LANCELOT, ELAINE, GINEBRA Y ARTURO


Walter Crane: Lancelot y Arturo

En la literatura del Medioevo cristiano, las parejas que más atractivas resultan para los contemporáneos, son aquellas que involuntariamente, víctimas de algún hechizo o cegadas por la pasión amorosa, se ponen al margen de las convenciones sociales, y en lugar de suspirar por aquellos a quienes aman y sin embargo renuncian, se dedican de convertir en realidad sus deseos eróticos. Aunque de algún modo son héroes admirados por aquellos que conocen su historia, quedan simultáneamente marcados como réprobos. Lejos de permanecer impunes, sus actos reciben un castigo proporcional a las faltas que cometieron.

Tristán e Iseo disfrutan un amor compartido, al precio de incurrir en una traición a la confianza que depositó en ellos el prometido de la mujer. Es una pareja que no puede ser aceptada por los cánones morales de la sociedad medieval. Tampoco Abelardo y Eloísa pueden estar juntos, ni siquiera para continuar sus búsquedas intelectuales, dado el peso de la opinión dominante, que no perdona a un sacerdote renunciar a sus votos de celibato, como no le perdona a una mujer pretender convertirse en intelectual. La castración del hombre no se considera una crueldad innecesaria, sino un recordatorio de lo que se esperaba y pese a todo, se exige de él.

El legendario Lancelot es otro de los desdichados: está enamorado de Ginebra, una mujer que no puede corresponderle, porque ella no está libre, como tampoco él, porque es la esposa de otro hombre, Arturo, nada menos que el rey a quien Lancelot ha prometido servir.  La fidelidad al monarca y el respeto de la moral cristiana, deberían estar por encima de cualquier deseo impropio de la pareja.

Aunque lo anterior parece definir un esquema demasiado rígido y moralista, incluso didáctico, nada impide que la historia contenga alternativas que le permiten extenderse en episodios inesperados, atractivos, para retener durante más tiempo la atención de los lectores. Ginebra pertenece a una clase social que se encuentra por encima de aquella de Lancelot. Él puede responsabilizarse de hazañas que no comprometen la gratitud de la mujer, tal como su rescato del secuestro al que la someten los enemigos de Arturo, aunque no por ello la obligan a corresponderle físicamente. Ella es su señora, su dueña, que reclama la fidelidad de su servidor y no concede nada a cambio, excepto la alternativa de suspirar en vano por poseerla.

El rey Arturo es en la literatura medieval de Inglaterra y Francia, el paradigma del monarca justo, valiente y cristiano (sus cualidades son tantas, que lo convierten en un personaje demasiado improbable, fuera de los cuentos de hadas). Tal vez la figura histórica que lo inspiró haya vivido a comienzos del siglo VI, como se afirma en la actualidad, pero no llegó a ser un rey. Desde el siglo XII aparece mencionado en numerosas leyendas anónimas y textos posteriores de autores conocidos (Geoffrey de Monmouth, Chrétien de Troyes), como el fundador de un imperio que abarcaba a las islas británicas.

Algo mancha sin embargo la perfección del héroe y anuncia su caída. De acuerdo a la leyenda, Arturo se acuesta en algún momento con su hermana Morgana, desconociendo la identidad de la mujer, y engendra a Mordred, el hijo malvado que en el futuro precipitará el conflicto con Lancelot y Ginebra y habrá de dar muerte a su padre.

Arturo se establece como rey, se casa por interés (como era de rigor en la época) con la joven Ginebra, funda la Orden de la Mesa Redonda, que reúne a los caballeros dispuestos a rescatar el santo Grial, la copa usada por Jesús en la Última Cena, que se encuentra en poder de los infieles.

Al establecimiento de la orden caballeresca siguen doce años de paz en Inglaterra, que terminan con un hecho al parecer inocente: la llegada del adolescente Lancelot a la corte. Él es más joven y más atractivo que Arturo. No ha conocido mujer, como exige el rescate del Grial.

Lancelot y Ginebra se enamoran en circunstancias parecidas a las de Tristán e Iseo: Arturo envía al caballero en busca de su prometida, y ambos no pueden evitar sentirse atraídos el uno por el otro durante el viaje. Si bien la pasión de ambos no llega a concretarse en ese momento, de todos modos el mero pensamiento impuro se convierte en un obstáculo para la búsqueda del Grial por Lancelot.

