SOLEDAD DE LOS SANTOS


Matías Grunewald: Tentaciones de san Antonio

Hay culturas marcadas por la perturbadora imagen inicial de que el pecado y la ruina de la especie humana provienen nada menos que de la vida en pareja. Adán hubiera sido inmortal y feliz, de no haber escuchado a la tentadora Eva, que lo acompañaba como su esposa y lo empujó a la perdición, se les dice a los judíos, cristianos y musulmanes, apoyándose en textos que todos ellos consideran sagrados.

Hombres y mujeres se necesitan para procrear y (en no menor medida) también para darse compañía y dialogar. Eso no quita que exista una fundamental desconfianza entre unos y otras, ni que se plantee desde las tribunas más autorizadas la soledad de los santos como el ideal supremo al que un individuo virtuoso debería aspirar.

No se trata de una doctrina explícita en todos los textos fundacionales de las tres grandes religiones monoteístas, pero es una impresión honda y difícil de ignorar. Liberarse de las ataduras de pareja para dedicarse al diálogo con Dios, es presentado como algo deseable, difícil de obtener, reservado a unos pocos.

Ícono de san Simeón el Estilita

En 359, Simeón el Estilita, uno de los ascetas cristianos, murió en Siria, tras haber pasado 37 años de su vida orando en la pequeña plataforma que se encontraba instalada sobre una columna de piedra (no siempre la misma, porque se mudó de una de apenas cuatro metros de altura a otra de quince que construyeron sus admiradores). En ese reducido territorio el santo rezaba, predicaba a sus seguidores y escribía cartas a los reyes y emperadores que le pedían consejo, porque el aislamiento le había ganado fama de sabio, no de loco, tal como sucedería en la actualidad.

La imagen del ser humano solitario, visto como alguien que por distintos motivos resulta incapaz de relacionarse de manera satisfactoria con sus semejantes (por ejemplo, demostrando que es capaz de formar una pareja) se afianza como un modelo digno ser respetado, aunque la mayoría no lo imite, durante los primeros siglos del cristianismo en el Cercano Oriente.

El anacoreta, personaje que renunciaba a todos los placeres que ofrecía el mundo, para dedicarse a la oración y contemplación de Dios, adquirió un prestigio que en el mundo más pragmático de hoy (en el que se admira a los triunfadores, a los deseables) cuesta entender. Algunos escogían permanecer inmóviles. Otros (los acemetas bizantinos) no dormían, para no interrumpir la oración. Algunos (los dendritas) vivían en los árboles. Otros pacían como animales vegetarianos. ¿Por qué seguir a personajes tan sucios, inútiles y desprotegidos?

Hombres y mujeres de todos los estratos sociales, peregrinaban de los rincones más distantes del Imperio Romano, después de la legalización del cristianismo por el emperador Constantino, que la convirtió en religión del Estado. Ellos querían oír las prédicas de los ascetas (cuando ellos se dignaban tomar en cuenta a los visitantes), tocarlos para contagiarse de su santidad o al menos ser testigos de las mortificaciones que tanta notoriedad les había dado. Los anacoretas planteaban un estilo de vida imposible de seguir para la mayoría de los seguidores, pero no por ello menos admirado. Muchos de los solitarios eran hombres (como Juan de Licópolis, Theón, Onofre, Simeón, Teódulo) pero también había algunas mujeres (como la mítica María Egipcíaca, que cubría su desnudez con una torrencial cabellera).

José de Ribera y Cuco: San Pablo ermitaño

Los santos que buscaban la soledad con tanto empeño, tal como sucede en la actualidad con las figuras de la farándula, no siempre la encontraban. Los admiradores, aquellos que deseaban constatar con sus propios ojos las historias que habían oído contar de ellos, los acosaban, no para solicitarles autógrafos, sino para pedirles consejo y lograr por su intermedio un más directo acceso a Dios.

San Antonio, refugiado en el desierto egipcio de la Tebaida, tuvo que luchar contra una horda de tentaciones de todo tipo (incluyendo mujeres) que le mandaba el demonio. Así fue representado siglos más tarde por Hieronimus Bosch, Matías Grünevald y otros pintores del Medioevo. El hombre que ha renunciado a los placeres del mundo, no es abandonado por aquello que para él constituye lo más repulsivo de ese ambiente de pecado en compañía.

Luis Buñuel: Simón del desierto

La soledad que facilitaba el diálogo del santo con Dios, era una situación que molestaba profundamente al Demonio y lo estimulaba a organizar todo tipo de actos desperados para impedir la práctica de la oración. Satanás mandaba a sus criaturas más horribles o las más seductoras, para que asediaran al asceta con sus requerimientos. Los pintores del Medioevo representaron las tentaciones de san Antonio y otros ascetas, como algo tan real y detallado como la crónica policial de la actualidad.

Con el tiempo, el aislamiento radical de los anacoretas, encerrados en viejas tumbas, pozos y cavernas pestilentes, que vivían en el desierto o trepaban a columnas y árboles para evitar el contacto con el resto de los seres humanos, dio lugar al aislamiento de pequeños grupos de monjes, que a pesar de aislarse del mundo, compartían los mismos votos de pobreza y castidad, para dedicarse a la oración colectiva y al trabajo.

San Benito organizó en el siglo VI de nuestra era la vida de la comunidad religiosa de los benedictinos, formulando reglas que pasaron a ser el modelo de otras agrupaciones del mismo credo. Los participantes (monjes) debían jurar que a partir del ingreso a la comunidad, respetaban las reglas del grupo (voto de obediencia), abandonaban sus posesiones personales (voto de pobreza), dejaban de lado las relaciones sexuales (voto de castidad). Los monasterios fueron concebidos no solo como un lugar de oración, sino también como centros productivos de bienes útiles para el resto de la sociedad, como escuelas, hospederías y hospitales. Era un sistema de vida ordenado y eficiente, comparado con el que prevalecía en el resto de la sociedad medieval.

Mejor es casarse que abrasarse. (Pablo de Tarso: I Corintios, 8, 9)

De acuerdo a la perspectiva cristiana, aquellos que no sienten el llamado a la soledad de los santos, pueden formar parejas que tendrán como principal objetivo propagar la fe, para lo cual solo se requiere de ellos confiar en que la Divina Providencia se encuentre de acuerdo con sus expectativas y les mande a la persona que le fue predestinada.

Señor Dios, Tú eres el Amor y quien me hizo para amar. Busco a la persona que desde antes de que naciéramos Tú pensaste para mí. Hazme paciente para esperar su llegada. Sé que hiciste su corazón para mí y un corazón para él. Enséñame a reservarme para esta persona, como ella se reservará para mí. Que mis ansias y mi impaciencia no desvíen el camino me lleve a buscar atajos fáciles.( Oración católica: Por mi futuro novio)

Una respuesta a SOLEDAD DE LOS SANTOS

  1. oriongps dice:

    Al leer su post pense en “My Life”, la memoirs de Sofia Tolstaya (Sofia Tolstaya), esposa de Leo Tolstoy, de quien caigo en cuenta a posteriori que ud enuncio tambien en el post anterior (PAREJAS IMPOSIBLES).
    Sofia describe la vida infernal que tuvo que vivir al lado de un mistico. Extraña contradicción la convivencia complicada (debido tal vez a los altos ideales) con alguien que se decia buscador de un cristianismo vivencial.
    De pronto hay hombres o mujeres que buscan con frustracion un ideal neoplatonico cristiano (valga la rebundancia) en este mundo …. como evasion o negacion ante la dificultad para amar a su projima o projimo.

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