DELIRIOS EN PAREJA


Hermanas Papin

Si dos (o más) personas se necesitan y se aceptan sin cuestionarse, tanto en sus afinidades como en sus diferencias, pueden formar una pareja, situación para la cual no todo el mundo suele calificar. La tentación de evaluar al otro, de intentar alterarlo, incluso con el declarado propósito de mejorarlo, hace que muchas parejas fracasen o no lleguen a establecerse. Algunos esperan más (demasiado) de quienes tienen junto a ellos, no se conforman con los detalles contradictorios que descubren en el curso de la vida en común y se oponen a sus expectativas, nacidas de la desinformación. Hay quienes pasan toda la vida en compañía  de otra persona, y no obstante discuten con ella sus diferencias, se critican en sus decisiones cotidianas, llegan a tolerarse con esfuerzo, tras negociar acuerdos, tal vez se resignan a todo aquello que no les gusta de la relación, negocian no siempre con éxito las variadas formas de comunicación que se dan entre ellos, sin quebrar por eso la relación.

Hay algo superior, un proyecto de vida en común, que se impone sobre las diferencias no ignoradas y prolonga la duración de ese encuentro. La coincidencia total en el interior de una pareja no suele darse casi nunca, y al descubrirla puede considerársela como un signo alarmante de que uno de los integrantes se ha sometido al otro y ha renunciado a plantear sus legítimos puntos de vista.

A pesar de las certezas engañosas que surgen durante el enamoramiento (y a veces no sobreviven a esa breve etapa), la pareja no suelen fundir a las individualidades que la integran. Cuando se entabla una relación de dependencia demasiado excluyente entre dos (pueden ser más) personas, en la que cada uno de los participantes constituye para el otro toda la realidad imaginable, conviene reconocer que una pesadilla se ha instalado entre ambos y promete un infierno para ellos y quienes los rodeen.

La relación de pareja favorece el desarrollo de delirios inimaginables para cada uno de sus integrantes por separado. Si alguien delira solo, no es improbable que otra persona, ajena a su delirio lo detenga, y en el mejor de los casos lo obligue a cuestionarse la validez de sus actos. El delirio compartido, en lugar de detener a quien lo sufre, evitando que se haga daño a sí mismo y haga daños a los demás, valida cualquier despropósito.

Estos Delirios son relativamente coherentes por su forma sistemática, es decir, que se presentan para el observador (personas que lo rodean, médicos, jueces) como relativamente plausibles. De allí su poder de convicción o de contaminación (delirio de dos o colectivo en el que el delirante inductor hace participar activamente en su delirio, a título de delirio inducido, a otros, con frecuencia familiares). (Henri Ey: Tratado de Psiquiatría)

Ian Brady y Myra Hindley

Ian Brady aleccionó a su enamorada Myra Hindley en Inglaterra, a comienzos de los años ´60, para que lo secundara en su búsqueda de aquello que a él, en su distorsionada percepción del mundo, le casusaba placer. Primero la introdujo en la mitología del nazismo y lo excitante que resultaba desafiar las normas dominantes en una sociedad tan opresiva como estúpida, que no sería capaz de castigarlos si desafiaban sus normas. Juntos, formaban una pareja romántica y rebelde. Luego la convirtió en su colaboradora en varios asaltos a entidades bancarias, que debían suministrarle el dinero necesario para pasarla bien. Finalmente la estimuló para que le consiguiera tres niños y dos adolescentes, para que él pudiera abusar sexualmente de ellos, torturarlos y asesinarlos a continuación.

Una escalada de atrocidades selló la unión a toda prueba que había entablado la pareja. Estaban tan excitados por la trasgresión, que no tomaron demasiadas precauciones, se imaginaron (tal vez) invulnerables, por lo que no tardaron en ser identificados por sus crímenes. Al sentirse tan seguros el uno del otro, se creyeron impunes a los controles de la sociedad. Nada más erróneo. Después de un juicio en el que sobraban las pruebas en su contra, fueron condenados a pagar sus crímenes en la cárcel, a perpetuidad, solo porque la pena de muerte acababa de ser abolida en el Reino Unido. Al ser distanciados, durante años la mujer buscó ayuda psiquiátrica, argumentando que mientras duró la relación con Brady, no había sido dueña de sus actos.

