HALAGO Y AGRESIÓN DEL PIROPO


¡Ay, qué curvas, y yo sin frenos! (Anónimo: Piropo español)

Piropo a mediados del siglo XX

Requiebros, piropos, halagos: estrategia de seducción verbal masculina, mediante la cual se intenta (a veces, también se aborta, por la inoportuna crudeza del mensaje) el contacto con una eventual pareja. Se supone que son espontáneos, que nacen del impulso suministrado por una descarga hormonal, ante la visión de un objeto erótico y no se fijan en las consecuencias, a pesar de lo cual son muy pocos los que se recuerdan y todavía menos aquellos que valga la pena publicar. Hay algunos que alcanzan calidad literaria:

Pedindo a minha cabeça parar de pensar em você, é como pedir o meu coraçâo parar de bater. (Pedirle a mi cabeza que dee de pensar en ti, es como pedir a mi corazón dejar de latir) (Anónimo: Piropo portugués)

Desde el punto de vista de los hombres, el piropeo es casi un deporte, que se practica en lo posible cuando se dispone de testigos o cómplices capaces de inmortalizar los detalles de lo sucedido, al comunicarlo a una audiencia más amplia.

¿Crees en el amor a primera vista o tengo que pasar dos veces? (Anónimo: Piropo español)

Para la opinión dominante, resulta impensable que la mujer tome la iniciativa de piropear a un hombre, porque una situación parecida denotaría una conciencia temible de sus poderes, que la volvería nada confiable como pareja. El ejemplo que sigue fue encontrado en una página feminista y es la variante de un piropo clásico que los hombres dirigen a las mujeres:

Papi, estás como me lo recetó el doctor. (Anónimo) [Niña, estás como me lo recetó el médico: Piropo cubano]

Tampoco se concibe que el halago verbal se dirija a una persona del mismo género. Aunque las mujeres se fijen con ojo clínico en el físico de otras mujeres, para diagnosticar sus defectos, en algo que podría denominarse antipiropo, los hombres no se observan demasiado, ni hacen alusiones elogiosas a la apariencia de sus pares. La sospecha de homosexualidad se alza amenazante cuando eso pasa.

Hay piropos tan aptos para ser oídos por todo el mundo, que cabe dudar de su espontaneidad y eficacia:

Si amas a Jesús, que murió por mucha gente, ¿por qué no me amas a mí, que muero por ti solamente? (Anónimo: Piropo español)

Puede haber requiebros religiosos, como las saetas que se le cantan los fieles a la Macarena, durante las procesiones de Sevilla.

¡Qué bonita vas, María / entre las mil luminarias / de tus velas encendidas! / ¡Tú eres la mejor nacía / Mare de la Candelaria. (Anónimo: Saeta de Semana Santa)

Virgen de todo mi amor / divina flor del Museo / por aliviar tu dolor / en mi boca mi deseo / se va convirtiendo en flor. (Anónimo: Saeta del Lunes Santo)

Pueden ser piropos políticos, como los dedicados por el presidente Hugo Chávez a sus homólogas Cristina Fernández o Michelle Bachelet. Pueden ser rutinarios, como los elaborados por los periodistas de farándula, cuando entrevistan a las figuras de espectáculo que desfilan por la alfombra roja.

Da la impresión de que no importa de quién se trate, porque todo el mundo es susceptible de recibir halagos, y algunas mujeres se sienten ofendidas cuando no los dicen a pesar de que han dedicado tanto esfuerzo a solicitarlos.

Ricardo Baroja: El piropo.

Desde comienzos del siglo XX, las mujeres andan solas o acompañadas por otras mujeres por la calle, un territorio que tradicionalmente estaba reservado a los hombres, en el que ellas se encuentran en desventaja. Desde la actualidad, esta situación del mundo occidental moderno, parece normal que esas mujeres no sean castigadas por su atrevimiento, y por lo tanto no hay mucho que decir respecto de ella.  Los más jóvenes pueden aceptar la idea de que esto ha sido siempre así, cuando no lo es, cuando todavía se asiste las repercusiones de la novedad; las mujeres dejaron de estar encerradas entre las cuatro paredes del hogar, como había sucedido desde que se tiene memoria, para compartir un territorio que no les ha sido concedido fácilmente.

