MUJERES ENCLAUSTRADAS Y HOMBRES LIBERADORES


Es una sensación muy extraña que todo funcione sin ti y que haya nadie para rescatarte. El secuestrador me decía que yo no le importaba a nadie, y que ya era una persona muerta. (Natascha Kampusch)

Natascha Kampusch

En 1996, la joven Natascha Kampusch escapó del encierro en que la había mantenido Wolfgang Prikopil, su raptor durante ocho años, que la fotografió y grabó en video para vender el material en el mercado de pornografía sadomasoquista de Viena. En 2008, fue descubierto en Austria otro hombre que había encerrado a su hija, durante más de veinte años, en un refugio subterráneo, lugar en el que ella fue abusada sexualmente y parió seis hijos. Por la misma época, en la India, descubrieron a una mujer de treinta años que había pasado ocho años encerrada en una cabaña por sus padres. En septiembre de 2009, en Estambul, aparecieron nueve mujeres que habían aceptado participar en una presunta versión femenina del reality show Gran Hermano que duró varios meses, durante los cuales sus imágenes fueron registradas y difundidas por Internet. Por el mismo tiempo, en Carmen de Areco, Argentina, hallaron a cinco mujeres jóvenes encerradas en cubículos del sótano de un cabaret donde las obligaban a prostituirse. En abril de 2010, en México apareció una mujer que habría permanecido encerrada por sus padres veinte años, desde que comenzó su adolescencia, probablemente para ocultar (o facilitar) una agresión incestuosa. En julio de 2010, la prensa española contó la historia de una esposa gallega que cayó de un balcón y murió al intentar escapar del departamento donde su pareja la mantenía encerrada.

Cuando la búsqueda de antecedentes comienza, se advierte que abundan los enclaustramientos de mujeres, destinados a facilitar la sumisión a un hombre que de otro modo no estaría en condiciones de reclamarla como su pareja. Se trata de situaciones que se dan en las culturas y épocas más opuestas.

Una de las fantasías masculinas persistentes, es la de encerrar por un tiempo indeterminado a una mujer a la que se considera deseable (a muchas mujeres, si eso fuera posible, como sucede en la institución harén) para evitar el riesgo del contacto con cualquier otro hombre. Directamente conectada con la fantasía anterior se encuentra esta  otra: la de rescatar a la deseable mujer que fue encerrada injustamente por otro hombre, con el objeto de reservarla para su disfrute personal. En esta fantasía, lejos de hacer algo para liberarse de la restricción que sufre, ella aguarda pacientemente la llegada del héroe masculino decidido a liberarla.

Ambas historias confirman los roles tradicionales que se atribuyen a las relaciones entre hombres y mujeres. Ellos encierran o liberan mujeres, afrontando el riesgo que implica la existencia de otros hombres que tienen objetivos parecidos, mientras ellas los dejan hacer y no tienen otra alternativa que entregarse al salvador, como lo habían hecho antes con el raptor.

El Príncipe y Rapunzel

En Rapunzel, el cuento popular recogido por los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm, la heroína de largas trenzas vive en lo alto de una torre inaccesible, para evitar que entre en contacto con  ningún hombre. Quien la mantiene encerrada es la Dama Gothel, una hechicera, desde los doce años, vale decir, el momento en que la joven entró en la pubertad. Eso no impide que ella cante y suelte sus cabellos dorados, llamando la atención del Príncipe heredero que pasa por ese lugar apartado. Rapunzel lo seduce involuntariamente, porque ese es su Destino o si se prefiere, la pulsión de sus hormonas.

La mujer impedida de formar una pareja de acuerdo a deseos que ni siquiera termina de entender, halla la forma de burlar la prohibición. El encierro puede ser físico, no mental. A diferencia de las heroínas de Jane Austin, que se encuentran presas de las convenciones sociales, Rapunzel, Blanca Nieves o la Bella Durmiente aceptan la primera oportunidad que se les brinda para escapar con cualquier hombre que tienen delante de los ojos. En el caso de Rapunzel, que la torre carezca de puerta no es un obstáculo para encontrarse con su pareja. Ella le permite utilizar sus cabellos para escalar la torre y seducirla.

