JUNTOS HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE


Boda de comienzos de siglo XX

Siempre hay parejas que prometen delante de instituciones tan dignas de respeto como la Iglesia y el Estado, sinceramente convencidos de sus afirmaciones, que a partir de ese momento van a continuar juntos, pase lo que pase. Al mismo tiempo, es un hecho que en muchos países el porcentaje de parejas que se casan ha estado reduciéndose durante las dos últimas generaciones. La gente se une, cada vez más temprano, prueba si la vida en pareja les conviene, al margen de las instituciones que reglamentan esos asuntos, sea porque desconfía de la flexibilidad de las instituciones (el Estado, la Iglesia) para facilitar la separación, o de ellos mismos para adaptarse a los obstáculos de una relación.

En los EEUU, las mujeres de menos de 30 años que permanecen solteras, casi se han cuadruplicado en medio siglo, y no es porque hayan optado por el celibato, sino porque no consideran necesario casarse. Si las mujeres británicas iniciaban a mediados del siglo XX la vida sexual a los 21 año, cuarenta años más tarde lo hacía a los 16. Solo la mitad de parejas norteamericanas con hijos se encuentran casadas en la actualidad, mientras que en 1970 superaban el 75%. Se considera que a partir de los años ´70 se inició una progresiva declinación del matrimonio en Europa y América.

Boda china

Mientras que en Asia el matrimonio es casi universal a comienzos del siglo XXI, la cohabitación sin matrimonio se acerca al 30% de las parejas en Dinamarca y Suecia, un porcentaje similar al que se da en Brasil, y una cifra superior se da en Perú, Cuba, Guatemala y sobre todo Colombia. En el sudeste de Asia, la convivencia fuera del matrimonio existe, pero se la considera una transición que conduce al matrimonio. En la cultura tradicional china, la separación de las parejas era negada incluso después de la muerte, porque la viuda se suicidaba para demostrar su lealtad inquebrantable al esposo muerto. Las concubinas del Emperador podían ser enterradas vivas, junto con sus muebles, armas y adornos. Ni la muerte debía ser capaz de quebrar una relación.

Desde la perspectiva del cristianismo, no hay separación aceptable de la promesa hecha ante Dios, excepto aquella escapada que suministra la muerte de alguno de los miembros de la pareja, y entonces sobreviene para quien queda vivo, un duelo prolongado antes de que se le reconozca el derecho de rehacer la existencia. El ritual del duelo cristiano incluía la prolongada reclusión del cónyuge sobreviviente, cuando se trataba de la mujer. El proyecto de establecer parejas que encaran su relación como una experiencia que a pesar de la buena voluntad pueden fallar, y en tal caso deberían estar dispuestas a rectificar, para eludir el sufrimiento de sus integrantes, no se corresponde con la visión tradicional del catolicismo.

Toda unión carnal entre hombre y mujer tiene (…) su legítimo lugar solo dentro del recinto de fidelidad personal, exclusiva y definitiva, en el matrimonio (,,,). No se puede vivir solamente a prueba (…). No se puede amar solo a prueba, aceptar a una persona solo a prueba y por un tiempo determinado. (Juan Pablo II)

Aquellos que aceptan la fórmula “Hasta que la muerte los separe”, saben (tal vez no) que manifiestan una expectativa desmesurada y no por ello menos plausible en algún momento de euforia, sobre todo al comienzo de la relación, cuando el enamoramiento impide razonar a quienes lo experimentan. Los contrayentes apuestan por la posibilidad de ligarse para siempre a esa otra persona que los ha cautivado, confían en que van a sobrellevar en su compañía, tanto los buenos momentos como la adversidad que les depare la vida, aunque solo sea porque resulta más temible imaginarse las mismas circunstancias en soledad.

Una decisión como esa lleva a tolerar la infinidad de desengaños grandes y pequeños que plantea la rutina del matrimonio. Pase lo que pase, la convivencia de la pareja estaría en otro plano, que requiere de constantes sacrificios para ser preservado. La infidelidad es un riesgo que se desafía, a pesar de que suele revelarse como el cáncer de la relaciones de pareja.

