¿ENVEJECER EN PAREJA?


Beauvoir y Sartre

La vejez no es tan mala, si uno considera la alternativa. (Maurice Chevalier)

De acuerdo a la experiencia de Chevalier, que fue el cantante de la eterna sonrisa y no obstante murió solo, octagenario y deprimido, envejercer apenas puede ser mejor que estar muerto. No es una visión placentera, pero eso pasa siempre con la alternativa de sobrevivir y alcanzar una edad avanzada. Casi nadie acepta morir, pero sufrir las humillaciones que depara la vejez en pareja, no es la imagen que la gente suele acuñar. Romeo y Julieta mueren demasiado jóvenes y solo son recordados por el esplendor de la pasión juvenil que no decrece hasta desvanecerse al cabo de no más de cuatro años, de acuerdo a lo que invitan a esperar  los neurólogos. El amor eterno de las canciones sería un imposible, excepto que uno tenga la desgradica de morir pronto.

Cuando Jorge Luis Borges imagina la existencia de los inmortales, no los ve disfrutando ese don invalorable para siempre. A cierta edad, aburridos por la reiteración inevitable de experiencias, ellos se suicidan. Para quienes tienen conciencia de su mortalidad y viven eludiendo la muerte que los atrapa al primer descuido, la postergación definitiva de la muerte solo causa horror.

Yang Zhengzhong y Jin Rifen

Yang Zhengzhong y Jin Rifen

La noticia de los noventa años de matrimonio que celebraron en China, durante el 2012 la pareja de Jin Rifen y Yang Zhengzhong causa una mezcla de asombro y horror. En Vietnam, la pareja de Nguyen Thi Lan y Huynh Van Lac afirma llevar ochenta y dos años juntos. Del otro lado del planeta, Herbert Fischer y Zelmyra Fischer, norteamericanos, reclaman ochenta y seis años en pareja. ¿Cómo puede ser la vida entre dos seres humanos, durante casi un siglo? Las nuevas generaciones no logran imaginar una relación que vaya más allá de lo que puede durar el enamoramiento, una embriaguez de la que no se apuesta que logre prolongarse más que un par de años.

Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir nunca se ajustaron al modelo de pareja romántica, pero uno de los factores más decepcionantes desde esa perspectiva, fue que envejecieron juntos y quedaron sometidos a una serie de experiencias penosas que la mujer, intelectual moderna, no desaprovechó y analizó in extenso en uno de sus libros (La vejez, de 1970).

La amenaza de envejecer (“para cada individuo la vejez comporta una degradación que él teme”, dice Beauvoir) tarda hoy mucho más tiempo en concretarse, cuando se refiere a seres humanos provenientes de los países más desarrollados, mientras que aquellos nacidos en los países más pobres no pueden espera que sus penalidades se prolonguen demasiado.

En la Antigüedad y hasta no hace mucho tiempo, alcanzar los 40 años era la señal de ser bastante viejo. Para René de Chateaubriand, en el siglo XIX, la vejez podía ser comparada con un naufragio. En la actualidad, dos tercios de los mayores de 65 años vive en los países desarrollados y la tendencia de este desequilibrio crece en el futuro inmediato. Las condiciones de existencia de amplios sectores de la sociedad han mejorado al punto que las expectativas de vida suelen duplicar a las vigentes hace un par de siglos. Nace menos gente, allí donde los anticonceptivos se difundieron al mismo tiempo que la incorporación de las mujeres al mundo laboral, pero también mueren menos.

Tal vez se viva sometido a un estrés que resultaba desconocido en otras épocas, en un ambiente inestable y contaminado, temiendo que nunca se conviertan en realidad las promesas del futuro, sin el apoyo de creencias que otorguen homogeneidad a los individuos, pero se vive más tiempo y los más jóvenes viven mejor que los más viejos, percibidos como una carga para sus familias y el resto de la sociedad.

Hacia el 2030, se calcula que una quinta parte de los norteamericanos tendrá más de 65 años (cuatro veces más que en 1990), situación que por un lado puede celebrarse, porque indica un mejoramiento generalizado de las condiciones de vida, a pesar de que en paralelo se convierte en motivo de preocupación para médicos, paramédicos y políticos que se ven superados por los problemas que eso plantea. ¿Qué hacer con toda ese gente que ya no se muere apenas concluida la etapa productiva de la vida, y comienza a ser vista por sus familiares y el Estado como una carga? El político norteamericano Richard Lamm expresó sin tapujos la lógica del sistema: “Los ancianos tienen la obligación de morirse y quitarse del medio”.

