PAREJAS (PROVISORIAS) REMUNERADAS


Pretty Woman: Richard Gere y Julia Roberts

Aquellos (hombres y mujeres por igual) que no disponen de una pareja estable, reconocida como tal por toda la comunidad, ni se encuentran en condiciones de obtenerla, dado su escaso atractivo personal o el convencimiento de que la búsqueda y retención de otra persona constituyen una pérdida de tiempo y energías, se conforman con pagar el servicio de quienes se encuentran dispuestos a acompañarlos y satisfacer sus deseos. Se trata de parejas que de no mediar una retribución económica u otros favores similares, no les prestarían demasiada atención a sus acompañantes. Prostitutas, mantenidas, escort service, gigolós, quedan incluidos en esa categoría de parejas provisorias que el dinero suministra.

Hay hombres que no se sienten demasiado bien cuando están solos y disponen de recursos suficientes para satisfacer sus caprichos, por lo que pueden comprar compañía femenina por un rato, por día, por varios días, en lugar de someterse a la incertidumbre que rodea al proceso de seducción, eludiendo de paso los compromisos y la rutina que surgen durante una relación estable. En la pareja provisoria, el hombre suele ser quien paga, quien estipula las características de las prestaciones que espera de la mujer que acepta la tarea, mientras ella se compromete a obedecer el plan que él ha elaborado para ambos.

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En el mundo antiguo, las hetairas griegas eran mujeres contratadas para animar las fiestas de hombres con su conversación ingeniosa, su conocimiento de la literatura, sus bailes y prestaciones sexuales. Reunían en su persona habilidades impensables en una esposa iletrada, cuya misión era parir los hijos y resguardar la honra del marido. Un hombre obligado a prescindir de la compañía de hetairas, quedaba condenado al aburrimiento.

La libertad que un hombre experimentaba en su trato con prostitutas, no hubiera podido ser disfrutada con sus parejas legítimas, cuya compañía probablemente le había sido impuesta por su familia. El maltrato, por ejemplo. En el siglo XVIII,  el Marqués de Sade, casado con una dama de su misma clase social, pagaba a prostitutas para que se dejaran azotar (una satisfacción perversa entre las muchas que las firmes convicciones morales de la marquesa rehusaban concederle). Leopold Sacher-Masoch, pagaba también a profesionales, para que ellas lo azotaran a él. Se trata en los dos casos de demandas inhabituales, inaceptables para muchas parejas que no se han formado gracias al dinero que circula entre los participantes y derriba cualquier escrúpulo.

El filme Pretty Woman (1990) le dio forma seductora, de improbable cuento de hadas moderno, a esta transacción de compañía por dinero, gracias al trabajo de actores dotados de presencias tan atractivas como Julia Roberts y Richard Gere, aunque suela ser una situación bastante más sórdida en la realidad, por la intermediación de explotadores de mujeres, que se reservan un porcentaje de la paga estipulada, y el carácter imprevisible de la demanda de los clientes.

La imagen de la pareja femenina pagada suele ser condenada por los moralistas, pero no por ello ve disminuido su prestigio en el ámbito del arte. Desde los siglos XVIII y XIX, Manon Lescaut y Carmen son los paradigmas literarios de esas mujeres que de acuerdo a la opinión dominante han extraviado la buena senda por el comercio que ejercen con distintos hombres. Perdidas, condenadas al desprecio de la sociedad en este mundo y los tormentos del Infierno en el más allá, son personajes que tienen poderes temibles: ellas serían capaces de contagiar enfermedades vergonzosas y arrastrar a la perdición a todos aquellos que las frecuentan.

Muy cerca de Manon y Carmen, pero enfrentándolas desde la evaluación moral de sus actos, Marguerite Gauthier representa a las prostitutas-víctimas, mujeres que después de una vida de abierto desafío a la moral pública, alcanzan algo parecido a la redención, gracias a la voluntad de entregarse al amor de un solo hombre, por lo general uno más joven e inocente que sus clientes habituales, sin esperar nada a cambio.

En Occidente se la considera la profesión más antigua del mundo. La prostituta es la pareja pagada más frecuente. Se recurre a ella para obtener satisfacción sexual (función que se aguarda también de las esposas legítimas), pero de ningún modo para obtener descendencia (el hijo de la prostituta es despreciado en casi todas culturas, por la dificultad que plantea establecer su conexión con algún padre, antes del conocimiento del ADN). Los testimonios de las prostitutas informan que sus parejas eventuales exigen de ellas otras funciones: entrenamiento sexual de los inexpertos, consuelo de los tímidos, excitación de aquellos que tienen problemas de ese tipo, escucha atenta de los solitarios, etc.

