PAREJAS DE COMUNIDADES UTÓPICAS


Comuna de New Harmony

Comuna de New Harmony

Las parejas humanas se arman o desarman de acuerdo a la atracción que experimentan los sexos, moderadas por las normas de la sociedad, que en unos casos las estimulan a relacionarse y reproducirse, mientras que en otros casos las obstaculizan y castigan. De situaciones como esas depende que la gente se sienta satisfecha o resignada a su situación, que las familias crezcan y las naciones prosperen. En épocas de crisis (económica, política o moral, como sucede en la actualidad) el porcentaje de las parejas que no legalizan su unión o que se desarman ante el primer contratiempo, a poco de haberse establecido, aumenta de tal modo, que algunos observadores creen ver en eso las evidencias de la ruina definitiva de la institución del matrimonio, un acuerdo que había sobrevivido a las circunstancias más opuestas de la Historia, adaptándose a los contratiempos.

El mundo es desde siempre tal como es (pueden cambiar las ropas y peinados de la gentes, los artefactos, pero no lo más profundo) y nadie lo cambiará, afirman aquellos que en el fondo son demasiado pesimistas para creer que haya otra cosa que lo existente, por incómoda que resulte a veces la realidad. Inútil resultaría entonces preocuparse por analizar la estructura actual de la sociedad con detención, porque la posibilidad de alterar su orden (o su evidente desorden) es bastante remota.

Las instituciones humanas suelen ser contradictorias o lo que es más probable, injustas, faltas de equidad, y siempre queda la sospecha de que nada de lo que se intente puede mejorarlas. Cuando el observador es muy optimista, puede suponer que tampoco nada ni nadie será capaz de volverlas peores de lo que han llegado a ser actualmente.

Junto a visiones como esas, los reformadores sociales de los siglos XVIII, XIX y XX, intentaron poner en práctica proyectos de un mundo nuevo, fundamentado no en la ley del más fuerte que impera en la Naturaleza, sino en la cooperación e igualdad de oportunidades entre los seres humanos. Se trata de cambios habitualmente resistidos por aquellos que se benefician con el orden del mundo tal como es. Las propuestas de aquellos que han intentado subvertir las estructuras del poder político y económico, suelen ser no menos radicales cuando se refieren a organizar la intimidad de la gente.

Contra el matrimonio (…) hemos levantado la bandera de la unión libre. Estamos convencidos de que al abolir el matrimonio religioso, civil y jurídico, restauramos la vida, la realidad y la moralidad del matrimonio natural, basado exclusivamente sobre el respeto humano y la libertad de dos personas: un hombre y una mujer que se aman. Estamos convencidos de que al reconocer la libertad de ambos cónyuges a separarse cuando lo desean, sin necesidad de pedir el permiso de nadie para ello (…) los unimos más el uno al otro. (Mijail Bakunin: La mujer, el matrimonio y la familia)

En las comunidades utópicas se ha intentado reiteradamente demostrar la justicia de sus críticas al sistema de propiedad privada, la inequidad en las oportunidades reservadas a los géneros y el carácter represivo de la ideología dominante. No conviene suponer que el ideario socialista fue el único componente de estos proyectos críticos de las instituciones. Los misioneros jesuitas organizaron durante el siglo XVIII, prósperas comunidades indígenas en el territorio que hoy se dividen Brasil, Paraguay y Argentina, basadas en los principios evangélicos, donde tantos hombres como mujeres recibían instrucción pública. El proyecto se descontinuó por el recelo de las autoridades españolas que veían el crecimiento de comunidades que por rendir cuentas al Vaticano, no pagaban impuestos, ni reconocían al gobierno colonial.

Charles Fourier proyectó y construyó decenas de falansterios socialistas en Francia, entre 1808 y 1840. En ellos se propugnaba la igualdad de derechos y obligaciones para hombres y mujeres. Los Estados Unidos, un país nuevo y democrático, poco poblado, era el ámbito ideal para los experimentos de convivencia humana que hubieran sido condenados en Europa. George Rapp fundó Harmony Society en 1805.