Dos personas o más, que viven juntas, comparten una visión distorsionada del mundo real, una situación que las aparta de los amigos, la familia y la sociedad, otorgando mayor consistencia y peligrosidad a su delirio. Las parejas más frecuentes que sufren este trastorno, son las formadas por marido y mujer, pero también aquellas que se dan entre hermanos, por madre e hijo, por padre e hijo, incluso por amigos íntimos.

Ese tipo de relación suele detectarse también en el interior de grupos más extensos, tales como familias completas, grupos de indigentes que comparten una existencia marginal, o sectas religiosas que exigen la sumisión de sus miembros. Recordar los suicidios colectivos de cientos de seguidores de la iglesia de Jim Jones en Guyana, ocurrido en 1978, la matanza de WACO, en Oklahoma, en 1993 o aquella de la secta Heaven´s Gates que esperaba el fin del mundo y el rescate del grupo por un plato volador en 1997.

Esta relación patológica, que suprime cualquier contacto la realidad, suele darse sobre todo entre mujeres, más que entre hombres. La crónica policial francesa de 1933, recogió la historia de las hermanas Christine y Lèa Papin que se complotaron para asesinar a su empleadora, Jeannete Lancelin y su hija, el 2 de febrero de 1933. Les quitaron los ojos y las destrozaron utilizando los artefactos de cocina. Luego cerraron las puertas y ventanas de la casa y se acurrucaron a esperar que las descubrieran.

Las hermanas Silvina y Gabriela Vázquez mataron a su padre en Buenos Aires, el 27 de marzo de 2000. Más de un centenar de puñaladas pusieron fin a una historia de duelo por la muerte de la madre, probablemente incesto y cultos esotéricos. Una de las hermanas había pretendido expulsar al demonio, mediante la ingestión de un líquido que no pasaba de ser limpiador de pisos, destruyó los espejos y grabó con un cuchillo, en el abdomen del padre, un signo mágico, después de lo cual le seccionó la carótida y destruyó la cara, sitio por el que suponía entraba el Demonio.

Este caso es un clásico de la psiquiatría forense. Se conoce como folie à deux o locura de a dos. En este caso se incluyó a un tercero, que era el padre. La hermana menor, Silvina, una psicótica, atrajo a una neurótica profunda, Gabriela, para cometer el acto. (Martín Albarrátegui)

¿Por qué resultan tan atractivas como atroces estas historias de locura y sexo que involucran a dos personas unidas por el crimen? El dramaturgo Jean Genet utilizó el tema de las hermanas asesinas en una obra teatral corta, Las Criadas (1947) que goza de merecido prestigio como retrato de una pareja desquiciada. Según los estudiosos, el iniciador de una relación de locura compartida puede ser una persona esquizofrénica. Para su desgracia, no se encuentra sola. El seguidor debe tener muchos elementos en común con su pareja. Eso permite que acepten el mismo delirio, como se observa en el caso de los pactos suicidas y los crímenes compartidos. Al juntarse, como se advierte en las barras de fútbol o los extremistas políticos, desaparece cualquier posibilidad de discrepancia o autonomía que debería manifestarse incluso en las acciones de una pareja o un grupo.

La reunión de dos o más que comparten una misma percepción del mundo, como suele darse en cualquier pareja, ¿favorece la adopción de una perspectiva única, no pocas veces distorsionada y perjudicial para quienes la sostienen, que tal vez no hubiera llegado a concebir cada uno por su cuenta? Por lo contrario, ¿permite el encuentro de dos personalidades desquiciadas que se tomen iniciativas que conllevan mayores riesgos o exigen esfuerzos imposibles para cada uno por separado?

Puesto que son dos o más quienes aceptan un mismo error y suprimen la posibilidad de crítica, ¿por qué no considerar sus actos como un acierto? Si dos o más se creen perseguidos, ¿no comienza a volverse real eso que los acosa? Cuando son dos (o más) quienes aguardan un suceso improbable, ¿no se afirman unos con otros en la expectativa?

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