LA PAREJA REPUDIADA


Shah Reza Pahlevi y Soraya Esfandiary-Bakhtia

Shah Reza Pahlevi y Soraya Esfandiary-Bakhtia

Hacia fines de los años `50, la prensa femenina de la época difundió la historia conmovedora de Soraya Esfandiary-Bakhtiari, la segunda esposa del Shah Reza Pahlavi de Irán, que había debido abandonar a su marido, por no haber sido capaz de darle hijos en los ocho años que duró el matrimonio, para que él se casara con una mujer seis años más joven y fértil, no menos hermosa, Farah Diba. Hija de madre alemana y educada en Suiza, Soraya no había aceptado la alternativa de compartir a su marido con otra esposa, como permitía la ley islámica. El divorcio atenuaba la violencia del repudio al que han recurrido tradicionalmente los hombres de Estado, para quitarse de encima a parejas que dejaron de interesarles eróticamente o ya no les resultan demasiado útiles.

Margot de Valois

Marguerite de Valois

La pareja de Marguerite de Valois con Enrique IV de Francia en el siglo XVI, en medio de las guerras religiosas entre los católicos y protestantes, es recordada por las infidelidades mutuas de los cónyuges y la infertilidad de la reina, que finalmente condujo a su repudio. Una mujer que no puede suministrar la descendencia que se espera de ella, pasa a ser vista como la única responsable de una situación que perjudica al hombre. Para el rey era más fácil librarse de ella por esa causa, que aceptar su incapacidad para poner freno a un comportamiento escandaloso.

Corte de Leonor de Aquitania

Corte de Leonor de Aquitania

Leonor de Aquitania, en el sigo XII, tras haberle dado un par de hijas al rey Luis VII de Francia, fue repudiada por su marido y encerrada en prisión. Él esperaba de ella los hijos hombres que iban a heredar el trono. Su paciencia no era mucha, sobre todo cuando tenía que convivir con una mujer demasiado inteligente y bien emparentada. Alix de Lorena sufrió la misma suerte en el siglo XII, a pesar de parir hijos varones de de Hugo III de Borgoña. En el caso de Leonor, el desprecio al que fue sometida por un marido, no le impidió reorganizar su vida, casándose con Enrique II, luego rey de Inglaterra.

Cuando se llega a la convicción de que las parejas fracasan, sus integrantes no siempre se resignan a aceptar la situación y continuar unidos, como exigen aquellos que por sus convicciones religiosas consideran que solo pueden ser liberados del compromiso contraído por la muerte de alguno de los cónyuges. Muchos quieren evitar que la vida cotidiana de una pareja se convierta en una tortura intolerable para ambos. Por ello se inventan fórmulas que permiten separarlos, para deshacer el lazo al que se le otorgó tanta solemnidad en el momento de establecerlo.

Una de los procedimientos más expeditos es el repudio. Alguno de los miembros de la pareja expulsa al otro de la relación, se libra de él sin gastar demasiado esfuerzo en discutir las condiciones de la ruptura. La marca dejada por el repudio en la otra parte es indeleble para la Biblia:

No tomará viuda, ni repudiada, ni infame, ni ramera, sino que tomará de su pueblo una virgen por mujer. (Levítico: 21, 7) 

Si bien las mujeres chinas no podían divorciarse de sus maridos, ni tampoco volver a casarse cuando ellos morían, los hombres estaban autorizados a librarse de ellas por siete causales que no requerían demasiadas pruebas. Eran repudiadas por habérsele comprobado alguna enfermedad repugnante, por deshonestidad, por impiedad, por celos (motivados o no), por conducta lasciva (comprobado o no), por esterilidad (propia o de su pareja) y hasta por entrometerse más de lo necesario en los asuntos del marido.

Los musulmanes afirman que entre ellos no existe el repudio de la pareja (sobre todo el repudio de la mujer), sino el divorcio, que opera como una liberación de la pareja. Exceptuando los casos en que la mujer es sorprendida en flagrante adulterio, el hombre debe abandonar el hogar donde reside la mujer que repudia. Si ella es quien quiere hacerlo, el marido debería suministrarle los medios para que reorganice su vida (una solución que puede resultar tan onerosa como el divorcio en Occidente). La fórmula de repudio que pronuncian los hombres tradicionalmente: “Eres para mí como la espalda de mi madre”, proviene de los tiempos preislámicos y según se dice no fue aceptada por Mahoma.

