¿ENVEJECER EN PAREJA? (I): RESIGNACIÓN O DISFRUTE


Hermione Gingold y Maurice Chevalier: Gigi

How lovely to sit here in the shade / With none of the woes of man and maid / I´m glad I´m not young anymore. (Frederick Loewe y Jay Lerner: I´m glad I´m not young anymore)

La vejez no es tan mala, si uno considera la otra alternativa. (Maurice Chevalier)

De acuerdo a la experiencia de Chevalier, que fue el actor y cantante de la eterna sonrisa, el bon vivant que en los escenarios y ante las cámaras se exhibía siempre rodeado de bellas mujeres y no obstante murió solo, octogenario y deprimido, envejecer apenas puede ser una opción mejor que estar muerto. No es una visión demasiado placentera, pero eso pasa siempre, cuando se considera la alternativa de alcanzar una edad avanzada. Tal vez el viejo gane en experiencia, en desapego de las pasiones que nublan el razonamiento de los jóvenes, pero el deterioro llega, antes o después y arruina todo lo que pueda haberse conseguido en la madurez.

Sigfrido muere joven y Krimilda, su viuda inconsolable, se dedica a vengarlo (muriendo en la empresa). A pesar de los mitos heroicos, donde los protagonistas desaparecen en el momento culminante de su trayectoria, casi nadie acepta morir en pleno goce de sus facultades, sufrir las incontables humillaciones que depara la vejez en pareja, no es la imagen más agradable que la gente suele acuñar. Rubén Darío no dudaba en plantear la vejez como un vaciamiento inaceptable de sentido

¿Para qué querré yo la vida cuando no tenga juventud? (Rubén Darío)

Si algo justificara la fatiga de existir, solo sería el disfrute sin cortapisas de la juventud. Personajes de ficción como Romeo y Julieta mueren demasiado jóvenes y solo pueden ser recordados por el esplendor de la pasión juvenil que toma opciones equivocadas y sin embargo no decrece, no se ensucia; una imagen que no puede ser más deseable para la mayoría de los espectadores de su tragedia. Vivir al máximo y terminar mal, todo en poco tiempo. ¿Qué puede ser más deseable? La muerte y no el aburrimiento será el destino que los aguarda.

Beauvoir y Sartre

Los escritores Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir nunca se ajustaron al modelo de pareja romántica que difundieron medios masivos, pero uno de los factores más decepcionantes desde esa perspectiva, fue que envejecieron y quedaron sometidos a una serie de experiencias que la mujer no desaprovechó la oportunidad de analizar en uno de sus libros (La vejez, 1970). Como habían acordado mantener una total independencia emocional, financiera y hasta política, su vejez les llegó mientras permanecían en civilizada comunicación pero separados, una situación que la mayor parte de las parejas desconoce y hasta le asquea pensar. Cuando se forma una pareja es para involucrarse en la vida del otro, para dejar de estar separado de esa persona, para gozar y sufrir en compañía.

Por la autoridad que les concede la Ley, funcionarios estatales y ministros religiosos consagran todos los días la unión de parejas que no les preocupa cómo se han constituido, pero están dispuestas a respetarse y asistirse en la pobreza y la riqueza, en la salud y la enfermedad… hasta que la muerte los separe. La irresponsabilidad de la promesa que se exige y se concede, es tal que solo cabe sospechar que no se la toma demasiado en serio.

Los ritos de las grandes religiones monoteístas, coinciden en otorgar al matrimonio la solemne condición de compromiso por el resto de la vida. Formar una pareja es, entonces, un proyecto que admite arrepentimientos, pero los encara como una alternativa excepcional. Si alguien se casa, conviene que lo tome como una decisión cuyas consecuencias arrastrará hasta el final de sus días, incluso cuando lo hizo desinformado. En el peor de los casos, la muerte lo liberará de la pareja equivocada.

Si uno logra suficiente objetividad para superar el temor a la muerte, de todos modos le queda por delante las amenazas de la vejez, que parecen todavía mayores, porque no siempre conducen al fin: lo postergan, lo vuelven deseable y en ocasiones tardan en concederlo. Envejecer no implica necesariamente madurar.

Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube, las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena. (Ingmar Bergman)

Pelos que se caen, arrugas que aparecen, dolores que no se van: hay aspectos de la rutina que se deterioran como consecuencia de la edad, que se arruinan a pesar de las buenas intenciones de quienes los experimentan, y en ese momento se descubre que no hay manera de reparar. Superar ese proceso en soledad no es una empresa cómoda. Intentarlo en compañía lo vuelve todavía más arduo.

Nadie sabe antes de que le ocurra, cómo envejecerá. Nadie imagina tampoco la vejez de su pareja, ni siquiera cuando la realidad lo obliga a percibir los cambios que llegan. Cuando Jorge Luis Borges imagina la existencia de los inmortales, no los ve disfrutando ese don invalorable para siempre. A cierta edad, aburridos por la reiteración inevitable de experiencias, ellos se suicidan. Para quienes tienen conciencia de su mortalidad y viven eludiendo la muerte que los atrapa al primer descuido, la postergación definitiva de la muerte solo causa horror, porque los obliga a prolongar la espera de algo que preferirían haber ignorado.

