MUJERES CAZADORAS DE HOMBRES JÓVENES


Diana y Acteón

En una infinidad de culturas patriarcales, los hombres son mostrados como arriesgados cazadores, obligados a tomar decisiones, de quienes depende el sustento familiar, mientras las mujeres suelen quedar reducidos al rol de uno de los objetos más apreciados por los hombres, uno que los estimula y enfrenta entre ellos, pero carece de iniciativa. La imagen del macho agresivo y explorador, se complementa con la figura de la hembra receptora, pasiva a pesar de su aporte fundamental en la reproducción, que aguarda en el hogar, cuidando las crías que trajo al mundo. Esa noción terminó por establecerse en la conciencia de un infinidad de seres humanos como una constante impuesta por la naturaleza, imposible de superar o contrariar.

En la mitología romana, en cambio, la diosa Diana es representada como una infalible cazadora que sale de noche, armada con arco y flechas, que recorre los bosques, seguida por un séquito de ninfas y lebreles. Nada parece haber en ella que recuerde a la mujer encerrada entre los muros del hogar, para evitar cualquier exposición a la amenaza masculina. De acuerdo a lo que Ovidio cuenta en Las Metamorfosis, Diana presenció los dolores del parto sufridos por su madre, motivo por el cual decidió mantenerse lejos de todo contacto de los hombres. La distancia no implica retirada temerosa, sino la conciencia de la superioridad de su sexo: ella no está dispuesta a someterse a nadie y más prudente para los hombres es ponerse a resguardo de su enojo, que desearla y forjar planes de poseerla.

Una de sus víctimas humanas es Acteón, un joven cazador que por casualidad la ve desnuda, mientas ella se baña con sus acompañantes. En represalia, cuando lo descubre, Diana lo convierte en un venado, al que sus propios perros devoran. El mirón, aunque sea involuntario, recibe un castigo desmedido (puesto que en ningún momento ha intentado propasarse). En mal momento desafió los poderes de una diosa que no entiende como una limitación su condición femenina

Una mujer consciente de sus poderes, probablemente permanecerá sola, sea porque así lo ha decidido ella o porque ningún hombre prudente querrá acercársele demasiado. Las mujeres no sometidas a un hombre, constituyen para la mentalidad patriarcal una amenaza que es preferible evitar, no sea que se las moleste y haya que sufrir las consecuencias de una rabia acumulada por generaciones.

Aquiles y la amazona Pentesilea

Del pueblo de las amazonas de la Antigüedad se tuvo hasta no hace mucho la convicción de que formaban parte de la criaturas mitológicas, imposibles de conectar con la realidad, en el mismo plano que los centauros, los unicornios y las sirenas.  ¿Cómo podía ser que las mujeres, tradicionalmente orientadas hacia la privacidad y dependientes del apoyo de los hombres para organizar sus vidas, pudieran organizarse como gobernantes y guerreras? Las amazonas debían ser criaturas fabulosas, como las sirenas y los centauros. Los griegos, que habían relegado a la mayor parte de las mujeres a la función de meras reproductoras de la especie (tan solo se esperaba conversación culta y placer sexual de las bellas y bien remuneradas hetairas) no les concedían demasiados atractivos, ni el derecho a ser oídas por los hombres. Cuando eran decentes, no debían tomar iniciativas. Para no considerarse inferiores a los hombres, debían prostituirse. No es que se les diera a elegir, sin embargo. La adopción de un rol u otro le correspondía a los hombres.

Por eso las amazonas fueron descritas como criaturas tan feroces como improbables. Ellas gobernaban su nación. Ellas conducían los ejércitos. Ellas sometían a los hombres al rol de meros reproductores. De allí que seleccionaran a sus parejas entre los prisioneros de guerra más fuertes y atractivos, a los que mantenían en esclavitud o castraban, una vez que habían cumplido con la función que se les asignaba. Las amazonas reflejaban, mediante una inversión de géneros, las mismas desigualdades consagradas por la sociedad griega.

La imagen de la mujer seductora, pero en el fondo víctima de la mirada masculina, que puede dominarla incluso cuando ella ha demostrado ser más fuerte y agresiva que él, ha permanecido en el imaginario colectivo, a pesar en ciertos casos ella se encuentra en condiciones de elegir o rechazar a su pareja.

Potemkin y Catalina de Rusia

De Catalina la Grande, Emperatriz de Rusia en el final del siglo XVIII, se sabe que no solo era una gobernante y una intelectual notablemente informada, que no tomaba en cuenta la opinión del común de la gente. Ella elegía a sus amantes entre los hombres más atractivos e inteligentes que llegaban a la Corte (con el objeto de seducirla y hacer fortuna). Ella los entrenaba en las funciones públicas y les encomendaba altos cargos, retribuyendo los variados servicios que les encomendaba con sievos y grandes extensiones de tierras. Potemkin fue uno de los favoritos que alivió las penas de su matrimonio primero y luego las de su viudez. Grígori Orlov fue otro de sus amantes y el Príncipe Zúbov otro, a pesar de los cuarenta años que lo separaban de la monarca. La emancipada Catalina fue objeto de difamaciones de todo tipo, que le atribuían una lujuria desenfrenada y ocultaban sus dotes de estadista, como si fuera necesario demostrar que el paradigma era inaceptable para el común de las mujeres.

