BÚSQUEDAS (¿Y ENCUENTROS?) DE PAREJAS


 

Lucas Cranach el Viejo: Adán y Eva

Lucas Cranach el Viejo: Adán y Eva

Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero en posesión de una fortuna, debe estar en busca de una esposa. (Jane Austen)

Adán no tuvo que buscar pareja. Solo planteó la solicitud a su Creador y Yaveh se la suministró de inmediato, a partir de una de sus costillas y el barro que se encontraba en el lugar. La incertidumbre, también la excitación que experimentaron Giacomo Casanova y otros seductores masculinos (también la Moll Flanders de Daniel Defoe) de buscar pareja y no siempre encontrarla, o de no buscarla de ningún modo y sin embargo hallarla por todas partes, con una facilidad asombrosa, y a pesar de lo anterior no conformarse con lo encontrado, le estuvo negada al primer hombre.

¿Qué decir de la perspectiva de Eva? Ella no tuvo necesidad de pedir una pareja. Le dieron forma a la medida de las aspiraciones de quien iba a ser su marido, hasta que la muerte los separara. Por lo tanto, no estuvo obligada a juntar paciencia y esperar que la eligieran, como le sucedió tradicionalmente a la mayoría de las mujeres en la sociedad machista, ni menos aún tuvo que tomar ella la iniciativa de salir a buscar pareja, corriendo el riesgo de ser desairada o conformarse con alguien que no se correspondiera con sus expectativas.

En la Literatura, Tristán sale a buscar una pareja para alguien que no es él, la encuentra en Iseo, y por error, gracias al filtro de amor que beben ambos, quedan convertidos en una pareja condenada a debatirse entre el deber y el deseo.

En la ficción todo suele encajar a la perfección, primero porque no se conecta demasiado con los datos contradictorios que ofrece la realidad; segundo, porque los oyentes, lectores o espectadores demandan una perfección de la trama que no suele darse en la realidad. ¿Por qué debe haber siempre un desenlace, cuando en el mundo real hay conflictos que se arrastran indefinidamente? ¿Por qué hay un desenlace, generalmente feliz, en el caso de las comedias de costumbres?

Jane Austin

Jane Austin

La decidida y honesta Elizabeth Bennet, protagonista de la novela Orgullo y Prejuicio de Jane Austen, halla en Darcy, el hombre misterioso, esquivo, pero en todo caso apetecible, primero por sus posesiones materiales, luego por su atractivo físico, que la pide en matrimonio y la eleva socialmente. Es la historia clásica de Cenicienta, con una madre y varias hermanas menos pérfidas y sin recurrir a la colaboración de hadas madrinas, que operen milagros con los elementos disponibles en una cocina.

Austen murió famosa, a comienzos del siglo XIX, después de haber escrito unas pocas novelas que giran en torno a la búsqueda de pareja, que continúan leyéndose con el mismo interés que entonces y son adaptadas reiteradamente al cine y la televisión. A pesar de las oportunidades imaginables de encontrar pareja, la autora murió soltera.

Para la visión actual, le faltaron pretendientes. Uno a los 20 años, con un pariente pobre. Otro, un miembro del clero, que le fue presentado por el primer pretendiente y que a ella no le atraía demasiado. En el curso de una estadía en el balneario de Bath, escenario de sus novelas, apareció otro hombre, pero tuvo la desgracia de morir antes de que la relación se concretara. Un par de años más tarde llegó otro, que le propuso matrimonio y ella aceptó, para arrepentirse tan solo un día más tarde. Todos resultaban inadecuados para sus criterios, que no pueden confundirse con los de sus personajes femeninos, bastante más impulsivos en ese aspecto.

Si el hombre soltero no tenía dinero en esa época, la búsqueda de pareja se revelaba de antemano improductiva, porque las mujeres no buscaban un hombre que las atrajera, sino la seguridad que podían suministrarle ciertos hombres bien dotados en el aspecto económico a la futura madre de sus hijos. No conviene interpretarlos como la evidencia del egoísmo femenino, decididas a venderse al mejor postor. Las mujeres apostaban por seguridad de la eventual progenie, que iba a justificar su lugar en el mundo. Elegir a una pareja  pobre, era el equivalente a elegir a un enfermo. Los hijos pagarían las consecuencias de una mala decisión.

Si la mujer no obtenía esa descendencia legítima, cualquier proyecto personal quedaba sin fundamento. ¿Para qué estaba ella en el mundo? Ser madre sin haber pasado por el matrimonio o lograrlo en el curso de un matrimonio sin dinero, desataba un infierno de la que ella era responsable.

