PAREJAS CRIMINALES: VÍCTIMA Y ASESINO


Barolomeo Mandredi: Caín y AbelDe acuerdo a una tradición milenaria, que comparten judíos, cristianos y musulmanes, la víctima y su asesino quedan ligados de manera perdurable, por el crimen que se cometió y ofende por igual a las leyes humanas y divinas. En la Biblia, Caín mata por celos a su hermano Abel, después de que Yahvé acepta las ofrendas que le dedica el pastor y rechaza las que ofrece el agricultor. Después de cometida la falta, Caín no es castigado con la muerte, pero debe alejarse de su familia y de la tierra que cultivaba y se ha vuelto estéril por su causa. Caín sobrevive para vagar por el mundo, cargando sobre la frente una señal que al mismo tiempo lo delata como asesino y lo preserva de cualquier intento de castigo de los hombres.

Al matar a su hermano ¿Caín logra deshacerse definitivamente de la vecindad de Abel, como era su intención? De ningún modo. Cuando se recuerda a uno, inevitablemente se recuerda al otro. La marca de Caín es en realidad la persistencia de Abel, ya no compitiendo con su hermano, sino incorporado al destino de quien lo eliminó, para impedir que el merecuido tormento pueda ser abreviado por la muerte.

Entre las figuras históricas, Bruto es recordado menos por sus virtudes republicanas, que por asesinar a Julio César, su protector, con el objeto declarado de impedir la imposición de una dictadura en Roma. Su crimen no tarda en verse tan horrible para todo el mundo, que hasta la posibilidad de castigar al asesino repugna a quienes lo persiguen, al punto que él mismo debe darse muerte.

El desorientado Lee Harvey Oswald no sería recordado sin la muerte de John Fitzgerald Kennedy que la Comisión Warren le atribuye a pesar de las hipótesis que se refieren a otros responsables. En estos casos, la relevancia histórica de la víctima basta para asegurar la perdurable notoriedad del asesino.

Charles-Henri Sanson alcanzó notoriedad, no por formar parte de una familia dedicada al mismo oficio durante siete generaciones, sino por haber sido el verdugo que cortó las cabezas de figuras de la nobleza como Luis XVI, su esposa María Antonieta, luego la de la republicana Charlotte Corday, entre otros personajes célebres durante la Revolución Francesa. Le fue encargada una tarea horrible, que cumplió con dedicación, hasta sufrir un accidente en el patíbulo donde trabajaba, que le causó la muerte, mientras mostraba a la multitud la cabeza de una de sus muchas víctimas. Las Memorias del verdugo que fueron publicadas como suyas, habrían sido escritas por el joven Honoré de Balzac y un colaborador.

En otros casos, las víctimas son anónimas y la personalidad del asesino es la que invita a fijarse en ellas. Los crímenes de Jack el Destripador perduran en la memoria, tanto por la profesión de sus varias víctimas, prostitutas londinenses de la era victoriana, como por la impunidad y el anonimato que rodearon al asesino, capaz de atribuirse la responsabilidad de sus actos mediante cartas desafiantes a la prensa. ¿Cómo pudo hacerlo repetidamente, en una ciudad superpoblada, sin que lo descubrieran? Las indagaciones no han cesado, en el siglo que ha pasado desde los crímenes, y las hipótesis van desde cirujanos eminentes y miembros de la casa real inglesa, hasta artistas norteamericanos de paso por Europa.

El horror que causa el crimen, posee sin embargo un atractivo imposible de ocultar para los observadores, que no logra explicarse. Por un lado espanta y reclama justicia, por el otro genera una admiración mal reconocida. ¿Quién no ha sentido en alguna ocasión el deseo de eliminar a alguien que le estorba? Muchos. ¿Cuántos han convertido esa idea en realidad? Solo aquellos que dejan de someterse a las restricciones morales y religiosas que acepta la mayoría. Por lo tanto, unos pocos.

