INFIDELIDAD, OTHELLO Y EL POBRE DES GRIEUX


Demi Moore y Ashton Kutcher

Tomo y obligo: ¡mándese un trago! / De las mujeres mejor no hay que hablar. / Todas, amigo, dan muy mal pago / Y hoy mi experiencia lo puede afirmar. / Siga un consejo: no se enamore / Y si una vuelta le toca hocicar, / Fuerza, canejo, sufra y no llore, / Que un hombre macho no debe llorar. (Manuel Romero y Carlos Gardel: Tomo y obligo)

La fidelidad es uno de los ingredientes fundamentales de una pareja entre los seres humanos, a diferencia de lo que pasa en una cantidad de especies animales, en las que el acuerdo entre dos individuos de distinto sexo no se prolonga más allá del tiempo necesario para la reproducción. La fidelidad es también una de las apuestas más difíciles que realizan los seres humanos. Esa promesa de exclusividad sexual que se hace a la otra persona o se exige de ella, pone una barrera demasiado alta para la relación, que no todo el mundo se encuentra en condiciones de aceptar, o que acepta por un tiempo (mientras dura el enamoramiento) y luego se ve imposibilitado de mantener.

La prensa de farándula se dedicó a registrar durante seis años la felicidad de la pareja de dos actores, Demi Moore y Ashton Kutcher. No obstante la diferencia de edades (ella es 16 años mayor), nada parecía empañar la dedicación mutua, hasta que el hombre fue sorprendido con una joven de 22, la esposa introdujo una demanda de divorcio, y no tardaron en llegar datos de que tampoco ella habría sido tan fiel como se suponía, puesto que se la relaciona con un amigo de quien era su marido.

¿Cómo volver atrás, después de publicarse estos detalles? Basta la comisión de una infidelidad real o presunta, para que muchas parejas se desarticulen para siempre, como si estuvieran compuestas de una materia demasiado frágil, incapaz de superar las primeras adversidades que encuentran. Recomponer una pareja rota es hoy menos probable que en el pasado, cuando la gente se resignaba a encubrir o perdonar las faltas de sus parejas, porque el valor que se le otorgaba a las instituciones no era fácil de desafiar.

En la actualidad, las rupturas se aceleran y confirman, las mediaciones se rechazan o desaprovechan, como si el primer desengaño provocara un daño irreparable. Para muchos, el temor a la pérdida que pueden sufrir alguna vez, que están seguros habrá de ocurrirles tarde o temprano, porque basta con mirar alrededor para ver parejas deshechas a poco andar, los lleva a preferir una existencia en soledad, a no comprometerse con nadie, insistiendo en un estilo de vida que no los satisface.

En un mundo hedonista, en el que la infidelidad se supone más probable que la fidelidad, hay quienes enloquecen imaginando la humillación que habrán de sufrir en el futuro o recordando la que ya sufrieron.

Para muchos hombres (también mujeres) los celos no los avergüenzan, porque serían la demostración más clara del inmenso amor que sienten por sus parejas. Por lo tanto, les asombra que el objeto de su pasión pueda percibir los celos de otro modo; por ejemplo, como un insulto, suficiente para incitarlos a dar por terminada una relación que hubiera debido basarse en la confianza.

Cuando las víctimas de los celos se entregan al desborde de su pasión, y luego retroceden, al verse obligados a reconocer el error que cometieron, se avergüenzan tanto del descontrol en el que cayeron, como de presentar al médico una radiografía de tórax. ¿Qué puede haber de malo, argumentan, en amar más de lo que uno es amado? Amar poco es el defecto. ¿Se los acusa de no querer perder a quien aman? Nadie en su sano juicio pretendería lo contrario.

Para el amante celoso, como se ve en la farse El Magnífico Cornudo de Crommelynck, nunca hay dos en su pareja. No le hace falta buscar demasiado para descubrir evidencias de alguien más o de muchos más, en una relación que ha deseado exclusiva. El celoso teme que a sus espaldas y contra su voluntad, su pareja se entrega a otras personas que compitan (con él, con ella) para despojarlo de favores que exige exclusivos.

Tener celos, en esta perspectiva, sería tan natural como respirar. En el peor de los casos, durante el ataque de celos, ellos revelan sentimientos que confirman la importancia que le otorgan a su relación. Creen que cuando intentan controlar mediante interrogatorios, amenazas y tortura a quienes temen perder, son más auténticos que nunca. Cuanto más celosos se muestran, más aman y por lo tanto más debieran amarlos.

