SUSTITUTOS INSUFICIENTES DE LA PAREJA


Auguste Rodin: El beso

Tener una pareja, como satisfacer la sed o el apetito o disponer de un techo para descansar, son algunos de los reclamos básicos de los seres humanos. A veces, la pareja brinda respetabilidad ante el grupo, promete satisfacción sexual o asegura protección económica, pero lo fundamental puede ser otra necesidad más compleja: muchos aspiran a no estar nunca del todo solos, quieren dialogar y disponer de alguien (o en su defecto, algo) que les permita sentirse apoyados y contenidos ante las circunstancias no siempre cómodas de la vida cotidiana.

Cuando por un motivo u otro esa compañía no se consigue, ¿qué hacer? En la sociedad tradicional, las casamenteras se encargaban de encontrar parejas para sus clientes. Las adolescentes de hoy se embarazan confiando que un hijo les brinde una compañía de por vida, algo que el padre de ese hijo probablemente no les asegura. Las muñecas inflables y parejas ocasionales que pagan los adultos, son otras alternativas que intentan satisfacer las variadas demandas de aquellos que no resignan a vivir todo el tiempo solos y sin embargo no parecen dispuestos a aceptar cualquier compañía humana.

Chat

Internet ha llegado para suministrar parejas virtuales a los solitarios que acuden a las conversaciones privadas o colectivas de los chats, a las páginas web especializados en venta de pornografía y los mensajes de Twitter. Sus voces o textos no siempre dignos de crédito, a veces reemplazadas por seudónimos (nick names) o avatares visuales que no tienen otro objetivo que engañar respecto de la identidad de quienes los plantean, proclaman la urgencia de esta búsqueda de parejas. No obstante, se trata de un ámbito donde nada resulta demasiado confiable y casi todo deriva en intercambio de trivialidades o cybersexo, de gente que en realidad permanece distante.

Tamagotchi

Una madre profesional de comienzos del siglo XXI, compró un tamagotchi para su hija única, de doce años (¿esperando compensarla por la ausencia de hermano o intentando adiestrarla para sus funciones maternales del futuro?). Lo más probable es que se tratara de una compra irreflexiva, como tantas otras, de novedades tecnológicas que la publicidad plantea, convence a los usuarios potenciales de que es urgente adquirirlas y pronto las deja en el olvido, porque la dinámica del mercado exige que todo se consuma, sin aplacar el apetito de consumir.

En otras épocas, el regalo de la madre hubiera sido una muñeca, con la que su hija hubiera podido sentirse acompañada, pero que al mismo tiempo hubiera sido incapaz de exigir nada de quien la utilizara. Cuando se adquiere un robot, por elemental que sea, la situación cambia. La madre no tardó en descubrir que su hija no estaba en condiciones de brindar a la mascota electrónica la atención que el tamagotchi reclamaba, por lo que ella misma tuvo que encargarse de alimentarla virtualmente y suministrarle el resto de los cuidados incluidos en la programación, mientras ejercía su profesión. El artefacto diseñado para manifestar los reclamos habituales de un bebé humano (mediante la risa y el llanto) reclamaba una atención constante, oportuna, que una adolescente demasiado inquieta por su propia suerte no estaba en condiciones de otorgarle.

Hay quienes sienten la necesidad concreta de contar con la compañía de alguien (o de un objeto, en el caso de las muñecas inflables y el tamagotchi) que reclame los cuidados habituales que se deben a un ser vivo, que soporte el maltrato o el descuido, y sin embargo los acompañe de manera continuada, porque no están dispuestos a tolerar las demandas tanto más complejas e imprevisibles de la relación con una pareja humana.

Los adolescentes que crían arañas el cajón de un mueble o conviven con una culebra obligada a permanecer debajo de la cama, testimonian esa búsqueda de una relación estable con un par simbólico, en este caso, con animales temidos por el común de la gente, que diferencian a sus dueños de la mayoría detestada y alimentan su ilusión de estar por encima de quienes debieran ser sus amigos.