El repudio ha sido habitualmente un arma de los hombres que les permite apartarse de una mujer que envejeció y dejó de atraerles, para instalar a otra más fresca. Hallar la ocasión para justificar el cambio y no ser acusado por la opinión pública de estar quebrando un pacto solemne, obliga a organizar una serie de ficciones que demuestran la urgencia sexual de aquellos que salen beneficiados por el repudio.

Durante el siglo XVI, Henry VIII de Inglaterra debe haber buscado una pareja perfecta, por lo que no se conformaba con nadie que fuera inferior a sus expectativas, capaz de darle la descendencia masculina que aseguraba la permanencia de su familia en el trono y satisfacerlo sexualmente. La búsqueda de la perfección lo llevó a desechar cinco esposas (la sexta lo sobrevivió), mediante el recurso del repudio (en el caso de Catalina de Aragón); de un juicio sumario por brujería, incesto y otros horrores merecedores del cadalso (en el caso de Ana Bolena) porque la reina no conseguía darle descendencia masculina. En cuanto a Jane Seymour, la tercera, la suerte quiso que muriera como consecuencia del parto.

De esposas como Anne de Cleves, Catherine Howard y Catherine Parr, el Rey tampoco logró la buscada descendencia masculina, por lo que se vio obligado a recurrir al divorcio. Si estas arbitrariedades lo llevaban a romper acuerdos de un milenio con el Pontífice de Roma y fundar una Iglesia Anglicana de la que él sería la cabeza, no parece haberle importado mucho. Las mujeres podían desecharse, de un modo u otro.

Josephine Beauharnais

Josephine Beauharnais

Napoleón Bonaparte adoraba a la mujer que tanto le había costado convertir en su esposa. Josefina era una criolla nacida en la colonia francesa de Martinica, seis años mayor que él, que había estado casada con uno de sus generales, Beauharnais, muerto durante las luchas entre facciones antagónicas que sucedieron a la Revolución Francesa. Cuando Napoleón estaba lejos, le escribía cartas apasionadas:

No he pasado un día sin amarte; no he pasado una noche sin estrecharte en mis brazos; no he tomado una taza de té sin maldecir la gloria y la ambición que me tienen alejado del alma de mi vida. En medio de las tareas, a la cabeza de las tropas, al recorrer los campos, mi adorable Josefina está sola en mi corazón, ocupa mi espíritu, absorbe mi pensamiento. (…) El día en que digas te amo menos será el último (…) de mi vida. (Napoleón Bonaparte: carta dirigida a Josephine Beauharnais)

Napoleón le escribía a Josefina que en quince días más regresaba de una campaña militar. Esperaba que mientras tanto ella no se bañara. No quedan muchas dudas de que el Emperador se sentía intensamente atraído por su pareja, que había superado más de un obstáculo para convertirla en su esposa y Emperatriz, a pesar de que no estaba en condiciones de darle un hijo que lo sucediera en el trono.

El olor único de Josefina Beauharnais, no el agregado temporalmente por sus costosos perfumes, sino el generado por su propio cuerpo, debe haber tenido un atractivo irresistible para Napoleón, haciéndole perdonar las infidelidades de la mujer y la negativa a acompañarlo durante sus prolongadas campañas militares, una situación que lo dejaba a merced de una infinidad de mujeres atractivas que se le ofrecían en los países que conquistaba, tal como sucede hoy con los héroes deportivos o del rock.

A pesar del atractivo que Josefina continuaba ejerciendo sobre Napoleón, el emperador se vio obligado en 1810 a divorciarse de ella, para casarse con María Luisa de Austria, una princesa que le permitía establecer una alianza con la nación que hasta poco antes había combatido; alguien que por su juventud le auguraba una descendencia imposible de obtener con la madura Josefina. Sentimientos contradictorios de disgusto y afecto se combinaban en su mente cuando la recordaba.

Era excesiva en el gusto del lujo, en la prodigalidad. Era imposible fijar nunca sus cuentas; estaba siempre endeudada; así es que constantemente había querellas cuando llegaba el momento de pagar sus deudas. Por lo demás, era seguramente una mujer amable, espiritual, afable, buena, humana, en suma. Josefina fue causa de mi felicidad, y se ha mostrado constantemente ni amiga más tierna, profesando en todos los momentos, en toda ocasión, la sumisión, la adhesión, la complacencia más absoluta. Así la he conservado siempre los recuerdos más tiernos y el más vivo reconocimiento; si la hubiese tenido a mi lado, estaría yo aún en el trono. (Napoleón Bonaparte)

La razón, en todo caso, terminó por imponerse en las decisiones de Napoleón. Las mujeres, poco importa si se trata de indefensas o poderosas, suelen ser las que tienen mayores oportunidades de salir perdiendo.

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