Alezandre-Marie Colin: Othello y Desdemona

Tal como lo describe Shakespeare, Othello ha conseguido por un azar favorable (también por sus méritos personales demostrados en el campo de batalla) una posición relevante de militar y gobernante, como esposo de la bella Desdémona. Sin embargo, desconfía de que todo dure. Teme perder lo que obtuvo y eso lo conduce al pánico. Mire donde mire, solo descubre señales de conspiración para despojarlo de una felicidad que dejó de disfrutar apenas fue víctima de los celos.

En las 1001 Noches, el marido celoso no puede tranquilizarse respecto de la fidelidad de su mujer, de otro modo que manteniendo un dedo en el sexo de ella, porque de acuerdo a su visión paranoica del mundo, todas las mujeres son potencialmente infieles y todos los hombres conspiran para despojarlo de la exclusividad que le otorgó sobre su mujer la institución del matrimonio. Poco sensato sería recordarle que la ocupación del cuerpo, no le asegura que los pensamientos de la dama estén dedicados a él, ni menos aún que disfrute su vecindad constante.

Si el celoso sufre y hace sufrir a su pareja, el cornudo no es compadecido por muchos. Pronto surge la sospecha de que alguna responsabilidad tuvo él en su humillación (al ser objeto de una infidelidad que ni siquiera es capaz de mantener alejada de la opinión pública). De acuerdo a la tradición literaria, los celos ofenden de tal modo a quien es acusado de provocarlos, no pocas veces sin prueba, que terminan por justificar la idea de convertir en realidad esa falta imaginaria. Boccaccio describe de ese modo el mecanismo mediante el cual el celoso consigue (sin quererlo ni darse cuenta) su perdición.

Hubo hace tiempo en Arezzo un hombre rico, el cual fue llamado Tofano. A éste le fue dada por mujer una hermosísima mujer cuyo nombre fue doña Ghita, de la cuál él, sin saber por qué, pronto se sintió celoso, de lo que apercibiéndose la mujer sintió enojo, y habiéndole preguntado muchas veces sobre la causa de sus celos, y no habiéndole sabido señalar él sino las generales y males, le vino al ánimo a la mujer hacerlo morir del mal que sin razón temía. (Boccaccio: El Decameron)

En El Celoso Extremeño de Cervantes, nada falta para que las fantasías más oscuras del protagonista, Filipo de Cañizales, se conviertan en realidad. Es demasiado viejo y rico, está casado con una jovencita a la que no ha conquistado con su atractivo físico y debe soportar los embates de un donjuán experimentado, que ha decidido ponerle los cuernos. Aunque las apariencias se complotan para que el viejo crea que el adulterio se consumó mientras él dormía, intoxicado por su mujer, la ira no puede llegar muy lejos, porque es él quien muere del disgusto, permitiendo a la viuda recluirse en un convento y al galán emigrar a América.

Abate Prevost: Manon Lescaut

En la novela Manon Lescaut, publicada por el Abate Prévost en 1731, el joven Des Grieux está perdido: se ha enamorado de una mujer que desconoce la fidelidad y tanto si se deja dominar por los celos, como si la perdona y espera que se corrija, ella lo hará sufrir repetidamente, cuando está viva y aún después de muerta.  Más le hubiera valido al hombre no encontrarla, porque desde el momento en que trató de apartarla del camino de perdición que ella sigue, se encuentra atrapado por una de las fantasías recurrentes de los machos: esa mujer que desean (e incluso obtienen) de todos modos no habrá de pertenecerles nunca en exclusividad. Ella es promiscua, es inmoral y el hombre no encuentra la manera de olvidarla.

Una historia como esa, a la vez inmoral y aleccionadora, nunca pierde actualidad. Se han realizado adaptaciones teatrales, óperas, ballets, una serie de filmes y miniseries de televisión. El sentimiento de que el objeto (femenino) de la pasión es cruel y habrá de atormentar a quien espera disfrutarlo, no pasa de moda. Cambian las normas morales, las mujeres adquieren una libertad de decidir su destino que no conocieron en el pasado, y no obstante los hombres continúan alimentando la fantasía de que lograrán controlarlas. Si la idea resultaba anticuada a comienzos del siglo XVIII, ¿cómo es que todavía no ha desaparecido a comienzos del XXI?

 El celoso ama más, pero el que no lo es, ama mejor. (Moliére)

Los celos se nutren de dudas y la verdad los deshace o los colma (La Rochefoucault)

El que es celoso, no es nunca celoso por lo que ve; con lo que imagina basta. (Jacinto Benavente)

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