aparentar una inteligencia que solo llegaban a manifestarse gracias a los operadores humanos que se escondían en su interior (como sucedía con el célebre jugador de ajedrez de Wolfgang von Kempelen). Se trataba de un fraude simple y llano.

Las fantasías que acompañan a las presencias femeninas artificiales son más complejas, probablemente porque se supone que los hombres emplean más energías para satisfacer sus caprichos eróticos. La posibilidad de disponer de una pareja femenina de apariencia natural, seductora y sin embargo fabricada especialmente para satisfacer la demanda del usuario, es una constante del pensamiento masculino de todos los tiempos. En la mitología griega, Pigmalión conseguía que la diosa Afrodita le concediera la vida a la estatua en tamaño natural de Galatea, que él había tallado utilizando el marfil como materia prima.

Pigmalión se dirigió a la estatua, y al tocarla le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del sol y se deja manejar con los dedos. (…) Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos. (Ovidio. Metamorfosis)

George Cuckor: My Fair Lady

George Cuckor: My Fair Lady

Basta la intensidad del deseo del hombre, para que la diosa acuda y haga el milagro de que el marfil se anime y realice los sueños de quien desea ser su pareja. De acuerdo al texto del dramaturgo George Bernard Shaw, esta ensoñación es altamente insatisfactoria. Su comedia Pigmalion de comienzos del siglo XX (convertida posteriormente en la comedia musical My Fair Lady) se centra menos en la figura del hombre capaz de inventar una mujer a su medida, que en la figura de la mujer utilizada por el hombre, para demostrar su maestría para controlarla, aunque solo sea para educarla y mejorar su condición social.

Eliza es un ser humano que se resiste a las manipulaciones a las que fue sometida por un hombre que se consideraba superior a ella. Cambia, pero no adquiere vida, porque ya la tenía desde mucho antes, y si bien no puede retroceder al estado inicial de su relación, cuando ella era una florista ignorante, incapaz de expresarse correctamente en inglés. En ningún caso, ella se encuentra estancada en la situación que el hombre elaboró para ella. Por ese motivo, en el desenlace de la obra teatral, Eliza desdeña al profesor Higgins y se queda con Freddy, hombre más joven e inseguro, que puede ser controlado por una mujer consciente de sus poderes.

En el filme musical interpretado por Audrey Hepburn, los productores deciden lo contrario. La mujer independiente se somete al hombre que sin quererlo permitió que se independizara. Eso debe corresponderse con las ilusiones dominantes en la audiencia masiva, aunque resulte incoherente con la evolución de los personajes..

Para la modernidad que se inaugura con la Revolución Industrial de comienzos del siglo XIX, no solo se trata de armar una superficie convincente que imite las formas de la mujer, sino de otorgarle movimientos, voz, calor, textura, hasta dificultar cualquier posibilidad de diferenciarla de una mujer verdadera. Por un lado, los inventores de estos simulacros, que suelen ser científicos delirantes, aspiran a superar las presuntas deficiencias que caracteriza a las mujeres reales. Por el otro, elaboran un objeto que manifiesta una total sumisión a los caprichos de quien lo inventó. Esa falsa mujer, contra todo lo que pueda suponerse, no es menos que una mujer, sino la mujer ideal de los hombres que la encuentran y la confunden con un ser vivo.

En El Hombre de la Arena, el cuento de A.T.E. Hoffmann escrito en 1816, aparece Olimpia, una bella joven de quien se enamora el protagonista, tras abandonar a su novia, a la que considera demasiado artificial. El primer contacto es visual. El hombre descubre a la presunta mujer mientras observa la casa de su vecino. Cuando el error del hombre queda al descubierto, él se suicida y la muñeca es destruida. La posibilidad de establecer una pareja con el robot, queda desechada.

