ESPACIO COMPARTIDO CON LA PAREJA


Imagen publicitaria comienzos siglo XX

La separación temporal es útil, ya que la comunicación constante origina la apariencia de monotonía que lima la diferencia entre las cosas. Hasta las torres de cerca no parecen tan altas, mientras las minucias de la vida diaria, al tropezar con ellas crecen desmesuradamente. Lo mismo sucede con las pasiones: los hábitos consuetudinarios que como resultado de la proximidad se apoderan del hombre por entero y toman forma de pasión, dejan de existir tan pronto desaparece del campo visual su objeto directo. Las pasiones profundas (…) recuperan su vigor bajo el mágico influjo de la ausencia. (Karl Marx: carta a su esposa Jenny von Westphalen)

No cuesta mucho entender que la gente se atraiga y por lo tanto se acerque, pero la idea de compartir durante la mayor parte del tiempo posible, el espacio disponible con la pareja, no siempre ha sido vista como la forma ideal de disfrutar la vecindad de la persona amada, para tocarla, dialogar y experimentar con ella todas las alternativas de la comunicación humana. Para algunos, se trata de una decisión atemorizante, que amenaza con trastornar todos sus hábitos de vida.

Para alguien que llega a la vida adulta en el interior de una familia, de un grupo de amistades, de un ámbito profesional, ¿le será posible amoldarse a la rutina de quien pasa a convertirse en su pareja, alguien que hasta entonces conocía de lejos o basándose en breves encuentros, que disimulaban las pequeñas o grandes incompatibilidades que siempre existen? ¿Terminará arrepintiéndose del proyecto de compartir el espacio?

Hay parejas encantadoras o incluso seductoras en ciertas circunstancias (por ejemplo, cuando están bien vestidas y peinadas, cuando se encuentran rodeados de testigos), que sin embargo roncan por la noche, que huelen mal una vez que los perfumes y desodorantes se disipan, que hablan más de lo necesario y sin motivo, que están siempre vigilando a la otra persona.

¿Aceptará cada miembro de la pareja las (buenas y malas) costumbres que el otro aporta a la relación, que no declara durante la etapa de acercamiento y no siempre está dispuesto a modificar? Durante el siglo XIX, para el mundo victoriano, el ideal de una convivencia matrimonial era que el hombre y la mujer de clase alta tuvieran dormitorios separados, baños separados, guardarropas separados.

Si el marido deseaba introducirse en la cama de su legítima esposa, para dar cumplimiento a sus deberes conyugales, bastaba que tocara la puerta que los separaba y fuera autorizado verbalmente por ella, para entrar en ese espacio considerado ajeno, proceder a ejecutar sus planes y  retirarse a continuación, con el objeto de que ambos descansaran por separado. Actuando de ese modo, argumentaban los victorianos, disminuían las posibilidades de que marido y mujer se aburrieran uno al otro o se entramparan en conflictos.

Muy avanzado el siglo XX, la idea de espacios cercanos pero no demasiado conectados, reaparecía en el empleo de las camas gemelas de las parejas, en lugar de una cama doble que amplía el repertorio de encuentros. Para el cine de Hollywood, controlado por el denominado Código Hays desde los años ´30 a los ´60, no estaba permitido que un hombre y una mujer, tanto los casados como los solteros, compartieran la misma cama, excepto que mantuvieran un pie en el suelo, cabe suponer que con el objeto de no excitar demasiado la imaginación de la audiencia.

Para los griegos de la Antigüedad, una buena distancia entre los sexos era la única alternativa que se dejaba para la mujer digna de respeto y el hombre inteligente. Según los espartanos que vivían para la guerra, la vecindad del enamoramiento, el matrimonio y la vida familiar, constituían riesgos para las políticas del Estado. Si los hombres y las mujeres disfrutaban tanto cuando estaban cerca, ¿cómo se lograría que dedicaran todas sus energías al ejército? En la democrática Atenas, el lugar asignado a la mujer no era más amplio. 

La esposa disponía de un espacio propio, el Gineceo, ubicado en la parte más protegida de la casa, que compartía con las otras mujeres y los niños pequeños. El hombre la visitaba cada vez que él deseaba, con el objeto de mantener relaciones sexuales destinadas a la procreación. Una vez satisfecho, se apartaba a su propio espacio.

Los encuentros más interesantes (desde el punto de vista intelectual) entre hombres y mujeres ocurrían durante las orgías, fiestas condimentadas con abundante comida y vino. Allí, las mujeres invitadas a participar eran atractivas y bien educadas hetairas (prostitutas), con quienes los hombres discutían de igual a igual temas de la política y la filosofía. Cualquier desborde intelectual y sexual estaba permitido en ese espacio promiscuo, pero a la vez controlado por los hombres, lejos de las decentes y desinformadas esposas.