El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. /Gabriel García Márquez)

Yang Zhengzhong y Jin Rife

La noticia de los noventa años de matrimonio que celebraron en China, durante el 2012 la pareja de Jin Rifen y Yang Zhengzhong causa una mezcla de asombro y espanto. ¿Por qué tanto tiempo? En Vietnam, la pareja de Nguyen Thi Lan y Huynh Van Lac afirma llevar ochenta y dos años juntos. Del otro lado del planeta, Herbert Fischer y Zelmyra Fischer, norteamericanos, reclaman ochenta y seis años de vida en pareja. La prensa los destaca por lo excepcional de esta situación, como una curiosidad que ni siquiera es digna de ser imitada.

Herbert Fischer y Zelmyra Fischer

¿Cómo puede ser la vida cotidiana entre dos seres humanos, durante casi un siglo compartido? Las nuevas generaciones no logran imaginar una relación que vaya más allá de lo que puede durar el enamoramiento, definible como una embriaguez de la que no se apuesta que logre prolongarse más que un par de años (aunque sería más probable aún que se agote al cabo de unos pocos meses). Hombres y mujeres no tardan en ser víctimas del aburrimiento durante la vida en común y en su búsqueda de algo que atenúe su malestar, suelen poner en riesgo cualquier pareja que hayan consolidado previamente.

Admiro a los hombres que han pasado de los setenta; siempre ofrecen a las mujeres un amor para toda la vida. (Oscar Wilde)

La amenaza de envejecer (“para cada individuo la vejez comporta una degradación que él teme”, dice Beauvoir) tarda hoy mucho más tiempo en concretarse para los seres humanos de los países desarrollados que en los del resto del planeta. La vejez vuelve a separar a ricos y pobres, concediéndoles a los primeros el consuelo de los cosméticos, la medicina y la alternativa de comprar todo lo que no podrían reclamar sin recurrir al dinero /la compañía de una pareja, por ejemplo).

La posibilidad de obtener las atenciones de alguien más joven, sin embargo, queda marcada por la certidumbre de que se trata de una relación venal, basada en la mentira y probablemente dañina para quien debiera disfrutarla porque la financia.

Si me dices que me amarás como un padre, me causarás horror; si pretendes amarme como una amante, no te creeré. En cada joven, vería a un rival preferido. Tu respeto no hará sino sentir mis años; tus caricias me llevarán a abandonarme a los celos más  insensatos. ¿Sabes que una sonrisa tuya podría mostrarme toda la profundidad de mis males, como el rayo de sol que ilumina un abismo. (René de Chateaubriand: Amor y Vejez)

Mildred Jeter y Richard Loving

En la Antigüedad, tener 40 años era ya ser viejo y estar en condiciones de prepararse para la muerte. Para Chateaubriand, en el siglo XIX, la vejez podía ser comparada con un naufragio donde todo lo que se aprecia se pierde. En la actualidad, dos tercios de los mayores de 65 años vive en los países desarrollados y la tendencia de este desequilibrio crece en el futuro inmediato. Las condiciones de existencia de amplios sectores de la sociedad han mejorado al punto que las expectativas de vida suelen duplicar a las vigentes hace un par de siglos. Nace menos gente, allí donde los anticonceptivos se difundieron al mismo tiempo que la incorporación de las mujeres al mundo laboral, pero también mueren menos, como consecuencia de una mejora desigual de las condiciones de vida de la mayoría.

Tal vez se viva sometido a un estrés que resultaba desconocido en otras épocas, al ser obligado a vivir en un ambiente inestable y contaminado, temiendo que nunca se conviertan en realidad las promesas del futuro que lo alimentaron desde los medios (promesas excesivas y por lo tanto inalcanzables), sin el apoyo de creencias que otorguen homogeneidad a los individuos, que los vuelvan ciegos a las decepciones que prodiga la realidad, o prematuramente resignados a lo que sea, pero no puede ignorarse que se vive más tiempo y los más jóvenes viven mejor que los más viejos, percibidos como una carga para sus familias y el resto de la sociedad.

A pesar de todo lo anterior, no hay demasiada simetría entre la vejez (acompañada o solitaria) de la mujer y la del hombre. Si sus trayectorias se parecen tan poco, a pesar de que llegan a relacionarse y complementarse para eludir la soledad y procrear, la vejez acentúa las oposiciones que la sociedad, más que la Naturaleza, ha dispuesto para una y otro, como vienen argumentando las feministas desde hace tiempo.

Casada, su destino [el de la mujer] es ordenado por el de su marido; éste tiene término medio cuatro años más que ella y en él el deseo decrece. O si subsiste, se dirige a mujeres más jóvenes. Sin embargo, a la mujer de edad le es muy difícil tener parejas extramaritales. Gusta todavía menos a los hombres que el hombre viejo a las mujeres. En su caso, la gerontofilia no existe. Un hombre joven puede desear a una mujer lo bastante grande para ser su madre, pero no su abuela. A los ojos de todos, una mujer de 70 años ha cesado de ser un objeto erótico. Los amores venales le son muy difíciles. (Simone de Beauvoir: La Vejez)

 

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