RAPTOS: VIOLENCIA INAUGURAL DE LAS PAREJAS


Rapto de las Sabinas

Las mejores intenciones pueden justificar las peores actuaciones humanas. El rapto de mujeres fue una práctica habitual de los pueblos primitivos, gracias a la cual se establecían parejas que estuvieran libres de los riesgos genéticos de un parentesco demasiado próximo. Si alguien decidía formar pareja en el interior de su pequeña comunicad, lo más probable era que terminara casándose con quien debía ser su pariente cercano, situación que no tardó en advertirse como un riesgo de taras genéticas en la descendencia. Lejos de ser considerada una situación violenta que desafiara el orden establecido, el rapto era una actividad que la comunidad aprobaba, para que las parejas no incurrieran en incesto.

Si el matrimonio ha sido entendido tradicionalmente como una comunidad necesaria para la supervivencia de la especie, el rapto indica la presencia del deseo que no atiende a las buenas maneras. En la mitología griega, Zeus, el padre de los dioses, rapta a quien luego convierte en su esposa, la diosa Hera, pero también captura por la fuerza a la ninfa Europa, bajo la forma de un toro, como seduce a Antíope adoptando la apariencia de un sátiro. Para raptar al joven pastor Ganímedes, Zeus adquiere la apariencia de un águila capaz de llevar a su presa al cielo. Antes, Poseidón, rey del océano, había raptado al joven Pélope con parecidos propósitos.

Novia moderna cruzando umbral

Si Zeus no tiene que raptar a Danae, es porque la engaña presentándose como una lluvia de monedas de oro, que la convencen de recibirlo entre sus piernas. Para Plutarco, que intenta justificar un comportamiento divino que no se aceptaría entre los mortales, los raptos de los dioses griegos no hubieran sido posibles sin la aprobación de las víctimas. De hecho, en Esparta el rapto era prescrito por el ceremonial de las bodas.

El simulacro incluía que el hombre huyera con la novia en brazos, una costumbre que persiste en muchos países de Occidente para los recién casados, aunque se encuentre desprovista del significado original: el hombre alza a la mujer y cruza con ella el umbral simbólico que separa la soltería de la vida en pareja. En el mundo antiguo, esto iba acompañado por gritos y gestos de resistencia de la mujer (fingidos, pero evocadores de una violencia no demasiado lejana).

Bernini: Rapto de Perséfone

Hades, el dios del inframundo, rapta a la ninfa Perséfone, con el consentimiento de Zeus. Esta es una imagen bastante oscura del matrimonio. La mujer abandona el ámbito familiar para entregarse a lo desconocido que teme, porque ha sido criada lejos del contacto con los hombres.

¿Por qué imaginar raptos donde las mujeres son las únicas víctimas? Las amazonas eran guerreras que raptaban a hombres en sus correrías, los utilizaban como sementales y luego los mataban, mutilaban o reducían a la esclavitud. El rapto instalaba una lógica del poder que la relación posterior no podía perturbar. El raptor (la raptora) no entregaba nunca el mando. La pareja que se establecía con fines reproductivos, no alteraba la desigualdad inicial.

Hay raptos funestos por sus consecuencias. Cuando Layo se enamora de Crísipo, joven príncipe, hijo del rey Pélope, que le han confiado para que lo eduque, lo rapta y lo viola, motivando el suicidio del adolescente y la maldición de los dioses. Si Layo tenía hijos, ellos habrían de matarlo. A pesar de las precauciones que toma Layo con su pareja, Yocasta, para evitar cualquier contacto sexual que derive en un embarazo, durante una borrachera provocado por la mujer, engendra a Edipo, personaje cuya historia funesta de parricidio e incesto se completa una generación más tarde, cuando todos los miembros de la familia condenada han muerto.

Teseo rapta a la amazona Antíope, que pare un hijo, Hipólito, quien despierta la pasión prohibida de Fedra, la esposa de su padre, una situación que de nuevo acarrea la muerte a todos los involucrados.

Cuando la bella Helena encuentra a Paris, el hombre no toma en cuenta la condición de mujer casada con Menelao. De este acto inaceptable para los principios de los hombres y los dioses,  surgen las hostilidades que se prolongan durante el decenio que dura la Guerra de Troya. La posibilidad de que se tratara de un rapto (por lo que suele representárselos como un hombre que sujeta a la mujer por la muñeca),  y no de un acuerdo entre los amantes, permite que el honor de Helena quede a salvo, a pesar de los muchos años que ha convivido con Paris, por lo que regresa a su marido tras la derrota de los troyanos.