Geisha y cliente

Para los japoneses, esa compañía puede asumir varias formas: la prostituta tradicional, a quien el hombre paga por mantener relaciones sexuales, pero también puede tratarse de una geisha o acompañante de juergas, que recita cortos poemas, cuenta historias, canta, baila y sirve el té o bebidas alcohólicas a sus clientes. En esa cultura, la geisha suministra compañía, un diálogo trivial pero divertido, asistencia en la comida y la bebida, incluso cercanía física desprovista de contacto sexual. Es la esposa ideal, una que se exhibe ante los amigos pero no molesta con escenas de celos, ni hace reclamos desmedidos, ni descuida su aspecto personal en la intimidad.

En el Japón medieval hubo geishas hombres, que cumplían la misma función de acompañantes, cuando las mujeres todavía no se encargaban de la tarea. Se los denominaba houkan. Desde el siglo XIII, ellos daban consejos de estrategia militar a los señores feudales, durante épocas de guerra. Al llegar la paz, sus principales funciones pasaban a ser las de entretener mediante el recitado de poemas, cuentos eróticos, ejecución de música, propuestas de brindis de sake y una conversación bien informada sobre las artes. El houkan era un animador de fiestas privadas, un compañero de diversión que mantenía un rol subordinado durante su diálogo con los clientes. A mediados del siglo XVII, las mujeres acapararon esas funciones y los hombres quedaron relegados al rol de ayudantes de las geishas.

Rodolfo Valentino

La tradición del gigoló en Occidente es otra. A comienzos del siglo XX, no pasaba de ser alguien tan inocente como una pareja masculina para el baile de salón con una dama, actividad que no supone más contacto físico que el vigilado por todos los asistentes al lugar. El gigoló era un bailarín profesional, contratado (y por lo tanto pagado) para acompañar a su pareja femenina en la pista de baile de lugares elegantes, que permitían ese tipo discreto de prestaciones o que las ofrecían a sus clientes, como uno más de sus servicios. Rodolfo Valentino, el actor del cine mudo habría desempeñado ese oficio al llegar a New York desde su nativa Italia.

Posteriormente, las actividades del acompañante masculino pasaron al ámbito privado, con lo que adquirieron una evidente connotación sexual. Una mujer madura y adinerada, contrata una joven pareja masculina (el gigoló) que con toda seguridad no estaría a su lado, si ella no le pagara por sus servicios. Esta pareja que suele considerarse patética y es objeto de escarnio generalizado, proviene de una época en que la imagen complementaria del hombre maduro acompañado por una jovencita que pudiera ser su hija o nieta, despertaba comentarios cómplices y envidiosos de quienes hubieran querido estar en lugar del viejo.

Me West y Thimoty Dalton

La actriz y dramaturga Mae West, símbolo sexual de los años ´30, continuó exhibiéndose en compañía masculina siempre joven (primero con diez, luego con veinte, treinta o cuarenta años menos que ella) hasta el momento de su muerte, a los 80 años.

Cuando un hombre maduro o anciano se exhibe con una pareja más joven, se considera que tiene buen gusto y demuestra estar sexualmente activo. Cuando una mujer madura se presenta en público con un hombre más joven, su imagen suele considerarse patética, reveladora de su incapacidad para percibir el ridículo al que se expone.

En la actualidad, el turismo sexual es una de las alternativas que se ofrecen a mujeres maduras, poseedoras de buenos medios económicos y provenientes de países en los que ya no les resulta posible hallar pareja estable. Mientras los hombres del mundo desarrollado viajan al sudeste asiático en busca de compañía ocasional, las mujeres prefieren los países europeos del Mediterráneo y las islas del Caribe. A diferencia de la compañía femenina que siempre es pagada, la masculina suele ser a veces gratuita (los hombres de algunas culturas, se ven a sí mismos como seductores activos, cuando en realidad son los seducidos por las hembras que disponen de dinero para pagarles).

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“Tú pagas y harás de mí lo que quieras”. En esta sola frase todo está dicho: la prostituta se erige en sujeto soberano para exigir el pago, y tan pronto es satisfecha esa exigencia, se abolirá como soberanía para metamorfosearse en el instrumento del pagador. Se erige, pues, en libre sujeto que va a jugar a ser esclava, Su prestación va a ser una simulación, y ella no lo oculta. El cliente, por otra parte, lo sabe. Sabe que no puede comprar unos sentimientos y una complicidad verdaderos. Le compra la simulación. Y lo que finalmente desea es que esta simulación sea más real que natural, que le haga vivir imaginariamente una relación venal, como si fuera una relación verdadera. (André Gorz: La prostitución)

 

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