El empresario escocés Robert Owen fundó la comunidad New Harmony en 1825, donde no había espacio para la religión, los hombres y mujeres vestían pantalones y recibían la misma educación. Un año después, Robert Writh estableció la comunidad Washoba. John Humphreys Noyes fundó Oneida en 1835, un sitio donde los hombres y mujeres tenían los mismos derechos y se consideraba que los hijos pertenecían a todo el grupo. Josiah Norris organizó la comunidad Modern Times en 1847.

Los nacionalistas finlandeses del siglo XIX, cuando su país se encontraba sometido a la Rusia zarista, instalaron colonias en África, Canadá, los EEUU y Sudamérica (en la frontera entre Paraguay y Argentina), lugares donde todos los participantes recibían la misma paga por su trabajo, los alimentos se consumían colectivamente y se atendía a los niños en escuelas especiales. Feminismo, educación mixta, cooperativismo, surgieron en estas comunidades que sin embargo fracasaron como empresas autosustentables.

La orientación ideológica de estas agrupaciones no podía ser más variada. El novelista ruso Leon Tolstoi afirmaba inspirarse en los principios del cristianismo primitivo para organizar la comuna de Jasna Polyana, que se instaló en las dilatadas tierras que él había recibido en herencia de sus padres. El proyecto dividió a su familia. Mientras la esposa de Tolstoi se negaba a aceptar la entrega del patrimonio ancestral a advenedizos, una de las hijas de la pareja apoyaba la idea.

Campesina de koljós.

Campesina de koljós.

Para los soviets que se instalaron en Rusia a partir de 1917, los koljós o granjas colectivas eran unidades de producción basadas en la propiedad del Estado sobre la tierra y el empleo de máquinas, combinado con el trabajo cooperativo de hombres y mujeres. Instituciones como la familia tradicional y la religión monoteísta, no se acomodaban muy bien con esas estructuras. Los hijos debían ser criados por especialistas y mantenían un contacto distante con sus progenitores, a los que veían una vez que terminaban con sus tareas en la granja. Eso alimentaba en los adversarios al sistema los temores de que el Estado reemplazara a los progenitores en la formación ideológica de su prole; incluso que utilizara a los niños para vigilar y denunciar a los adultos que mantuvieran puntos de vista disidentes.

Durante la República Española de l933 a 1939, se establecieron cientos de comunidades agrarias, de tendencia anarquista, que seguían principios similares. La experiencia fue descontinuada por el régimen franquista que se impuso tras la Guerra Civil, y antes de eso había demostrado que no era demasiado viable. Como no hubo tiempo para corregir los errores y afianzar los logros, tampoco puede afirmarse En comunidades organizadas en distintos países, se intentó establecer, a manera de experimento, otro tipo de relación entre los sexos, que alterara la sumisión tradicional de las esposas y los hijos al marido y padre de familia. A lo largo de los siglos XIX y XX, se intentó repetidamente definir nuevos roles para las parejas.

En la Comunidad norteamericana de Walden se respetaba la monogamia, pero la crianza de los hijos nacidos de esas parejas, pasaba a ser responsabilidad de todo el grupo. El objetivo era que cada miembro adulto de Walden Dos considerara a todos los niños como sus propios hijos y que cada hijo/a viera en cada adulto su padre o su madre, proclamaba B.F.Skinner. No se trataba de ideas fáciles de aceptar para una sociedad imbuida en los valores tradicionales. Para ellos, la familia nuclear era el único modelo tolerado por las leyes y la religión, aunque en la práctica no fuera tan respetado como se pretendía.

Ni Dios, ni Patria, ni marido. (slogan anarquista femenino)

Niños de kibbutz

Niños de kibbutz

En Europa y América, muchas de las reivindicaciones planteadas por las comunidades utópicas de los últimos dos siglos, pasaron con el tiempo a ser adoptadas por el resto de la sociedad, una cuantas décadas más tarde. Fue el caso de la incorporación de las mujeres al campo laboral que hasta entonces se consideraba exclusivamente masculino, de la patria potestad compartida por el padre y la madre, de instituciones como los jardines infantiles, los lavaderos automatizados, el voto femenino y la colaboración de hombres y mujeres en la realización de las tareas hogareñas.

No queremos dictaduras en materia amorosa, como las queremos en materia política, económica, moral, intelectual; y no aceptamos en el dominio del amor la potestad del hombres sobre la mujer, como tampoco la de la mujer sobre el hombre. (Émile Armand)

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