 Nos ha parecido [Olimpia] (…) algo rígida y sin alma. Su talle es proporcionado, al igual que su rostro, es cierto. Podría parecer bella si su mirada no careciera de rayos de vida (…). Su paso es extrañamente rítmico, y cada uno de sus movimientos parece provocado por un mecanismo. Su canto, su interpretación musical tiene ese ritmo regular e incómodo que recuerda el funcionamiento de una máquina, y pasa lo mismo cuando baila. (…) Nos parece que se comporta como un ser viviente pero que pertenece a una naturaleza distinta. (A.T.E. Hoffmann: El Hombre de Arena)

Para Nataniel, en cambio, esa mujer que lo acompaña durante horas y ante sus frases apasionadas solo responde con monosílabos, que no aparta los ojos del hombre, mientras lo escucha leer sus creaciones literarias. Ella es la mujer ideal, que lo hace olvidar a Clara, su novia. La disputa entre los dos protectores de Olimpia, deja al descubierto que se trata solo de una muñeca de madera. Al verse obligado a salir de su error, Nataniel enloquece.

En La Eva Futura de Auguste Villiers de L´Isle-Adam, novela escrita en 1886, un personaje contemporáneo, Thomas Edison ha inventado una mujer eléctrica (¿acaso no había inventado el fonógrafo, la luz eléctrica y otras maravillas de entonces?). Ella se llama Hadaly y Lord Ewald no puede evitar enamorarse, a pesar de conocer su verdadera naturaleza, a diferencia de lo que pasaban con la Olimpia de Hoffmann. De nuevo, el desenlace de la historia incluye la muerte del hombre y la destrucción del robot en medio de un incendio de alta mar. La pasión mal dirigida (al objeto artificial que compite con la Naturaleza, como en el caso de Frankenstein) tiene consecuencias desastrosas para quien pretende igualar el artificio con la Naturaleza.

Fritz Lang: Metropolis

Fritz Lang: Metropolis

En Metropolis, el filme de Fritz Lang, el ingenuo protagonista ha crecido en la ciudad del placer, hijo de un millonario, ignorante de la inhumana situación de los trabajadores del subsuelo. Cuando el científico loco inventa un robot metálico, de apariencia femenina, utilizando las formas de la madre muerta del protagonista, ese objeto trastorna a todos los hombres que se le acercan. El robot resulta más atractivo que ninguna mujer viva. Es capaz de conducir a sus víctimas hacia el caos. De nuevo, la hembra artificial es la temible herramienta de un hombre que arruina a otros hombres. Sus poderes son enormes, y sin embargo se encuentra subordinada a la voluntad de un demente.

Ridley Scott: Blade Runner

Ridley Scott: Blade Runner

Otro filme, Blade Runner, basado en un cuento de Phillip K.Dick, plantea la existencia en el futuro de un gran variedad de replicantes, robots de aspecto humano que después de ser construidos para utilizarlos en la exploración espacial, se rebelan contra sus creadores. Aquellos que ofrecen una apariencia femenina, son objetos bellos, de aspecto anticuado y a todas luces temibles cuando se trata de enfrentarlos en lucha. Una de las imágenes memorables incluye al protagonista estrangulado entre las piernas de una de esas máquinas. ¿Por qué no revertir uno de los estereotipos de la fragilidad de la mujer, para convertirlo en herramienta destructiva? Las hembras artificiales, a pesar de la seducción inicial, siempre estuvieron prontas para revelarse criaturas de pesadilla.

En las calles de las grandes ciudades de la actualidad, asisten a la proliferación de otras hembras artificiales, no robots sino travestis que enfatizan, mediante una caricatura de lo femenino, las apariencias más buscadas por su clientela masculina.

Las muñecas inflables que se han convertido en un clásico de los pornoshops, con sus orificios estandarizados para que el usuario masculino las utilice de acuerdo a su capricho y sin riesgo de negativas ni contagios venéreos. Son la última reencarnación de estos seres artificiales que poblaron el imaginario de tantas generaciones y terminaban seduciendo a quienes las utilizaban. Las actuales están huecas, carecen de movimiento y les está negada la posibilidad de suministrar la respuesta gestual o verbal que caracteriza al diálogo con un ser vivo. Son, de acuerdo a todas las evidencia, un objeto que confirma la soledad de aquellos que les encomiendan la tarea de acompañarlos.

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