VIUDAS ALEGRES


Reconstrucción de Tumba de Mausolo

Cuando las parejas prometen en el momento de casarse que van amarse y atenderse en la riqueza y la pobreza, en la  salud y la enfermedad, hasta que la muerte los separen, no suelen detenerse a pensar en dos hechos incómodos: primero, que no siempre van a estar en condiciones de cumplir tan solemne promesa. Segundo y lo más probable, que el hombre muera antes que la mujer,  como demuestran las estadísticas, dejándola a ella en libertad de lamentar sinceramente la pérdida hasta el fin de sus días o consolarse mediante la elección de una nueva pareja.

La reina Artemisia, en el siglo IV antes de nuestra era, mandó a construir en Halicarnaso un espléndida tumba para Mausolo, su marido (y también su hermano). El monumento, que fue considerado una de las siete maravillas de la Antigüedad, ya no existe, pero persiste su fama de prodigio arquitectónico y el nombre de la mujer que permaneció fiel a la memoria de su pareja (tal vez porque no lo sobrevivió más de dos años). ¿Hubiera podido reinar sola?

El destino de una mujer que gozaba de su alta posición, en la sociedad de entonces, no era permanecer demasiado tiempo sin pareja. Por eso, la muerte de ella constituye el final más adecuado para que se la recuerde como el modelo de otras esposas menos dedicadas.

Petronio, a comienzos de nuestra era, cuenta la historia de una virtuosa matrona de Éfeso, que acaba de enviudar, no se conforma con correr detrás del cadáver del marido con las ropas desgarradas y los cabellos en desorden, como exigen las costumbres de la época. Se encierra en la tumba y renuncia a comer y beber, desoyendo los consejos de su familia. Ella quiere morir, después de haberlo perdido a él. A la quinta noche, sin embargo, un soldado que pasa por el cementerio descubre a la desconsolada mujer y trata de alimentarla. Ella se resiste, pero finalmente el hambre puede más que su decisión previa, la mujer se alimenta, su ánimo cambia poco a poco y al cabo de unas horas termina haciendo el amor con el soldado, que la conduce lejos de la necrópolis.

Petronio concluye la historia con una moraleja que no puede ser más condenatoria del género femenino: “Confía tu barco a los vientos / pero jamás tu corazón a una mujer / porque las olas son más firmes / que la fidelidad de una mujer”.

¿Hubiera sido más digno de elogio la muerte de la viuda. Para los pensadores cristianos del Medioevo, que concebían al matrimonio como una unión que permitía establecer las jerarquías imprescindibles entre los géneros, la viuda era sospechosa de buscar el placer egoísta y una vida independiente, aprovechando la ausencia del hombre que la había guiado por la buena senda.

Para evitar que las viudas se salieran con la suya, opinaban los teólogos, debían ser encerradas en algún convento, donde se dedicarían a la vida contemplativa (una opción que probablemente no interesaba a muchas) o devueltas lo antes posible al control masculino que se da durante el matrimonio.  Casarse con quien la familia proponga, olvidando cualquier estancamiento en el dolor por la pareja perdida, era una obligación moral de la viuda.

Así como de nadie se exige la virginidad perpetua, porque es una dote rara (…) menos conviene aún empujar la flor de los años a la perpetua viudez, porque (…) es más fácil la total abstinencia del placer desconocido, que privarse en absoluto de él, luego de haberlo probado. (Erasmo de Rótterdam: La Viuda Cristiana)

Si las mujeres suelen verse habitualmente más restringidas que los hombres por la institución del matrimonio, la sociedad se encarga de vigilar los movimientos de aquellas que por el azar de la viudez quedaron libres de la tutela masculina. La Viuda Alegre, protagonista de la opereta de Franz Lehar, tiene demasiado dinero para que la dejen sola. Es atractiva, aunque más no sea por el abultado patrimonio que le atribuyen.  Su matrimonio pudo haber sido tedioso, y el futuro incierto, dada la cantidad de explotadores que la acosa, pero el presente no puede ser más divertido.