P.P. Rubens: Rapto de las Sabinas

En los orígenes de Roma, Rómulo, fundador mítico de la ciudad, que en su etapa inicial solo contaba con hombres, decidió poblarla mediante el rapto sistematizado de mujeres de los pueblos vecinos, durante una fiesta ofrecida en honor del dios Neptuno. En medio de la libaciones, mataron a los hombres y secuestran a las mujeres. Cuando los padres y maridos que habían sobrevivido intentaron rescatarlas, ellas deuvieron la guerra que parecía inevitable informándoles que no estaban dispuestas a incrementar el número de las huérfanas o viudas, según cuenta Tito Livio. Por lo tanto, validaron la violencia y pasaron a comportarse como fieles esposas de sus agresores.

Las unas [se refiere a las Sabinas raptadas por Rómulo y sus hombres] se arrancan los cabellos, las otras pierden el sentido, éstas guardan un sombrío silencio, aquéllas llaman a sus madres, quiénes se lamentan, quiénes quedan embargadas de estupor, algunas permanecen inmóviles y no pocas se dan a la fuga. Las doncellas robadas, presa ofrecida al dios Genio, desaparecen de allí y el temor multiplicó en muchas los naturales encantos. Si alguna se resiste tenaz a seguir al raptor, éste la coge en brazos, y estrechándola contra el ávido seno, la consuela con tales palabras: “¿Por qué enturbias con el llanto tus lindos ojos? Aquello que tu padre es para tu madre, eso seré yo para ti”. (Ovidio: El Arte de Amar)

Grandes pintores, como Rubens, Poussin, David y Picasso, escultores como Juan de Bolonia, han representado el momento en que la fiesta de los romanos se convierte en rapto y asesinato colectivos. Es una imagen que se repite a través del tiempo y de ningún modo resulta repulsiva para los observadores, porque combina la representación de raptores viriles y víctimas semidesnudas, incapaces de torcer su destino. ¿Qué tipo de pareja puede fundarse a partir de una imposición de la fuerza masculina y la negación de que la mujer pueda controlar su vida? Una en la que a pesar del engaño y la agresión del comienzo, todo promete conducir a un final feliz.

Para los romanos, si la mujer que había sido raptada estaba de acuerdo con el raptor, el matrimonio era permitido. El Emperador Constantino prohibió ese final feliz tras la violencia, en el siglo IV, y la medida fue reforzada en el siglo VI por Justiniano, que estableció la pena de muerte para los raptores y la confiscación de todos sus bienes. Los padres de la raptada podían matar al raptor, si lo sorprendían in fraganti.

Entre los pueblos germánicos, en cambio, el rapto de mujeres se compensaba con dinero o regalos entregados por el raptor a las familias de las víctimas. Antes del siglo IX de nuestra era, el rapto dejó de ser considerado un impedimento para el matrimonio en Europa. La iglesia católica prefirió considerar válidos aquellos raptos que las víctimas hubieran consentido. Cómo determinar que eso era cierto, gracias a la declaración de una mujer a la que de todos modos le estaba negado regresar al estado previo, o por el testimonio de un hombre a quien no le convenía inculparse, es cosa que cuesta entender.

El rapto de la novia era un procedimiento que permitía acelerar la boda, evitando los onerosos trámites del noviazgo tradicional, que requerían tiempo y capitales considerables. Una vez consumado el rapto, la preocupación de los parientes era normalizar la trasgresión, mediante atajos de otro modo impensables.

Tradicionalmente, la mujer raptada no podía volver a su grupo de origen. Bien o mal, quedaba incorporada al grupo del hombre que había tomado posesión de su cuerpo y su voluntad. Cuando la azteca Malinche fue entregada junto con otras mujeres jóvenes a los invasores españoles que habían llegado a México a comienzos del siglo XVI, no tardó en aprender la lengua de los extranjeros, con el objeto de servir de intérprete a su pareja, Hernán Cortés, con quien compartía la cama y se había convertido en un valioso auxiliar de sus operaciones militares.

Ningún sentimiento de lealtad a su pueblo parece haber quedado en pie. Malinche se sometió a las decisiones de su pareja, una situación que no comprometía ninguna reciprocidad de parte de él. Cuando Cortés la abandonó tras haberse apoderado de México y engendrado un par de hijos mestizos con ella, Malinche encontró a Juan Jaramillo, otro español de menor rango, que la convirtió en su pareja. El modelo suministrado Malinche a las parejas mestizas que se multiplicaron por el continente americano, es uno desigual a más no poder, en el que la mujer demuestra que no podría vivir sin el hombre que la ha elegido, por lo que sacrifica cualquier cosa a la relación, mientras que el hombre utiliza esa entrega incondicional en su exclusivo beneficio.

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