En un foro de la televisión argentina se discuten las modalidades agresivas del piropo en la actualidad. Hace medio siglo, los hombres no debieron ser más ingeniosos que ahora, pero de todos modos el piropo mantenía los límites. Las alusiones sexuales no pasaban del elogio a la belleza de la mujer que lo recibía. Si ella aceptaba el halago con una mirada o una sonrisa, el galanteador podía convencerse de que le daban cuerda para continuar el asedio. Si lo ignoraban, debía resignarse al fracaso del intento, a pesar de lo cual quedaba listo para intentarlo de nuevo, sin convertirse por ello en un acosador.

Trovadores medievales

Una de las armas más poderosas de las mujeres en la vida social, era la capacidad para solicitar y al mismo tiempo rechazar (postergando indefinidamente su respuesta) el asedio de los hombres. Desde el siglo XIII, en pleno Medioevo, las mujeres de clase alta de las cortes francesas de Occitania, fueron estableciendo pactos con sus admiradores (todos aquellos que no eran su marido legítimo). Ellos podían homenajearla (y tal vez obtenían discretamente sus favores) siempre y cuando el discurso negara cualquier contacto físico, con el objeto de no comprometer el honor de la dama.

¿De qué me vale vivir / si no veo a diario / a mi auténtico gozo / en el lecho, bajo el ventanal / el cuerpo blanco como / la nieve de Navidad / de forma que ambos juntos / midamos si somos iguales? (Bernart de Ventadorm)

Los cantos de los trovadores son refinados piropos a una señora (siempre ajena) que ellos sirven, exponen y no llegan a tocar. Hay algo patético y no del todo creíble en estas parejas tan fieles que se dicen imposibles. El texto se concibe y publica para sustituir al contacto, si no es para disipar cualquier dato de que el contacto sucedió. Entonces y ahora, se desvirtuaban las versiones molestas.

Piropos de mediados de siglo XX

El piropo del siglo XX es otra cosa, al parecer. Las destinatarias ya no pueden confiar en los hombres; más bien afirman que se sienten degradadas  por hombres que las asedian con palabras inoportunas. Ellos no son poetas que dependen del favor de las mujeres a quien halagan, sino resentidos que confiesan a la vez la impunidad que goza su género y el enojo que experimentan por la libre circulación de mujeres. ¿Cómo se atreven ellas a provocarlos? Si  pudieran revertir el curso de la Historia, volverían a encerrarlas. ¿Acaso ellas ignoran que los machos pueden abandonar toda contención, para usarlas y abusarlas de acuerdo a su capricho, puesto que no es tan probable que ellas los denuncien, o que se tomen en cuenta sus denuncias? ¿Desde cuándo puede entenderse como una ofensa un inocente piropo?

La Constitución les asegura a las mujeres el libre tránsito (cosa que no sucede hoy en un país islámico, ni tampoco en uno cristiano de hace un par de siglos), mientras el piropo les recuerda que esa garantía, por solemne que parezca, se encuentra restringida por la decisión de cualquier hombre perturbado por la presencia de un cuerpo femenino.

Ruth Orkin: fotografía

Hay algo patético en la actitud del piropeador: atemoriza porque no seduce. Espanta al objeto de su deseo, porque no lo atrae. Hiere, porque no acaricia. Viola verbalmente, porque no fue ni será invitado a entablar un diálogo civilizado. Simultáneamente, hay algo equívoco en el bando de los piropeadotes.

Al agredir a una mujer, confirma la importancia que tiene para ellos la relación con otros hombres. No es raro que el piropo surja de un grupo masculino que observa el paso de una mujer. Mediante el piropo guarango, uno de esos hombres excita la imaginación y la risa de los otros, El piropo va dirigido a los iguales, tanto como a las hembras. Un hombre demuestra su capacidad de agresión, ante otros posibles agresores. Èl denuncia que hombres y mujeres se encuentran, pero no pueden entenderse, que los hombres pueden unirse contra las mujeres, que la cercanía masculina es preferible a la que se da entre los dos géneros.

El piropo de la calle no tiene mucho sentido en el territorio compartido de una pareja. Cuando un hombre o una mujer halagan en privado o en público a su compañero, nace una sensación de pudor (quizás, mejor, de redundancia). Puesto que esas dos personas viven juntas, debe ser porque se encuentran algo bueno. ¿Para qué decirlo a otros? Reconocerse parte de una pareja es el mayor halago que cada uno puede rendir al otro.

Uno de los deportes habituales de la gente madura, en cambio, consiste en lo contrario: hablar mal de la pareja con la que sin embargo se conserva una relación. Recuerda la estrategia del Viejo Vizcacha en el Martín Fierro: escupe el asado, para que nadie se lo dispute.

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