CELESTINAS, CHAPERONAS Y CASAMENTERAS


 

Lorenzo Lotto: Micer Marsilio y su esposa

Es forzoso al hombre amar a la mujer y la mujer al hombre. (…) El que verdaderamente ama es necesario que se turbe con la dulzura del soberano deleite, que por el Hacedor de las cosas fue puesto, porque el linaje de los hombres perpetuase. (Fernando de Rojas: La Celestina)

Hombres y mujeres tienden a formar parejas sexuales, rara vez tríos o grupos más extensos, incapaces de contener el impulso de sus hormonas para dedicarse a una vida de privaciones en nombre de un objetivo superior, como plantea la mayor parte de los cultos religiosos y proyectos políticos. Por un lado son alentados (incluso conminados) por la sociedad a formar parejas estables, y al mismo tiempo que se les ponen obstáculos de todo tipo, destinados a impedir la concreción de esos impulsos, como ha quedado expresado de manera insuperable en Le Chien Andalou, el cortometraje de Luis Buñuel y Salvador Dalí. Los dos posibles amantes se desean, se convocan, se dirigen el uno hacia el otro, intentan superar la rémora del pasado, pero no llegan a encontrarse.

Raros son los ejemplos de culturas en las que el amor libre se acepta (por ejemplo, los primeros años de la Unión Soviética o las comunas hippies, medio siglo más tarde). En esos espacios restringidos, los individuos se reúnen o separan fluidamente, de acuerdo a la variación del capricho y el atractivo sexual de los participantes. Las hormonas no suelen fundamentar relaciones sólidas ni duraderas, que es lo fundamental desde la perspectiva de las instituciones. Por lo tanto, hombres y mujeres deben superar las barreras en ocasiones odiosas, que se les plantean desde las instituciones, para dificultar el cumplimiento de algo que continúa siendo un deber.

Cuando se trata de armar parejas, la intermediación femenina se vuelve insustituible para la cultura tradicional. Puede ser que se desconfíe de la idoneidad de las mujeres en las tareas del gobierno, los negocios o el culto, que se consideran demasiado serios y difíciles de controlar. Para compensarlas de tanta represión, se les otorga el dominio de los asuntos domésticos, porque los hombres no son de confiar, cada vez que se les pone cerca de jóvenes solteras, cuyo honor debería preservarse para el matrimonio. Ellas no pueden circular demasiado en busca de marido, porque la simple exposición las devalúa, como pensaban los griegos de la Antigüedad o los musulmanes de todas las épocas.

Al finalizar el Medioevo, La Celestina, protagonista de la obra de Fernando de Rojas, es denigrada de muchas formas por quienes la conocen e incluso por quienes utilizan sus servicios. Se la llama hechicera, sagaz en maldades, astuta, alcahueta, componedora de miles de virgos, comadrona, abortista, trotaconventos, maestra de maquillajes. Vive de explotar a mujeres deshonestas, que venden sus favores, y entrega sin miramientos a mujeres honestas, como se demuestra en la historia de Calixto y Melibea. Ella corrompe todo lo que toca, tiene como interlocutor al Diablo. En oposición a las chaperonas, pierde a cualquier mujer que se le acerque. No tienen al matrimonio como meta, sin el placer inmediato de las parejas. Consecuencia demorada de sus actos es la muerte y la condenación eterna, qué duda cabe, pero en una cultura tan restrictiva eso no parece suficiente para detener a quienes sienten la urgencia del sexo. Aunque no puede quitársele responsabilidad, surge la sospecha de que se trata de un chivo expiatorio más, para delegar sobre su figura femenina, como sucede con la figura bíblica de Eva, la responsabilidad de todas las penurias sufridas por los seres humanos. Acusada de pactar con el Diablo, marcada previamente por una cuchillada en la cara, Celestina debería terminar en la hoguera de la Santa Inquisición.

Si las mujeres quieren conocer hombres (o hacer que los hombres solteros se interesen en su existencia y las libren de la vergüenza de quedar sin marido), tendrán que recurrir a los servicios de especialistas femeninas, que por su condición social desprotegida o su edad madura, no corren tantos peligros de sufrir el abuso masculino.

La chaperona o acompañante femenina, era quien impedía que las parejas heterosexuales se quedaran a solas, una situación que de acuerdo a la visión tradicional conducía inevitablemente al deshonor de de la mujer. Imposible hacerse ilusiones respecto de los hombres, porque se los consideraba depredadores compulsivos. Bastaba que una mujer hubiera quedado expuesta a la vecindad de un hombre en una habitación cerrada, a pocos metros del resto de la familia, en el zaguán de la casa familiar, en una calle o plaza poco iluminada, en la última fila de una sala de cine, en el interior de un auto sin luces, para que se diera por hecho el contacto sexual entre ambos. La chaperona experimentada (y no cualquier hermana menor, cuya complicidad pudiera ser comprada con algunas golosinas) acompañaba a las parejas durante noviazgo, un proceso de acercamiento y contención que podía insumir varios años, durante los cuales se suponía que la pareja llegaba a conocerse bien, aunque lo más probable era que todo se redujera a diálogos rutinarios, pequeños regalos intercambiados y preparativos interminables de ropas y vajilla para el matrimonio.