Seres humanos que viven solos, crían animales domésticos o cuidan plantas o practican algún hobby, si es que no coleccionan objetos, como sustitutos de una pareja capaces de concentrar la atención y ocupar el tiempo libre. Si no pueden o no quieren comunicarse con otro ser humano, la mascota permite disponer de un interlocutor fácil de descifrar, que no reclama demasiado y sin embargo retribuye a su manera. El perro agita la cola o gimotea para expresar sus sentimientos. El gato restriega el lomo o ronronea para dar a entender su aprecio. En el caso de las aves, los reptiles y los peces, cada vez se vuelve difícil para los humanos encontrar alguna respuesta al monólogo que entablan en su presencia, pero de todos modos su bienestar constituye una preocupación efectiva, una responsabilidad que otorga sentido a la existencia del solitario.

Robert Doisneau: El beso.

Cuando los dueños de mascotas se entregan al diálogo imaginario con sus acompañantes carentes de palabras, logran olvidar tal vez que del otro lado no hay nadie capaz de responderles en los mismos términos, aunque tampoco es improbable que todo lo que busquen en la mascota sea precisamente esa falta de respuesta, que les permite continuar en el centro de todo el proceso de comunicación. A pesar de la compañía que brindan las mascotas, hay una deficiencia en ellas: no suelen servir como objetos sexuales, por lo que dejan sin satisfacer una de las dimensiones fundamentales de la vida en pareja.

La industria moderna de la pornografía se encarga de ofrecer a los solitarios una variadísima oferta de satisfacción sexual que no depende de la capacidad para encontrar pareja, sino del poder adquisitivo del consumidor. Las muñecas reaparecen, por ejemplo, no con el objeto de estimular los hábitos maternales de las niñas, sino para secundar la actividad masturbatoria de los hombres que no consiguen mujeres o que no desean afrontar los riesgos (para ellos, excesivos) del trato con las mujeres del mundo real.

Anuncio de vibradores, comienzos del siglo XX

Anuncio de vibradores, comienzos del siglo XX

En cuanto a las solitarias, el mercado no las deja de lado, porque son muchas en una sociedad que concede la posibilidad de separarse fácilmente a las parejas fallidas, mientras la resignación a la soledad, como las restricciones morales de otras épocas parecen estar en retroceso. Tal como la abundante pornografía audiovisual, las muñecas inflables o los simulacros de genitales femeninos suministran compañía imaginaria a los hombres, las mujeres encuentran en el mercado una serie de sustitutos de los genitales masculinos, a la medida de sus deseos, algunos inertes y otros animados por baterías que les otorgan movimientos parecidos a los que suministra una pareja viva durante el coito. Descrito de ese modo, nada resulta demasiado atractivo, pero de acuerdo a las evidencias, tampoco la pareja humana brinda en todos los casos la solución más conveniente a la necesidad de compañía.

En 1880 y plena época victoriana, que se tiende a imaginar como represiva en todos los aspectos de la sexualidad, el doctor Joseph Mortimer Granville inventó el vibrador de caucho, alimentado por baterías eléctricas. Modernizaba un instrumento que ha existido desde hace milenios. Algunos, elaborados en piedra pulida, datan nada menos que del Neolítico. Los romanos los fabricaban con cera, como las velas. Granville lo concebía como un instrumento médico que debía aliviar ciertas enfermedades nerviosas de las mujeres. El servicio no tardó en popularizarse en los centros vacacionales de los EEUU y Europa.

Aviso de vibradores

El catálogo de la tienda Sears, después de que se inició la fabricación en serie en 1902, mucho antes de que apareciera la plancha eléctrica o la aspiradora, los anunciaba en la sección de objetos que cualquier mujer iba a apreciar. Más de medio siglo más tarde, comenzó a difundirse la imagen actual del vibrador como un juguete erótico, circunstancia que lo expulsó de las grandes tiendas, para relegarlo a los sex-shops. Como consecuencia de la difusión del VIH, los vibradores adquirieron una nueva imagen, de instrumentos menos riesgosos que colaboran en la excitación sexual.

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