Al ser víctima de la pasión, él ha dejado de ser el hombre puro que hubiera podido cumplir la misión que justificaba su vida. Lo que sigue es su caída o (si se prefiere) el castigo que acarrea su falta: la muerte de Arturo y la destrucción de Camelot.

La imagen de Ginebra cambia con el tiempo y los autores que la describen, cada vez más conscientes del rol que las mujeres asumen en algunas cortes medievales. Ginebra pasa de ser una mujer odiosa, responsable de engañar a su marido y destruir un reino, a la condición de víctima de circunstancias que ella no entiende ni controla. De todos modos, la carencia de hijos indica que ha sido castigada por Dios, por el solo hecho de haber distraído a Lancelot de su misión.

Las circunstancias en las que Lancelot pierde la virginidad, no son las más triviales. Pasa la noche en el castillo de Corbenic, donde se encuentra guardado el cáliz, y a pesar de ello no puede resistir los encantos de Elaine de Shalot, la hija del rey, que recurre a la magia (las artes del diablo que domina Morgana), para asumir las apariencias de Ginebra y acostarse con él.

Admirable es la vecindad que establece el mito entre el fin de la búsqueda de tantos caballeros (no solo de Lancelot) y su frustración por causa de la libre expresión de la incontenible sexualidad del personaje. Para la ideología del Medioevo, los actos más privados y naturales de un individuo, se convierten en un terrible daño causado al resto de la cristiandad. La pareja humana no puede quedar librada a sus impulsos. Cuando se abandona a ellos, como excepción a una vida controlada por el deber, comete un error imperdonable, que habrá de pagar la pareja y afectará a los demás.

A pesar de una responsabilidad tan estricta, de la unión pasajera de Elaine y Lancelot nace Galahad, el mismo caballero que años más tarde habrá de recuperar el sagrado Grial. Otra consecuencia de esta pareja ideal, es el enojo de Ginebra, quien considera que las promesas de fidelidad de su enamorado fueron rotas por el matrimonio.

Cuando Ginebra es tomada prisionera por Meleagant, esta circunstancia faculta a Lancelot para salir en su búsqueda, en lugar de que su marido, Arturo, se encargue de la tarea. Entre las difíciles pruebas que Lancelot debe superar y hoy nos cuesta entender en su complejo significado, se encuentra montarse en un carro, a pesar de haber sido armado caballero, por lo que considera una humillación condescender al empleo de un medio de transporte propio de campesinos y comerciantes.

Ginebra y Lancelot

Mordred se entera del amor de Lancelot y Ginebra, lo denuncia ante Arturo, que se ve obligado a condenar a muerte a la reina y expulsar del reino al caballero. Ella debe ser sometida a la ordalía o juicio de Dios, que consiste en quemarla para averiguar si sobrevive para demostrar que es inocente. Lancelot secuestra a la reina, ambos huyen a Francia, donde disfrutan su pasión adúltera, a pesar de lo cual tiene que devolvérsela a Arturo. En otras versiones, el mundo idealizado de Camelot se destruye. Los caballeros luchan unos contra otros, Arturo muere, Ginebra se encierra en un convento, Lancelot vive en el exilio, convertido en un monje ermitaño.

Tal como sucedía con Tristán e Iseo, la pareja de enamorados incluye más de dos participantes. Arturo por un lado, Elaine por el otro, reclaman paralelamente a Ginebra y Lancelot, que los han desdeñado, a pesar de que son sus cónyuges  y deberían corresponderles. La senilidad de Arturo y las malas artes (mágicas) que utiliza Elaine para convertirse en esposa del hombre que ama, no justifican de ningún modo que los adúlteros los releguen a segundo plano, como simples espectadores de la pasión ajena. Ellos, los ofendidos, representan la opinión dominante.

 El revisionismo de Marion Zimmer Bradley, tal como se plantea en la novela The Mists of Avalon, resulta demasiado forzado por la sensibilidad feminista de fines del siglo XX. ¿Cómo creer en una Ginebra tan preocupada por la necesidad de tener un hijo que facilite la sucesión de la corona, que acepte compartir el lecho con Arturo y Lancelot, de acuerdo a un plan elaborado por el marido y obedecido sin chistar por el caballero? ¿Dónde quedan los conflictos del honor y el deber que antes desgarraban a esas figuras? De pronto, los personajes arcaicos, se han vuelto el centro de un video pornográfico de la actualidad. Antes que la nueva perspectiva de un mito milenario, es un anacronismo que atrae por lo irreverente y se derrumba solo.

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