En Doña Bárbara, la novela de Rómulo Gallegos, la protagonista domina un territorio tan rico como atrasado, en el que los hombres se encuentran a su servicio. Siguiendo el esquema de la amazona Pentesilea, que se enamora de su adversario, Aquiles, con quien lucha en lugar de hacer el amor. Bárbara se rinde a Santos Luzado, cuando objetivamente hubiera debido ocurrir al revés. De acuerdo a la visión patriarcal de las relaciones entre los sexos, la mujer indómita necesita el control (y a la larga la destrucción) que puede suministrarle un hombre civilizado.

En el teatro chileno, la protagonista de La Viuda de Apablaza, obra escrita por Germán Luco Cruchaga en 1928, reúne las mismas cualidades de mujer poderosa y sin hombres que la manden (poderosa, precisamente porque no depende de nadie para tomar las grandes decisiones). Ella ha criado al hijo natural de su marido, dado que nunca tuvo ninguno suyo, y una vez desaparecido el padre, lo escoge como su pareja. Se trata de un gesto paradojal, porque al obligarlo a convertirse en su marido, le entrega todo lo que posee, como si le resultara inconcebible organizar su vida de otro modo que subordinándose a un hombre, y no a cualquiera, sino al que permite la continuidad en el poder del hombre muerto. Es un proyecto condenado al fracaso y la marginación (confirmada por la muerte) de la mujer que ha logrado más poderes de lo que la sociedad está dispuesta a concederle, se muestra como un camino imposible de detener.

Demi Moore y Ashton Kutcher

La cazadora del mundo moderno suele ser el equivalente a una diosa de la Antigüedad, una mujer que se encuentra por encima de las expectativas de la mayoría de las mujeres, que goza de prerrogativas inalcanzables para las otras, sometidas a la opinión de la mayoría. Figuras del espectáculo como Joan Collins, Cher, Demi Moore, Madonna, Susan Sarandon, Cameron Diaz, Halle Berry, se han exhibido ante los fotógrafos de la prensa de espectáculo con sus parejas, hombres bastante más jóvenes que ellas, a quienes eligen o desechan de acuerdo a su criterio. La comediante Fran Drescher, que alcanzó notoriedad en la sitcom The Nanny, utilizó su experiencia matrimonial con una pareja 16 años más joven, en la temática de otra sitcom, Living with Fran, que no tuvo la misma recepción y fue cancelada al terminar la segunda temporada de exhibición. El tema puede haber adquirido cierta actualidad, pero no da para reírse de él.

Las mujeres independientes que toman la iniciativa en asuntos de pareja, probablemente resulta más amenazantes que dignas de burla para la mayoría. En inglés se las denomina cougar women, vale decir, pumas. Ellas son atractivas y dedican grandes energías a mantenerse vigentes como un objeto deseable de los hombres. En su madurez, suelen ser profesionales que disponen de abundantes medios que las han vuelto independientes de los hombres.

Siempre hay algo intimidante en la imagen de una mujer madura y segura de sí misma, que sale en busca de una pareja más joven, alguien que de acuerdo a sus adversarios, podría ser su hijo pero no lo es, aunque sí alguien que se encuentra subordinado a ella. El fantasma del incesto queda flotando en la condena social de estas uniones que pueden ser satisfactoria inicialmente para quienes la protagonizan. ¿Qué sale ganando ella de la relación? Puede suponer que el vigor de un amante más joven. ¿Qué gana él? Probablemente la experiencia de una mujer que ha pasado por otros hombres y aprendió de ellos (o por causa de ellos) a tomar la iniciativa incluso en temas como la seducción. Las dos iniciativas resultan sospechosas. ¿Desde cuándo las mujeres que han sufrido decepciones en sus anteriores relaciones de pareja, buscan la repetición de encuentros con personas que pueden ser tan inseguras como los hombres jóvenes? ¿Qué placer obtienen ellas de la oportunidad de educarlos y hacerlos madurar, cuando al hacerlos tal vez los pierdan? El tiempo suele ser uno de los principales adversarios de estas parejas. Aunque las cazadoras demoren con sabiduría la aparición de los inevitables signos de la edad y los hombres que atraparon disfruten esa oportunidad inhabitual, la relación de estas parejas tiene los días contados. Pueden ser días felices, pero todo juega en contra. Los testigos no los envidian ni acompañan en su felicidad. Sólo apuestan, sin atisbos de piedad, cuánto tiempo durarán.

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