Los crímenes seriales destacan la cantidad de víctimas que se acumulan, en lugar de la identidad de cada una de ellas, mientras generan una evidente mitificación del asesino, que ha sido capaz de llevar a cabo tal hazaña. ¿Cómo distinguir a quienes sufrieron la muerte, por causa de personajes tan siniestros como Gilles de Rais o la Condesa Batory en el Medioevo europeo, Enriqueta Martí, Peter Kürten, Ted Bundy, el autodenominado Zodiac o Andrei Chikatilo durante el siglo XX?

A quienes sufrieron por su causa, solo se los recuerda en términos globales, como participantes de un poblado grupo, porque la inusitada crueldad de sus asesinos ha terminado por eclipsar la individualidad de aquellos que (para su desgracia) se les cruzaron en el camino y cumplieron las condiciones que los volvían aptos para ser sus víctimas.

Se sabe que hacia fines del siglo XVI, la condesa húngara Erzsébet Batory prefería las mujeres jóvenes como sus víctimas, puesto que al alcanzar la edad madura y quedar viuda, ordenó asesinar a más de 600, para beber su sangre y bañarse, en la esperanza de no envejecer. El asesino codicia algo muy valioso para él, que la víctima posee sin demasiado esfuerzo (la juventud, el sexo, el favor de Dios en el caso de Abel) y por distintas circunstancia nunca cedería a nadie. Parece no haber otra forma de despojarla de ese bien, que quitándole la vida.

En muchos casos, la muerte llega tras una serie de torturas que subrayan la indefensión de la víctima y confirman el poder ilimitado de un asesino que necesita verificar sus poderes. En otros casos, se define una imagen paradojal del asesino visto como vengador o justiciero por cuenta propia. ¿Quién es él para convencerse de que se encuentra en condiciones de impartir justicia de acuerdo a su capricho?

Se sabe que Jeffrey Dahmer era un homosexual que prefería a los adolescentes de su misma condición, a los que mataba para abusar de los cadáveres posteriormente, como si estuviera empeñado en una misión depuradora de las costumbres, que la sociedad hubiera debido agradecerle. Gary Leon Ridgway se especializó en librar al mundo de casi medio centenar de prostitutas que ofendían su estricta moral religiosa.

Asesinos enquistados en instituciones criminales, como el doctor Josef Mengele que operó en los campos de concentración del régimen nazi, pueden ser relacionados con la responsabilidad de miles de muertes. En esos casos, la criminalidad es de tal magnitud, que hasta el número de víctimas pierde relevancia. Dos o tres más, incluso veinte o treinta, ¿cambian en algo su culpa?

Andrew Cunanan, un hombre joven dedicado al comercio homosexual en Miami, infectado por el VIH, logra una notoriedad impensable para alguien de su ambiente, por haber acuchillado a uno de sus clientes, el diseñador Gianni Versace, tras haber recorrido la región asesinando a otros hombres que le pagaban por sus servicios.

Hay víctimas masoquistas que se ponen de acuerdo con sus asesinos, como revela la historia de Armin Meiwes, que mutilaba y devoraba a Jurgen Brandes, su pareja homosexual, mientras registraba en video la tortura. Esa complicidad en el crimen, borra las barreras éticas planteadas en la vieja historia de Caín y Abel.

En otros casos, el responsable intelectual de un asesinato encarga a otros la comisión del crimen, pero de cualquier modo su nombre queda ligado al de la víctima interpuesta. El gurú Charles Manson logró que sus fanáticos seguidores mataran al azar a los ocupantes de una mansión de Beverly Hills, incluyendo a una mujer embarazada de ocho meses y famosa, como la actriz Sharon Tate.

Una mujer, Locusta, a comienzos de nuestra era, fue responsabilizada de la muerte de una serie de figuras de la familia imperial romana, mediante su temible conocimiento de los venenos que incorporaba a los alimentos o las plumas con las que se inducía el vómito en caso de intoxicación, como sucedió con el emperador Claudio, liquidado por instigación de su esposa Agripina. En varios casos, Locusta solo habría suministrado los medios a los parientes que deseaban acelerar una sucesión que los beneficiaba. Cuando la envenenadora cayó en desgracia, tras la muerte de Nerón, a quien había servido con ejemplar dedicación, le fueron atribuidas 400 muertes.

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