Oscar Wilde, Constance Lloyd e hijo,

Oscar Wilde, Constance Lloyd e hijo,

En cuanto a las decisiones de los hombres, ellos gozaban de una libertad mayor, pero de todos modos la sociedad les reclamaba casarse y reproducirse, para no enredar los trámites sucesorios. Un homosexual como Oscar Wilde, se casaba con Constance Lloyd y tenía dos hijos en rápida sucesión, porque eso era lo que esperaba su familia y el resto de la sociedad. La ostentación de una conducta distinta a la de una vida heterosexual, conducía a la cárcel, comprobó Wilde y pocos años antes le hubiera costado la vida, puesto que los homosexuales eran ahorcados.

De acuerdo a la visión dominante en una época de grandes cambios, como aquella que le tocó vivir a Jane Austen después de la Revolución Francesa, había que casarse y no por impulso, ni con cualquiera. Casarse bien era el objetivo. Debía ser con un hombre que asegurara el futuro de la mujer honesta, que no disponía de patrimonio más deseable (y frágil) que su buen nombre. Era una visión pragmática, incluso moderna en muchos aspectos, cuando se la comparaba con la visión paranoica del Medioevo sobre las relaciones entre hombres y mujeres.

Cuando hombre y mujer se encuentran juntos en un lugar, se sientes excitados por el instinto con el que nacieron, y la llama natural de concupiscencia prende, si se ceba en algo presto a la combustión. ¿Quién guardará fugo en su seno y no se quemará? Fuego y estopa, elementos contrarios entre sí, cuando se juntan producen llamas. Los sexos masculino y femenino son distintos, pero si se juntan tienden hacia donde les llama la ley natural. (Leandro de Sevilla, siglo VI) 

La cultura del siglo XX liquidó los vestigios de la perspectiva tradicional de búsqueda de pareja. Las mujeres asaltaron las profesiones que se consideraban masculinas, después de haberse incorporado a las fábricas y todo tipo de actividades productivas. Pronto invadirían los últimos reductos del poder masculino: el gobierno y el ejército.

Un carnet de bal

Un carnet de bal

Un Carnet de Bal, filme francés de 1938, mostraba el universo mental de una mujer cortejada por media docena de parejas de baile, todos ellos atractivos y distintos, que en definitiva ella se permitía desdeñar, después de haberlo examinado. Se trataba de una actitud impensable para las mujeres que la precedieron. Solo en las fantasías de la dramaturgia no se daban situaciones como esas. En La Locandiera, una comedia de Carlo Goldoni de fines del siglo XVIII, la protagonista dispone de tres pretendientes de parecido atractivo, que ella se permite poner a prueba y eliminar cuando no se corresponden con su gusto. Ella elige pareja, porque no puede permanecer libre. Debe atarse a un hombre, cuando resulta evidente que podría continuar jugando con todos ellos, sin depender de ninguno.

En la tradición patriarcal, las cosas no solían ser tan fáciles. Una mujer con varios hombres, quedaba debilitada en su credibilidad. Aunque no se hubiera entregado a ellos, haber tenido varios novios devaluaba la honra de una soltera. ¿Por qué no había logrado establecer una pareja con ninguno de ellos? ¿Qué defectos imperceptibles para los parientes, amigos y vecinos, se había interpuesto entre ella y el matrimonio? Acumular fracasos era devaluarse de manera acelerada.

Un hombre que tardara en casarse, podía ser visto como alguien que con todo derecho disfrutaba su vida, alguien con un alto concepto de la responsabilidad, que no se apresuraba a formar un hogar sin disponer de los recursos para sostenerlo, ni se conformaba con la primera mujer que se le cruzara. La sospecha de que fuera alguien inaceptable por sus malos hábitos o que le repugnara la vecindad con personas del otro sexo, tardaba mucho en plantearse.

Desechar parejas no era una práctica mal considerada cuando correspondía a un hombre. Más bien se miraba con desdén a aquel que no hubiera acumulado suficiente experiencia con el sexo opuesto. Conquistar y abandonar a una serie de mujeres, era una situación parecida a la de estudiar y prepararse antes de asumir una profesión respetable. Cuando la pareja se establecía, el esquema ideal era que el hombre llegara con un historial abundante en materia de mujeres, y la mujer sin ninguno en materia de hombres. Eso permitía que ellos las formaran a su antojo y ellas no pudieran compararlos con nadie.

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