PAREJAS TÓXICAS


Zelda Fitzgerald

Hay gente que desde una perspectiva dotada de cierta objetividad, no debiera empeñarse en vivir junta, porque al reunirse queda en claro que realmente nada los une, fuera de pasiones tales como los celos, la envidia, el rencor o la competencia que han establecido para destruirse uno al otro. No es que los nexos se hayan debilitado con el tiempo, ni que tengan otros intereses eróticos. Por lo contrario, parecen más unidos que nunca, pero cada uno se dedica a envenenar la existencia de la pareja, como si fuera su principal razón para existir. El panorama que ofrecen, puede resultar fascinante para los observadores externos, dada la inminente destrucción de los protagonistas que promete. ¿Cuándo lo lograrán? ¿De qué modo?

Karl Krauss, que debió ser un hombre agrio, desagradable, a pesar de habérselas compuesto para que algunos contemporáneos lo consideraran un humorista, afirmó que el matrimonio era un sustituto insuficiente de la masturbación. Formar una pareja estable, de acuerdo a su criterio, no pasaba de ser una debilidad humana, un lamentable atajo para aquellos que experimentaban la urgencia de la sexualidad y no creían adecuado resolverlo en soledad, por sus propios medios. Reducía de ese modo, coincidiendo con la postura de Diógenes, la complejidad de las relaciones humanas que se generan en el interior de una pareja, a la simple dimensión de un alivio de tensiones hormonales.

Puede ser que no sea otra la realidad para muchos, pero lo políticamente correcto es no declararlo. Una perspectiva tan radical como la de Krauss no sería suscripta por casi nadie en público. En el plano del discurso al menos, se busca denodadamente la pareja, se deposita en ella grandes expectativas (aunque solo sea para verlas defraudadas y volver a la soledad sin haberse comprometido).

John Singer Sargent: Lady Macbeth

En la tragedia de Shakespeare, basada en la historia de personajes del siglo XI. El rey Macbeth y su esposa han establecido una pareja sobre bases tan firmes como enfermas. Ella puede incitarlo a cometer un crimen tras otro, para alcanzar el poder, y él puede aceptar ese rol de ejecutor de un plan que habrá de conducirlos a la perdición mutua y la de todos aquellos que se les cruzan en el camino.

La historia de algunas parejas comienza de manera trivial, con el enamoramiento que las asemeja a la mayoría, para definir poco a poco sus particularidades horribles. Cada uno de ellos se convierte en el tormento del otro, y a pesar del sufrimiento que se infieren, no logran separarse. Un veterano de 21 años de la Primera Guerra Mundial, Francis Scott Fitzgerald, tardó en conquistar a Zelda Sayre, una joven de 17 años, muy atractiva, nacida en una familia adinerada, que tardó en prestarle atención a quien era todavía un escritor inédito y sin dinero. Cuando Scott Fitzgerald logró casarse con ella, tras el éxito de ventas de su primer libro, This Side of Paradise, la pareja compartió la buena vida que se encontraba disponible para los norteamericanos durante la bonanza económica de comienzos de los años ´20, a pesar de ciertas amenazas como las deudas que se acumulaban, los celos probablemente justificados del hombre (fue capaz de encerrarla en su casa, para evitar que se viera con otros hombres) y el consumo de alcohol en el que ambos incurrían, hasta que en 1930 llegó el diagnóstico de la esquizofrenia que sufría Zelda. El hombre incorporó sus desventuras matrimoniales a la obra literaria que produjo en esa época (incluyendo un aborto de Zelda, que no quería ver arruinada su silueta). También publicó como si fueran suyos, algunos cuentos escritos por Zelda y fragmentos de sus diarios íntimos. La mujer nunca se resignó a esos abusos, como lo evidenciaron entrevistas que concedió a la prensa. Ella tuvo que ser internada en una clínica para enfermos mentales en 1932, después de un intento de suicidio con somníferos y otro arrojándose por una escalera, mientras él escribía cuentos y guiones de cine para mantener un tren de vida suicida, hasta su muerte en 1940. Zelda lo sobrevivió siete años en una clínica, sin mejorar su estado, intentando escribir y pintar, hasta que un incendio terminó con su vida.

Carson y Reeves McCullers

La soledad fue el tema central de la obra literaria de Carson McCullers, una mujer enfermiza que produjo muy joven una serie de libros admirables. A los 19 años se casó con James Reeves McCullers, un soldado que esperaba convertirse en escritor. A los 23 años, ella logró la fama con la publicación de El Corazón es un cazador solitario, su primera novela.

Poco después, la escritora conoció a David Diamond, un pianista y compositor que se sentía tan atraído por ella como por su marido. Carson pidió el divorcio y James se mudó con Diamond. Mientras tanto, ella se relacionó sentimentalmente con otra mujer, Annemarie Clarac-Schwarzenback, autodefinida como drogadicta, comunista y lesbiana, que debía sentirse desgarrada por tantos conflictos, porque intentó suicidarse en presencia de la escritora.

Aunque nuestro matrimonio haya sido un desastre, de ninguna manera pienso que haya sido un desacierto habernos conocido y haber estado cerca el uno del otro. Aún me siento cerca de ti. Cada día siento tu calor, tu gran inteligencia y tu ternura. Sé que me amas. Deseo que comprendas que yo te amo del único modo que importa: el amor grande y duradero que un ser humano siente por otro. (James Reeves: carta a Carson McCullers)

James volvió al Ejército y combatió en el frente europeo durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras duró su ausencia, Carson y él se escribieron con la frecuencia de dos enamorados. Una vez terminada la guerra, se reconciliaron. Volvieron a casarse en 1945. La relación continuaba siendo inestable, a pesar del espejismo de un acuerdo que habían construido las cartas durante los años de separación. Ambos eran alcohólicos y bisexuales. En 1947, James sufrió un ataque de delirium tremens.

Él envidiaba la carrera literaria de ella, en ocasiones la golpeó, falsificó cheques con su firma, para despojarla de su dinero. En 1953, le propuso matarse juntos en Paris. A pesar de su enfermedad, Carson lo abandonó y él cumplió con su promesa.

Una pareja como ésta se encuentra condenada al fracaso, no obstante el temor a la soledad que puede haberlos impulsado a reunirse. Objetivamente no disponen de las personalidades más adecuadas para convivir. En lugar de ofrecerse apoyo y protección uno al otro, se exponían a los desequilibrios de ambos combinados. A pesar de las mejores intenciones que pudieran abrigar respecto del otro, tenían que destruirse ante las evidentes incompatibilidades que les ofrecía la vida cotidiana. Incluso amándose, lo más probable es que se arruinaran mutuamente.

¿Pueden separarse y reorganizar sus vidas de acuerdo a modelos más racionales? No, al parecer. Se necesitan para consumar un rito destructivo en el que ambos deben ser las víctimas. Los tangos y boleros del siglo XX dieron forma perfecta a esa contradicción de amor y odio, imposible de resolver para quienes la experimentan:

Ódiame, por piedad, yo te lo pido, / Ódiame sin medida ni clemencia, / Odio quiero más que indiferencia / Porque el rencor hiere menos que el olvido. / Si tú me odias quedaré yo convencido / Que me amaste, mujer, con insistencia, / Pero ten presente, de acuerdo a la experiencia / Que tan solo se odia lo querido. (Rafael Otero: Ódiame)

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