ORGASMOS REALES O FINGIDOS


Meg Ryan en When Harry met Sally

Una famosa escena de la comedia cinematográfica When Harry met Sally, muestra a la protagonista representando ante su mejor amigo, en medio de un café repleto de clientes, un teatral orgasmo femenino, tan estruendoso y verosímil que otra cliente, maravillada por la reacción, pide al camarero que le traiga lo mismo que ha consumido la primera.

Bajo el disfraz de una historia humorística, queda planteado un tema que ha ganado actualidad durante las últimas generaciones: la posibilidad de que las mujeres también gocen de la actividad sexual; o para ser más precisos: el reclamo de las mujeres a disfrutar de una situación en la que siempre participaron, como simples auxiliares del disfrute masculino, aunque su placer (real o fingido) o su disgusto o su indiferencia no fueran tomados en cuenta, mientras que paralelamente se privilegiaban otros aspectos de la sexualidad, como la satisfacción que debían experimentar por el deber conyugal cumplido, la posibilidad de ser fecundadas y optar a la maternidad, la entrega en cuerpo y alma a Dios, el servicio a los intereses reproductivos de la patria, etc.

Veinte años después de la parodia de Sally, una investigación reciente efectuada en Gran Bretaña, revela que un alto porcentaje de las mujeres se agita y gime durante el trato sexual con su pareja, con el objetivo fundamental de librarse lo antes posible de la presencia del hombre, que no disfrutan. Un poco de teatro refuerza las fantasías del macho y mejora su desempeño, mientras suministra una visión menos conflictiva de la mujer a la que hoy, después de tantos siglos de no constituir ninguna obligación, se supone que él debe encargarse de satisfacer. ¿No será demasiada tarea para muchos hombres? Aparte de la obligación salir a trabajar, con todas las incomodidades que eso trae, de tomar las principales decisiones de la familia y traer dinero para la casa, ¿también deben responsabilizarse de la felicidad de sus mujeres?

¿Disfrutaban las mujeres pobres o ricas de Babilonia, miles de años antes de nuestra era, su obligada etapa de prostitución sagrada, en las escalinatas del templo de Ishtar? Antes que nada, cumplían con su deber de entregarse a extranjeros, para financiar el culto religioso con el dinero que obtenían de su comercio. Luego, apostaban intuitivamente por la variación del patrón genético. Algo parecido debió suceder con las jóvenes devadasis de la India, que durante milenios sirvieron al dios Shiva, antes de que los musulmanes impusieran sus propias normas morales.

¿Puede haber disfrutado el sexo una matrona espartana, que ni siquiera compartía la mesa con su marido, y solo se encontraba con él durante las noches, con las luces apagadas? No lo sabemos, pero de acuerdo a las leyes estaba obligada a procrear, y si el marido fallaba en fecundarla, ella quedaba autorizada para salir a buscar otro más saludable, que le permitiera cumplir con su función patriótica de parir nuevos servidores del Estado.

Los mecanismos de la procreación no estaban demasiado claros por entonces. Entre el coito y el embarazo no se entendían las conexiones. Acostarse con su marido para la mujer (y lo inverso para el hombre) era una obligación como la de pagar impuestos en la actualidad. Nunca se averigua si estamos satisfechos o no. Solo hay que hacerlo, en beneficio de la comunidad. Tal vez constituya una obligación que intentemos eludir, pero las instituciones no toman en cuenta eso para aliviar la carga.

Mira que el amor es fuerte; / vida no me seas molesta. / Mira que solo te resta / para ganarte, perderte; / venga ya la dulce muerte, / el morir venga ligero / que muero porque no muero (Teresa de Ávila: Vivir sin vivir en mí)

Bernini: Éxtasis de santa Teresa

El éxtasis religioso de santa Teresa de Ávila, tal como Bernini la representó, se parece demasiado al abandono de una mujer durante la actividad sexual. Las ropas están arrugadas, la boca se entreabre, los párpados cubren los ojos, la flecha dorada del ángel apunta no tanto al corazón de la monja, como a sus genitales. Ella o la beata Ludovico Albertoni, disfrutan intensamente su connubio con Dios, tal como los personajes de las pinturas mitológicas de la misma época (por ejemplo, la seducción de la ninfa Io por Zeus, bajo la forma de niebla, según Correggio).