En algunas culturas, como la hindú, tradicionalmente se esperaba que las viudas aceptaran incinerarse junto con el muerto. Eso no sucede casi nunca en la actualidad, pero se da una situación no menos cruel, surgida de la ruptura con la familia paterna que implica el matrimonio para las mujeres. Como las hindúes se incorporan a la familia del marido, la muerte del hombre las deja en total indefensión. Se calcula que hay treinta y tres millones de viudas que sufren castigos tales como convertirse en criadas no remuneradas de sus suegras. Para evitar ese destino, desde hace siglos muchas emigran a la ciudad de Vrindavan, donde se entregan al culto de Krishna y sobreviven de las limosnas que obtienen de los fieles.

En la China tradicional, las mujeres enviudaban con frecuencia, porque las vendían apenas llegadas a la pubertad, para casarse con hombres mayores. Muerto el marido, no les estaba permitido casarse de nuevo, porque se consideraba que una decisión como esa acarreaba mala suerte para toda la familia.

En la tribu norteamericana de los Shuswap, se las consideraba impuras, y por lo tanto se las encerraba en una choza durante el tiempo asignado al duelo, prohibiéndoles tocarse la cabeza y el resto del cuerpo.

En la España del siglo XVI, el luto de las viudas se encontraba cuidadosamente reglamentado por la sociedad. Durante el primer año, ella debía permanecer encerrada y las parientas y amigas podían visitarla todos los días, con el objeto de guardar silencio en su compañía. Durante el segundo año del duelo, se permitía la conversación sobre tema insospechable del tiempo, así como los rezos y el bordado en compañía. También se aceptable la presencia de un sacerdote, como único representante del sexo opuesto que fuera ajeno a la familia. Durante el tercer año, se permitía que entre las mujeres circularan copitas de vino dulce, bizcochos y confituras. Los cuatro años que completaban el duelo iban espaciando las visitas (el control sobre la existencia de la viuda). Si a pesar de restricciones como los anteriores, alguna mujer encontraba una nueva pareja antes de dar por terminado el luto, su nuevo marido quedaba obligado a vestir de negro por ella.

Reina Victoria y caballerizo Brown

La reina Victoria de Inglaterra fue una de las viudas más notoria del siglo XIX. Casada ante de haber cumplido veinte años con el Príncipe Alberto de Sajonia, demostró el afecto que sentía por su pareja al otorgarle el tratamiento de Alteza Real, darle nueve hijos y convertirlo en su principal consejero. Pocas dudas quedaban del amor que se profesaba la pareja. Después de veinte años de matrimonio él muere y Victoria se viste de negro por el resto de su vida, evita las presentaciones públicas y no vuelve a Londres, donde se encuentra la sede del gobierno del Imperio. ¿No era la imagen perfecta de un mujer poderosa, pero al mismo tiempo sometida a las decisiones de un hombre, que desaparece de la vida pública cuando él falta?

Con el tiempo, la imagen de Victoria ha revelado contradicciones, que de haber sido conocidas para los contemporáneos, hubieran perturbado la perfección mítica requerida por el ejercicio del poder. La viuda inconsolable, que se debatía entre el dolor de la pérdida del único hombre de su vida y sus deberes respecto del Imperio que le tocó gobernar, no aceptaba nada que la desdibujara. La discreta relación de Victoria con John Brown, su caballerizo, por ejemplo, ha dado lugar a muchas hipótesis, incluyendo la de un prolongado romance e incluso la de un matrimonio secreto entre ambos. Brown muere en 1883 y Victoria lo sobrevivió hasta 1901, con lo que completó un reinado de sesenta y cuatro años. Debió pasar un siglo para que un tema tan perturbador e inocente llegara a los medios.

Jacqueline Bouvier durante entierro de John F.Kennedy

Jacqueline Bouvier durante entierro de John F.Kennedy

La historia de Jacqueline Bouvier, viuda del presidente John F. Kennedy, que al cabo de pocos años se casa con el empresario Aristóteles Onasis, deja en evidencia las molestias que producen las mujeres capaces de reorganizar su vida. ¿Por qué lo hizo? ¿Por dinero? ¿Atraída por un hombre feo y mayor que ella? Tiempo después de la muerte de Onasis, ella planteó que de esa manera esperaba proteger a sus hijos. ¿Por qué la gente cree que la mujer que sobrevive a la viudez no merece estar en este mundo? Jacqueline mantuvo en secreto la relación más duradera de su vida, tras la muerte de Onasis.

 

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