DISPAREJAS DEL ABUSO


Fiodor Dostoyevsky

A mis ojos estaba ella hasta tal punto humillada, que a veces me inspiraba compasión, aunque, por otra parte, el pensamiento de su humillación me resultaba decididamente grato. Sí, sí, me agradaba pensar en nuestra desigualdad. (Fiodor Dostoyevsky: La mansa)
 
Pocos artistas han trabajado como Dostoyevsky la materia oscura de la injusticia de las relaciones de pareja, hasta revelar la intensidad del goce desigual que depara a hombres y mujeres. La pareja dispar que forman alguien que domina a otra persona y alguien que acepta sin chistar ese dominio (tal vez quejándose de vez en cuando, pero no haciendo nada para cambiar la situación), disfruta de una estabilidad que suele negársele a otras parejas basadas en la igualdad de aportes o la negociación objetiva de acuerdos entre las partes.

Dos que tienen puntos de vista distintos sobre cualquier tema, pueden discrepar civilizadamente y disponen de canales que les permiten manifestar la disparidad de intereses. Cuando lo manifiestan, tratan de hallar soluciones que sean convenientes para ambos, mientras que dos que no gozan de los mismos poderes y no habrán de estar nunca a la par, omiten manifestar ningún conflicto y por lo tanto son considerados por aquellos que no analizan demasiado, como parejas ejemplares.

Hay un discurso de la sumisión, que la presenta como una forma consensuada de protección de alguien que no atina a defenderse y podría sufrir daños mayores, si no aceptara esa relación en la que de todos modos no se respetan sus derechos elementales. En el caso de las mujeres, sufrimiento y resignación son presentadas como formas supremas de realización personal. Cuando una mujer (puede también ser un hombre) acepta que su pareja la descalifique en público o en privado, que la agreda por cualquier motivo, no es improbable que esconda las evidencias del maltrato ante quienes podrían darle ayuda.

Si no lo consigue, inventa justificaciones que exculpen al abusador. Por ejemplo, ella se lo merecía (puesto que la víctima no se defiende, ¿por qué deberían los demás preocuparse por ella?). De ese modo, las parejas donde uno de los integrantes abusa del otro, muestran a veces una estabilidad envidiable, ajena a los altibajos de las parejas basadas en el reto de la disparidad.

De acuerdo a las evidencias que reciben los observadores, en muchas de esas parejas no pasa nada anormal, no hay conflictos (porque no se les concede el menor espacio para que se manifiesten). ¿Quién defenderás con mayor empeño la asociación entre el patrón y su subordinado, que aquel que se beneficia con el ejercicio del poder? ¿Qué horizonte se le presenta a una mujer en el sistema patriarcal, que no sea someterse por el mayor tiempo posible al hombre (sin importar que sea su padre, su esposo o su hijo), puesto que si se apartara de ellos, se encontraría sola y no sabría cómo subsistir?

Leon Tolstoi

El amor abnegado consiste en el gozo que se experimenta en sacrificarse a sí mismo por el objeto querido, sin tener en cuenta si realmente esto le es provechoso. (…) Las personas que aman de esta forma no creen nunca en la reciprocidad (porque es aún más bello sacrificarse por aquel que no te comprende); suelen ser enfermizas, lo que aumenta su sacrificio; por lo general fieles, ya que les sería muy penoso perder el mérito de los sacrificios hechos por el ser amado; siempre están dispuestas a morir para demostrar a él o ella toda su devoción. (Leon Tolstoi: Juventud)

 Junto al amor idealizado de los trovadores por sus protectoras y destinatarias de sus poemas, las damas abandonadas por los caballeros que pasaban su vida en la guerra, el Medioevo presentó instituciones tales como el Derecho de Pernada (Ius primae noctis) que promovían el abuso de las mujeres del pueblo por quienes eran considerados sus superiores.

Algo parecido se dio también en la América precolombina y las islas de la Polinesia. Los siervos o gente del pueblo se encontraban sometidos a los señores. La tradición los obligaba a aceptar una serie de discriminaciones flagrantes, en abierta contradicción con las normas religiosas imperantes. Las mujeres podían ser reclamadas y abusadas por los nobles, sin importar que estuvieran solteras o casadas.

Para ellas, no había atisbos de amor cortesano, sino la entrega incondicional de sus cuerpos para satisfacer los deseos de quienes detentaban el poder. Durante la noche de bodas, por ejemplo, la novia podía legalmente ser raptada y poseída por el señor feudal, sin que el marido tuviera la opción de oponerse. No era que el privilegio desapareciera después de esa primera noche, sino que se establecía como el modelo más claro de la sumisión exigida a los siervos por quien se consideraba su señor.

Mistinguett y Maurice Chevalier

Desparecido el feudalismo hace dos siglos, la subordinación incondicional de la mujer a su pareja no quedó en el pasado. En Mon Homme, la canción que hizo famosa Mistingett en los años ´20, para ser traducida al inglés e interpretada por Fanny Brice en los ´30 y revivida medio siglo más tarde por Barbra Streisand, la mujer proclama con orgullo su dependencia, como si toda su existencia adquiriera sentido solo cuando el abuso se establece:

Oh my man, I love him so / He´ll never know / All my life is just despair / But I don´t care / When he takes me in her arms / The world is bright, alright, / What´s the difference if I say / I´ll go away / When I know I´ll come back / On my knees someday / Oh whatever my man is / I am his / Forever more. (Maurice Yvain y Channing Pollock)

Billie Holiday convierte la canción célebre en una confesión personal, donde no hay atisbos de celebración del poder masculino sobre la mujer. En la versión que canta Sara Montiel en La Violetera (1957), la mujer prostituida no puede volver atrás. En una versión más reciente, es un hombre delgado, con barba crecida, revestido de cuero negro y artefactos sadomasoquistas, quien otorga nuevo sentido a los mismos versos:

En cuanto le vi / yo me dije para mí / es mi hombre. / Solo vivo para él / mientras quiera serme fiel / ese hombre. / No puedo pasar / una noche sin pensar / en mi hombre. / Y le doy cuanto soy / lo que tengo se lo doy / a mi hombre. / Y así estoy: es un macró, un gigoló / pero no importa porque así le quiero yo.

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