La idea de separar espacialmente a las parejas para facilitar el control de las mujeres por los hombres, es una noción que reaparece en la más diversas culturas. En un palacio construido en China alrededor del siglo XIV, se asignaban distintas áreas a las distintas categorías de miembros de la familia. Las habitaciones del señor de la casa estaban en la parte delantera, mientras que a las mujeres se les reservaba otros espacios, en el centro de la casa. La esposa y sus hijos vivían en una casa que miraba al este, mientras que las concubinas y sus hijos habitaban las casas que miraban al oeste. Cada familia tenía sus habitaciones propias, sus muebles y un patio que les permitía vivir sin establecer contacto con la familia de al lado, a pesar de todos se encontraban relacionados con el señor de la casa.

Ronquidos e insomnio

Bajo ciertas condiciones inaplicables a buena parte de las actividades humanas, piensa la mayoría, uno puede renunciar a la defensa del territorio que se acostumbró a considerar suyo, un gesto poco menos que instintivo. Hay que acostarse con otro individuo de la misma especie y distintos géneros, por ejemplo, si uno pretende reproducirse (que es una de las maneras más efectivas de desafiar a la muerte).

A diferencia de otras especies animales, los humanos necesitan utilizar las distancias más cortas para reproducirse. Los peces pueden separar a los sexos, porque la fecundación ocurre en el exterior del cuerpo. La hembra expulsa los huevos y el macho los cubre con su esperma. Para los mamíferos, en cambio, el trámite es bastante más íntimo. El macho toca a la hembra, la penetra para depositar sus espermatozoides capaces de fecundar el óvulo, y esa distancia no siempre es bienvenida. Pueden preguntárselo a una gata, que manifiesta su irritación con bufidos, maullidos y arañazos.

Hay vecindades peligrosas, como le consta al macho de la tarántula. Apenas cumplida la función reproductiva que la hembra aguarda, lo devora, porque si bien el macho es aliado para la reproducción, también es un adversario que parece disputarle su espacio y un alimento necesario para asegurar el futuro de su prole. La posibilidad de compartir con una pareja el espacio que cada uno considera suyo y de nadie más, puede llegar a ser intolerable para algunos.

Los espartanos desconfiaban tanto de las relaciones heterosexuales, que ponían límites legales tan odiosos como la obligación efectuar los contactos en la más completa oscuridad, sin otro objeto que generar ciudadanos útiles para el Estado. Hasta la simple idea de comer en familia era vista como un riesgo para la disciplina militar.

Dormir en la misma cama, una cuyas dimensiones permiten estar juntos o cada uno su espacio (no obstante cerca) es una apuesta que hoy atrae y también alarma. En ocasiones, se está demasiado próximo de la pareja, a quien se ve dormir o despertar, libre de los artificios de la seducción diurna, trivial, algunas veces sin defensas y otras con toda su agresividad posible. Dormir con la pareja aplaca temores nocturnos a la soledad, suministra un interlocutor constante que fuerza a un diálogo capaz de agotar todos los temas y destruir el encanto de los reencuentros. Muchas parejas naufragan en la cama compartida, mientras que otras solo se mantienen reunidas por ese territorio común, donde se reconcilian o acuerdan una tregua en el final de cada jornada 

No tengo más que un sueño como refugio; mi libertad empieza cuando él duerme. (…) No estoy nunca sola. (…) Desde nuestra boda no me ha abandonado un minuto. (…) Dos condenados  unidos por la misma cadena no se aburren; piensan en la evasión; pero nosotros no tenemos ningún tema del que hablar. Nos lo hemos dicho todo. (…) No podemos pasear. El paseo sin conversación, sin interés, es imposible. Mi marido pasea conmigo por pasear, como si estuviera solo (Honoré de Balzac: Pequeñas Miserias de la Vida Conyugal) 

LA ADOLESCENTE: Yo nunca me voy a casar. Primero, que no entiendo por qué tengo que pasarme la vida durmiendo con alguien en la misma cama. Segundo, que a mí me gusta despatarrarme, así que alguien [más] sobra. Y además, los hombres son asquerosos, se tiran pedos en la cama. Motivo de divorcio. Y encima, roncan. Hace catorce años que ronca tu padre, dice mi madre. Pero siguen durmiendo en la misma cama. Yo no aguantaría. ¡Ah, y el baño! Es absolutamente imposible compartir el baño con un hombre, dejan pelos por todas partes, nunca secan el piso, y cuando hacen pis apuntan mal…  (Susana Lastreto: Parejas)

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