Si en el pasado la etapa de la juventud era tan breve y la madurez conducía muy pronto a la muerte irremediable, hoy se enfrenta la paradojal amenaza de continuar en este mundo más tiempo del que disfrutaron las generaciones anteriores, sin saber qué hacer con ese regalo contradictorio. En algunos países, se está alentando la reincorporación de los jubilados a las actividades laborales. Ellos están en condiciones de aportar un formidable caudal de experiencias a las nuevas generaciones, que han estado sometidas a procesos de formación defectuosos, y por el otro pueden aliviar las estrechuras de un sistema provisional que ha demostrado su incapacidad para asegurarles el mantenimiento de las condiciones de vida a las que estaban acostumbrados.

Las parejas que envejecen necesitan cuidados que antes no hacían falta, porque cada uno se ocupaba en gran medida de satisfacer sus necesidades individuales. A partir de cierta edad, la dependencia de otro se vuelve indispensable y depende en ciertos casos del otro miembro de la pareja, de parientes cercanos, de amigos o empleados. Cuidar a un anciano es una tarea difícil y costosa, tanto financiera como emocionalmente.

Estadísticamente se ha comprobado que las mujeres viven más tiempo que los hombres. Ellas son el verdadero sexo fuerte. Al llegar a la ancianidad, son más las viudas que los viudos. Aunque solo sea por diversas enfermedades se encargan de liquidarlos antes, los hombres mueren en compañía de sus mujeres, pero apenas un tercio de ellas viven con sus maridos después de los 65 años.

La participación guerras, el consumo excesivo de alcohol y tabaco, los accidentes y agresiones, se encargan de liquidar tempranamente a los hombres. Según Elizabeth Markson, hacia 1990, en los EEUU, las mujeres mayores superaban a los hombres de la misma edad en una relación de tres a dos, cuando en 1960 era de seis a cinco. Después de los 85 años, había cinco mujeres por cada dos hombres.

Hay situaciones que ponen a prueba la estabilidad de una pareja humana y con cierta frecuencia llegan a destruir la relación, cuando no la vuelven insostenible. La traición amorosa es una de esas situaciones que desarticulan cualquier proyecto de vida con otra persona. ¿Cómo confiar en alguien que miente o esconde? ¿Cómo seguir juntos con aquellos que evidencian tener proyectos personales que excluyen a la pareja?

Quedar a solas, porque los hijos crecieron y formaron sus propias familias, o porque nunca hubo hijos, brinda nuevas posibilidades de comunicación a la pareja. Tal vez se entiendan mejor, sin la interferencia familiar que antes les impedía concentrarse en ellos, pero también puede ocurrir lo contrario, que el aislamiento deje al descubierto los conflictos que antes quedaban ocultos o demorados. Tal vez no se divise nada que justifique permanecer juntos.

Cuando un miembro de la pareja muestra su deterioro mental o físico, el otro suele intervenir para compensarlo por las carencias que pasan a formar parte de su rutina. Lo ayuda a recordar, se ocupa de su higiene y alimentación, completas las tareas que a la pareja se le vuelven cada vez más difíciles de realizar. Esto supone enfrentar la evidencia de que se está perdiendo a la otra persona, a quien se comprometió a amar y acompañar, de la manera más penosa imaginable, no porque esa persona se aleje materialmente, como sucede en las rupturas, de una vez por todas, sino porque poco a poco deja de ser quien fue, quien atrajo lo suficiente como establecer una relación duradera. Sentimientos de enojo, tristeza y frustración se combinan, tal como cuando se sufre la traición de la otra persona. Él o ella no son ya aquellos que prometieron ser, durante la etapa gloriosa pero miope (en buena hora) de la juventud. La otra persona debe alterar su rol tradicional en la pareja, y pasar de la condición de cónyuge a la de enfermero(a). Tendrá que ponerse al servicio de quien se encuentra en peores condiciones. Esa es la prueba más dura que se ofrece al amor de la pareja.

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