La mujer que disfruta de su cuerpo, de acuerdo a la tradición, se encuentra conectada con una presencia masculina, que incluso cuando no se puede ver, trastorna la que se estima “natural” reticencia femenina a abandonarse a sus impulsos.

Correggio: Zeus e Io

Cuando la pareja de investigadores formada por William Masters y Virginia Jonson recogieron a mediados del siglo XX datos sobre la sexualidad humana, encontraron que apenas un tercio de las mujeres experimentaba orgasmos regularmente y entre cinco y diez por ciento, a pesar de encontrarse activas sexualmente, lo desconocían por completo. Una causa posible de tal situación es la deficiencia en la producción de tetosterona; otra, la deficiente irrigación sanguínea, que se trata con Viagra.

Hace años, mientras colaboraba en un proyecto audiovisual con un industrial exitoso, recibí de él una confidencia que hubiera preferido no oír, porque comprometía una respuesta que no estaba seguro que fuera la más adecuada. Cada vez que hacía el amor con su mujer (tales fueron sus palabras) le preguntaba al final cómo lo había pasado.

La anécdota, que no venía demasiado al caso que él mencionara, hubiera debido demostrar cuán considerado en sus relaciones conyugales, de las cuales se encontraba tan orgulloso como para sentirse autorizado a actuar en una parroquia católica como monitor de jóvenes parejas, pero al mismo despejaba cualquier duda que uno pudiera tener sobre su inocultable narcisismo.

Se estaba exhibiendo (oralmente) como alguien que no temía la respuesta de su legítima esposa, tal vez porque la consideraba perfectamente controlada con la numerosa familia que había engendrado, la lujosa casa que había construido para que ella la controlara, la buena ropa y los viajes que le pagaba, el dinero que le pasaba para utilizarlo como ella dispusiera.

Bajo condiciones similares, ella hubiera debido ser una desagradecida para responderle: “Me fue más o menos” o “No te preocupes, querido, la próxima vez resultará mejor”. Hasta las prostitutas representan con cada cliente que paga sus servicios, un disfrute que no es demasiado probable que experimenten, pero esa ficción es bien recibida y con frecuencia es solicitada expresamente por aquellos que pagan por la representación.

El orgasmo fingido es una de las herramientas con las que una mujer puede halagar sin riesgos a su pareja, para retenerla con lazos más durables que aquellos provistos por las instituciones.  Simultáneamente, el orgasmo fingido de las mujeres es una de las más terribles fantasías de los hombres. Si ellas pueden mentir con tal facilidad en ese aspecto, ¿habrá algo en lo que pueda confiarse? ¿Qué pretenden obtener esas mujeres al mentir sobre tan íntimo?

Tradicionalmente, el disfrute que pudiera experimentar una mujer en el curso de sus relaciones de pareja, no era un tema sobre el cual (por diferentes razones) valiera la pena preocuparse. No era de buen gusto mencionarlo, y sobre todo, importaba poco que existiera o no. Lo normal, lo aceptado por todos, era que la mujer cumpliera con su deber, tal como se lo reclamaba el hombre. Su indiferencia ante la sexualidad resultaba un signo tranquilizador de sumisión a la voluntad masculina.

La evidencia de que la mujer encuentra y busca placer, podía convertirse en un signo preocupante para los hombres que se creían con la exclusividad inamovible  de esa experiencia. Por eso en los países islámicos se practica la infibulación (mutilación de los genitales femeninos) que vuelven dolorosa cualquier actividad sexual.

Tradicionalmente, una mujer que sufra cuando hace el amor (¡qué obsceno suena el eufemismo en ese contexto!) resulta más confiable para su pareja que otra mujer ansiosa de repetir la experiencia placentera no solo con su marido, sino también sola o con cualquiera que ella decida, cuando su marido no la vigila. Esa imagen trastorna de manera incómoda y por completo el mundo de muchos hombres. Ellos tienen que impedir cualquier intento de establecer una paridad en el interior de la pareja.

Bernini: Beata Ludovica Albertoni

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