Por miserable y desesperada, por dolorosa e insoportable que sea la situación conyugal y la convivencia familiar, sus miembros están obligados ideológicamente a justificarla tanto hacia dentro como hacia fuera. Por necesidad social se coloca una máscara en el rostro de la miseria y, para idealizar la familia y el matrimonio, se saca de la manga el sentimentalismo familiar omnipresente (…) de puerto tranquilo que, según se dice, es la familia para los niños. (Wilhelm Reich: La familia autoritaria como aparato de educación)

Boda medieval

Los seres humanos tienden a prometer más de lo que luego descubren que son capaces de cumplir. No solo se trata de buenos deseos irresponsables, sino de normas de las instituciones más respetables que intentan poner bajo su control las circunstancias menos controlables, como la satisfacción o insatisfacción de la gente respecto de su vida cotidiana. ¿Cuántas parejas de las que prometen amor y fidelidad, descubren en la práctica que se encontraban a la altura del compromiso? Muchas, sin duda. No todas. ¿Cuál es el precio que pagan aquellos que continúan juntos? Pocos son los países que no ofrecen la alternativa del divorcio para los mal avenidos.

En 1327, el rey Edward II de Inglaterra fue asesinado de una manera atroz (empalado con una espada al rojo vivo) mientras estaba en prisión, por orden de Isabel de Francia, su legítima esposa, de la que estaba separado, tras haber sido obligado a abdicar a favor de uno de los hijos que había tenido con ella. Edgard fue proclamado rey en 1308. Tras una negociación que duró una década, se le asignó como esposa a Isabel de Francia, hija de Felipe el Hermoso y conocida luego por los ingleses como La Loba. De este matrimonio nacieron dos hijos y dos hijas. Edgard tuvo que luchar combatir varias sublevaciones inspiradas por su propia esposa. El motivo de tanto encono era la conducta licenciosa del rey, que había tenido dos parejas masculinas. La primera relación duró una década e involucraba a Piers Gaveston. Tras la muerte de Gaveston, en 1313, Edward encontró a Hugh Despenser y lo convirtió en su consejero personal. La situación no pasó desapercibida para Isabel, que se alió con los nobles, con Roger Mortimer, su amante, con el Papa Juan XXII, para lograr la derrota y muerte del marido que la avergonzaba. El crimen era por entonces preferible al divorcio.

El ritual cristiano del matrimonio puede resultar amenazante para los oídos contemporáneos. Las parejas se comprometen ante Dios y la comunidad a compartir tanto las bondades como las dificultades de su relación, hasta que la muerte los libere del vínculo. Eso no indicaba mucho tiempo en el pasado, cuando las expectativas de vida eran aproximadamente la mitad de lo que hoy se calcula. La gente moría a los cuarenta años, víctima de enfermedades y pésimas condiciones ambientales, por lo que prometían mantenerse juntos hasta que los hijos llegaran a la adultez y pudieran valerse por sí mismos.

Boda musulmana

De la madurez a la decrepitud no había mucho trecho en la sociedad tradicional. Los seres humanos perdían muy pronto el encanto de la juventud, y por lo tanto se apresuraban para disfrutar las escasas oportunidades que la vida les brindaba para ser felices, sin esperar que la tecnología y la ciencia prolongaran su permanencia en el mundo. En oposición a eso, la concepción actual de una vida que se prolonga cómodamente, más allá de los años juveniles, quiebra esa resignación, para plantear expectativas desmedidas. Hoy se cree que el goce de la vida debería extenderse más allá de la madurez. Desde un horizonte como ese, las promesas matrimoniales adquieren una responsabilidad y un aspecto opresivo que no se sabe muy bien cómo afrontar.

Cuesta creer que se pueda ser parejamente feliz durante medio siglo o más de vida en común, con alguien que en algún momento resultó sexualmente atractivo(a). Para muchos, la posibilidad de que cuando se sufren apremios y dificultades, puedan contar con alguien que ha prometido mantenerse cerca de su pareja, con el propósito de suministrar ayuda y compañía, se convierte en un consuelo que los alienta a afrontar con no tantos temores el futuro.

Yo he visto cómo los dos estabais destinados a uniros; y si alguna vez me ha parecido que Dios había criado a dos personas para unirlas con un vínculo santo, erais y sois vosotros. (Alessandro Manzoni: Los novios)

NOTA: lector(a), anota tus experiencias y opiniones sobre el tema, a continuación, utilizando el recuadro que sigue a este artículo. No es improbable que tengas algo que decir, aunque no acostumbres a hacerlo por escrito. Solo es cosa de intentarlo. O.G.

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