En el primer momento, Rapunzel se asustó mucho, al ver un hombre, pues jamás sus ojos habían visto ninguno. Pero el Príncipe le dirigió la palabra con gran afabilidad y le explicó que su canto le había impresionado de tal manera su corazón, que ya no había gozado de un momento de paz hasta hallar la manera de subir a verla. Al escucharlo, perdió Rapunzel el miedo, y cuando él le preguntó si lo quería como esposo, viendo la muchacha que era joven y apuesto, pensó: “Me querrá más que la vieja” [la Hechicera] y le respondió, poniendo la mano en la suya: “Sí, mucho deseo irme contigo”, (Hermanos Grimm: Rapunzel)

De acuerdo a estas historias destinadas a la infancia, la vida en pareja no tiene comparación posible con el tedio de la soledad. Desde el punto de vista masculino, la fantasía de salvar a una mujer tiene varios aspectos destacados. Primero, establece el rol providencial del hombre, cuya intervención termina con una situación injusta que la mujer sola sería incapaz de resolver. Segundo, como consecuencia de lo anterior, ella debe quedarle eternamente agradecida; o lo que es igual, sometida a partir de ese momento. Por eso la liberación de la mujer entraña un segundo encierro, esta vez en la institución del matrimonio vigilada por el Estado y la Iglesia.

John William Waterhouse: La dama de Shalott

Elena, la dama de la isla de Shalott que aparece en el poema de Alfred Tennyson, es un hada de los tiempos del Rey Arturo. Vive encerrada en una torre, cantando y tejiendo día y noche un tapiz inacabable, como el de Penélope, sin la esperanza de que un hombre (su pareja soñada) la rescate de la reclusión algún día. Ni siquiera conoce el motivo de la maldición que le impide mirar directamente el mundo real, por lo que se conforma con ver las imágenes que refleja (y también distorsiona) un espejo puesto frente a la ventana. Fuera de la torre, en la orilla opuesta, se encuentra el castillo de Camelot, del cual entran y salen los caballeros, que cabalgan ágiles y agitan pendones que atraen la mirada. El joven Lancelot, el más atractivo por la pureza de su vida, se encuentra entre ellos.

A un tiro de flecha de su alero / cabalgaba él en medio de las mieses; / venía el sol brillando entre las hojas, / llameando en las broncíneas grebas / del audaz y valiente Lancelot. / Un cruzado por siempre de rodillas / ante una dama fulgía en su escudo / por los remotos campos amarillos / cercanos a Shalott. (Tennyson: La Dama de Shalott)

Elena se enamora de él y decide rebelarse contra la maldición. Se dice que está harta de vivir entre sombras. Mira directamente el paso del caballero y el espejo se quiebra. Elena abandona la protección de la torre, aborda un bote y se deja llevar por la corriente del río, rumbo a Camelot, donde espera reunirse con su amado. Cuando Lancelot la descubre, de regreso de una de sus misiones, ella está muerta.

La historia de la dama de Shalott instruye a las mujeres sobre los riesgos de poner fin a la reclusión que sufren por decisión propia.  Dentro de su encierro, permanecen libres del escarnio del tiempo. No cambian. Están solas y estériles, pero (si ello sirve de consuelo) son eternamente jóvenes. Al entrar en contacto con el mundo real y alternar con la diversidad de hombres que lo habitan, quedan expuestas a los riesgos que afronta cualquier mujer, una circunstancia que para ellas significa la decepción, el envejecimiento y la muerte. La moraleja implícita en la leyenda es que conviene conformarse con la torre. No es un lugar demasiado satisfactorio, pero mientras ningún hombre decida rescatar a la hembra y tomar posesión de ella, como le sucede a Rapunzel, cualquier otra manifestación de la voluntad femenina solo puede agravar su situación desventajosa.

NOTA: lector(a), anota tus experiencias y opiniones sobre el tema, a continuación, utilizando el recuadro que sigue a este artículo. No es improbable que tengas algo que decir, aunque no acostumbres a hacerlo por escrito. Solo es cosa de intentarlo. O.G.

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