PAREJAS Y SECUESTROS: EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO


Los secuestrados y los torturados cuentan a veces historias espeluznantes de sus experiencias, que van más allá de los sufrimientos que han logrado sobrellevar e incluyen su abierta colaboración con el secuestrador o torturador. ¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué simularon colaborar o se convencieron de que deseaban colaborar? Trataron de salvar su vida, puede pensarse, no irritando de ningún modo a quienes los mantenían en su poder y los sometían a vejámenes, con el objeto de abreviar o aliviar el tormento. ¿Fue solo eso? La situación parece ir más allá de las interpretaciones simplistas: las víctimas suelen identificarse con aquellos que las hacen sufrir.

El Coleccionista (1963) la novela de John Fowles, otorga al secuestro un aura romántica perversa, que el filme de William Wyler acentúa, gracias a la belleza física de la pareja de protagonistas. ¿Por qué forzar una relación entre un hombre y una mujer que parece tan fácil de aceptar, tan deseable para los espectadores? El hombre controla la situación, puede seducir a la mujer, desea seducirla, pero antes le quita toda libertad de elegir. De acuerdo a su fantasía, tiene que obligarla a pedir que le hagan el amor.

Algo parecido ocurre en ¡Átame! (1990) el filme de Pedro Almodóvar, donde la mujer secuestrada llega a pedirle al hombre que abuse de su indefensión. Al atarla y suspenderla desnuda, el secuestrador la deja disponible para cualquier tipo de afrenta sexual que se le ocurra, una situación que sin embargo demora, a pesar de la demanda implícita de la audiencia que ha contemplado el proceso y comparte su control escopofílico de ese cuerpo que no puede tocar.

Las dos parejas ficticias dan la impresión de ser demasiado compatibles físicamente, por lo que el secuestro resulta más creíble como una puesta en escena acordada entre ambos, un juego destinado a excitarlos, no como la violencia efectiva de uno sobre otro.

En La Muerte y la Doncella (1995) la pieza teatral de Ariel Dorfman que Roman Polanski adaptó para el cine, el reencuentro de Paulina, que afirma ser víctima de la represión militar sudamericana de los `70 y el doctor Miranda, su posible torturador, tras varios años de separación, actualiza un deseo de venganza en el cual no parece disminuir con el tiempo. Lo más perturbador de la historia, es que la víctima no entregue ese hombre a la Justicia, dándole la oportunidad de defenderse, sino que ella misma se ejerza la Justicia por sus manos.

Polanski apuesta por la ambigüedad de los personajes. El espectador es invitado a identificarse con Paulina, aceptar como cierto lo que ella cuenta y desear el castigo inmediato de Miranda. Sin embargo, cabe otra lectura: ella pudo haber sido secuestrada o no en el pasado; tanto en un caso como en otro, en la actualidad es ella quien secuestra, y Miranda, responsable o no de lo que ella cuenta, es la víctima que apremiada por la situación que no controla, acepta aquello que tal vez no sucedió nunca, en la esperanza de poner fin al tormento.

Es lo que ocurre en Miseria, la novela de Stephen King: una mujer que admira a un escritor que acaba de sufrir un accidente que lo deja en sus manos, no duda en torturarlo para que él se pliegue a sus fantasías. En estas dos ficciones, una mujer sádica llega a controlar a un hombre incapacitado para resistirse. Desde el punto de vista masculino, ¿cabe imaginar algo más temible que la inversión de roles, en la relación dispar que suele darse con entre las parejas del mundo real? Si la dominación de la mujer por el hombre es entendida como algo normal, sobre la cual se basa la relación tradicional entre los géneros, la situación opuesta causa pánico en el hombre. Una mujer más fuerte, solo puede ser imaginada como una vengadora en potencia.

En otro filme, Portero de Noche (1974) de Liliana Cavani, una pareja similar, formada por una ex prisionera judía de un campo de concentración y un ex miembro de las SS nazi, se reencuentra casi veinte años después de haberse conocido y exploran de común acuerdo un erotismo perverso, la relación sadomasoquista de antaño convertida en juego excitante. Es una situación que se tiende a pensar fruto de la imaginación de la cineasta, solo verosímil en las circunstancias que ordena la ficción.

Cuando se analizan las historias de mujeres golpeadas por sus parejas, sin embargo, se nota la reaparición del mismo mecanismo. Los opresores suelen presentarse ante los oprimidos como sus mejores amigos, incluso como sus protectores, en un gesto desmentido por las evidencias de lo que está pasando. Tal vez ahora sean crueles, afirman, pero no tardarían en ser amistosos (incluso en demostrarse enamorados) si aquellos que se encuentran sometidos a su capricho decidieran colaborar.

El matrimonio tradicional ha sido con cierta frecuencia una relación de ese tipo, a pesar de encontrarse aprobada por el Estado y la Religión. El marido es concebido como el proveedor y guardián de la esposa y ella le debe sumisión absoluta, aunque la continuidad de la situación le resulte odiosa. Ante la carencia de alternativas, lo más conveniente para la mujer es simular que se encuentra cómoda en el estrecho espacio que le conceden.

En los casos de violencia doméstica declarada, los abusadores argumentan que los abusados hacen trampas, se resisten a cumplir sus compromisos y los obligan a castigarlos. Con tal de eludir las consecuencias de su presunto comportamiento desleal, no es raro que los abusados acepten esa perspectiva de la otra parte, carente de objetividad, con lo que confirman la fantasía de los abusadores y los alientan a continuar con el abuso, en un proceso que se realimenta sin obstáculos. No hay demasiadas esperanzas de ningún cambio, ni voluntad de analizar lo que ocurre, mientras la pareja continúe unida.

En este juego de simulacros forzados o consentidos, algo falla. La ficción de un acuerdo se convierte en algo demasiado parecido a la realidad, o al menos los participantes del secuestro hacen como si la fantasía fuera realidad, y lo más relevante es que los efectos de esta negociación se prolongan más allá de cuando se da por concluida la ficción.

El Síndrome de Estocolmo adquiere esa denominación a partir de un prolongado secuestro de cuatro rehenes ocurrido en Suecia, en 1973, durante el asalto al Kreditbanken de Norrmalmstrog. Kristin Ehnemark, una de las mujeres fue bastante más allá de la colaboración con sus captores para salvar la vida. Se negó a testificar contra Clark Olofsson, uno de los asaltantes, y meses después de que el incidente se resolvió, fue fotografiada mientras lo besaba.

Patricia Hearst, heredera de una fortuna millonaria, tras ser secuestrada por una agrupación terrorista, a comienzos de los años `70, no solo no es devuelta a su familia, sino que participa en un asalto del grupo a un Banco, meses después de que se logra que la liberen.

Prisioneros de guerra y campos de concentración, rehenes de aviones secuestrados, miembros de sectas religiosas, víctimas de incesto y otras formas de violencia intrafamiliar, pasan por reacciones similares. La adolescente Natascha Kampusch, tras pasar ocho años encerrado en un sótano y violada por su captor, declara ante los medios, tras su liberación y el suicidio del hombre, que ella se sentía más fuerte que él.

Algo parecido ocurre en las celebraciones que se llevan a cabo en colegios y universidades con el objeto declarado de incorporar a los nuevos estudiantes. Se los somete a todo tipo de vejámenes, como secuestro de sus ropas, documentos y dinero, para obligarlos a mendigar durante una jornada, vestidos con ropas viejas, rotas e inadecuadas, cubiertos de basura.

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