Lorenzo Lotto: Retrato de pareja

La familia de la novia estaba representada en esta etapa por la chaperona. Ella recordaba a la futura pareja los límites que les habían sido impuestos por la opinión dominante: los días y horas de visitas, el lugar, la iluminación y el mobiliario que iban a utilizar los novios. No podían acercarse demasiado, aunque compartieran el mismo asiento. Durante el siglo XIX y comienzos del XX, se utilizaba en esos casos el vis-a-vis, un liviano sillón para dos, que obliga a sentarse a cada uno de sus ocupantes en la dirección opuesta, aunque queden de lado (y puedan besarse cómodamente).

Gran parte de la intimidad de la pareja quedaba postergada a momentos tales como la recepción y despedida, que ocurrían en la tierra de nadie de la entrada a la casa de la novia. Allí se daban los besos, los toqueteos, hasta la actividad sexual, en el zaguán o el umbral o antejardín, situaciones precarias, breves y con peligro de que la tan buscada intimidad quedara al descubierto.

La casamentera cumplía un rol fundamental en la sociedad americana, poco después de la conquista española, que había sido efectuada por una mayoría de hombres solteros. En México, de acuerdo a la descripción de Fray Bernardino de Sahagún, las normas tan estrictas del pudor impedían a las jóvenes decir que sí querían casarse. De allí que la intermediaria fuera fundamental para evitar que se quedara soltera.

La shadjente judía era (es todavía) una mujer casada, madura, conocedora de su comunidad, que intentaba no dejar a nadie sin su pareja y era recompensada por la tarea, que tiene tanta importancia para la preservación de la fe. La comedia musical Hello, Dolly!, basada en una pieza teatral de Thorton Wilder (The Matchmaker) convierte a la casamentera en protagonista: ella es una pequeña empresaria que se desplaza por el laberinto de la diáspora, haciendo y deshaciendo parejas, mientras busca una para sí misma.

Entre los musulmanes, la khattaba tenía las mismas características y función. No parece casual la relación directa que se da entre culturas que impiden la libre circulación de las mujeres y la proliferación de casamenteras que intentan superar ese obstáculo.

Se afirma que las casamenteras musulmanas olían a las posibles miembros de una pareja, para averiguar si eran compatibles o no. El método puede parecer primitivo, pero se corresponde con investigaciones actuales. Dos personas que huelen distinto, poseen sistemas inmunológicos diferentes, circunstancia que anuncia para sus descendientes un sistema inmunológico más resistente a una serie de enfermedades.

En el Medioevo, la diferencia entre celestina y casamentera no es mucha. Dado el enclaustramiento de las mujeres, se recurre a intermediarias que reúnan a las parejas; en el primer caso, de manera clandestina y condenada por la opinión de la comunidad, en el segundo de manera pública y reconocida. Mientras la celestina se encuentra al servicio de los hombres que pagan sus servicios, la casamentera sirve a las familias acomodadas.

En la actualidad, los gobiernos locales de Japón, deseosos de detener la baja constante de la tasa de fertilidad nacional, emplean a mujeres que recorren las casas de sus vecinos para averiguar la existencia de hombres solteros. Ellas organizan fiestas destinadas a poner en contacto a hombres y mujeres que de otro modo, por el aislamiento que se ha revelado como una característica temible de la modernidad, continuarían cada uno por su lado.

Internet ha llegado también para relacionar a solitarios, desde los chats innumerables que permiten diálogos desinhibidos entre solitarios, a los servicios de las empresas on line, que ofrecen organizar todo tipo de parejas.

En un país islámico como Egipto, las agencias matrimoniales anuncian sus servicios en la prensa.

El teatro Metropolitan de New York ofrece un combo (paquete) para solteros, que incluye entradas para la ópera y tickets para una fiesta posterior, donde los asistentes pueden alternar en busca de pareja que posea los mismos intereses.

La Cruz Roja norteamericana ha organizado grupos de dadores de sangre… que sirven también para que probables parejas se conozcan. En California, una casamentera que utiliza el seudónimo de Orly, afirma haber reunido a cien mil parejas (que la habrían recompensado por sus servicios, con cantidades que oscilan entre los U$ 10.000 a 100.000. La mediadora se incorpora a una industria en la que participan los wedding planners, los proveedores de cattering, los fabricantes de vestuario, adornos florales, instalaciones festivas, etc.

 

2 respuestas a CELESTINAS, CHAPERONAS Y CASAMENTERAS

  1. En las ocasiones que intento emplear un conjuro algunas veces
    funciona parcialmente. ¿Existe riesgo de sufrir algun tipo de efecto
    negativo?

    • oscar garaycochea dice:

      ¿Te has tomado en serio a Harry Potter? Concéntrate en tus poderes efectivos, como los del trabajo y el estudio. Suelen ser más confiables que la magia.

      OG

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