ABELARDO Y ELOÍSA (RIESGOS DE UNA PAREJA EDUCADA)


Edmund Blair: Abelardo y Eloísa

A comienzos del siglo XXI, las numerosas acusaciones de abusos sexuales que enfrentan los sacerdotes católicos, recuerda a los feligreses que hubieran deseado continuar viéndolos como seres angelicales, que ellos son seres humanos, contradictorios, nada confiables, que no siempre practican lo que predican. Tormento, la novela de Benito Pérez Galdós, y El Crimen del Padre Amaro, de Eça de Querois, documentan una situación tal vez menos generalizada, pero no distinta, vivida por el clero del siglo XIX. El impulso sexual es muy fuerte y el celibato que el catolicismo impone a sus ministros, constituye un desafío que supera a la decisión de servir a Dios de muchos.

A comienzos del siglo XII, el clérigo Abelardo era un famoso profesor universitario, asediado por los estudiantes de Paris, tras haber derrotado en una polémica a su maestro, Guillaume de Champeaux. Hasta cinco mil jóvenes habían asistido a sus conferencias pagas, que le suministraban prestigio y riquezas.

Que la Teología pudiera despertar tal entusiasmo en la juventud de entonces, indica las enormes restricciones ejercidas sobre el ambiente intelectual de la época, dominado por el magisterio de la Iglesia, que limitaba las búsquedas intelectuales a la relectura de unas pocas fuentes del pasado, las únicas autorizadas por la institución.

Entre los discípulos de Abelardo se contaron medio centenar de Obispos franceses, ingleses y alemanes, diecinueve Cardenales y hasta un Papa. Tanto prestigio le trajo una oferta inesperada: convertirse en el tutor de Eloísa, una sobrina huérfana del Canónigo de Paris.

¿Cómo podía interesarse una mujer en el estudio de materias tan ajenas a las preocupaciones habituales de su género, como Teología, Griego, Hebreo y Latín? Hasta las damas de la alta sociedad, rara vez aprendían a leer y escribir, porque consideraban que los estudios, como la guerra, eran actividades penosas (y peligrosas), que desde tiempos inmemoriales habían quedado reservadas para los hombres.

Durante la estrecha vecindad que permitían las lecciones particulares, Abelardo se enamoró de Eloísa, y en lugar de controlarse, como exigía su situación de hombre de la Iglesia, fue incapaz de controlar sus sentimientos. Compuso canciones para ella, que se han perdido.

Ella le correspondió con un entusiasmo no inferior al de su búsqueda de conocimientos. No sería justo comparar a Eloísa con Eva, portadora de una manzana fatal para el destino de la pareja. Eloísa no tenía diecisiete años al iniciar la relación; por lo tanto, era veinte años más joven que el maduro profesor. Ella era la inexperta que buscaba instrucción, él un seductor que la tenía a su entera disposición.

Los libros permanecían abiertos, pero el amor, más que la lectura, el tema de nuestros diálogos; intercambiábamos más besos que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos, que a los libros. (Abelardo: Historia de mis calamidades)

Alexandre Cabanel: Paolo y Francesca

La historia de la pareja pecadora hubiera podido concluir allí mismo, como la de Francesca de Rimini, contada por Dante Alighieri en unos pocos versos de La Divina Comedia: una mujer casada y atractiva se dedica a leer libros en compañía de un hombre joven, que no es un extraño, sino el hermano de su marido, y no hace falta nada más para que los dos se hundan en una pasión adúltera, que al ser descubierta les depara la muerte de manos del marido ofendido y la permanencia de ambos en uno de los círculos del Infierno. Cuando el poeta y narrador los encuentra, el hombre calla avergonzado y la mujer habla por él:

 El amor, que se apodera pronto de los corazones nobles, hizo que éste [Paolo] se prendase de aquella hermosa figura que me fue arrebata del modo que todavía me atormenta. El amor, que al que es amado obliga a amar, me infundió por éste una pasión tan viva que, como ves, aún no me ha abandonado El amor nos condujo a una misma muerte. El sitio de Caín espera al que nos quitó la vida. (Dante Alighieri: La Divina Comedia)

De acuerdo a la perspectiva de las religiones monoteístas, la búsqueda del conocimiento afronta riesgos, cuando se la afronta en pareja, una situación que no tarda en desviar del recto diálogo con Dios y permite la comisión de pecados que son castigados de la peor manera. Adán y Eva pierden el paraíso. Paolo y Francesca mueren y se condenan. Al cabo de un tiempo, Eloísa quedó embarazada. Cuando le fue imposible ocultarlo, Abelardo y ella se fugaron a Bretaña, la región natal del hombre. Allí contrajeron matrimonio y tuvieron a su hijo Astrolabio. El tío de la joven los persiguió, y unos sicarios que ejecutaban sus órdenes, castraron a Abelardo. El hombre se sumió en la depresión e ingresó un monasterio. El hijo fue entregado a una de sus hermanas, y con el tiempo siguió la carrera eclesiástica.

Abandonada, Eloísa entró a un convento. Separados para siempre, los dos amantes intercambiaron una correspondencia que ha llegado a la posteridad.

Según otra versión menos idealizada de la misma historia, Eloísa se resistió al matrimonio, para no arruinar la carrera académica de Abelardo, que hubiera debido permanecer soltero para continuar enseñando. Por eso ella negó en público haber contraído matrimonio. No es imposible que el prudente Abelardo fuera quien propuso al tío de la muchacha el plan del matrimonio secreto y el encierro de Eloísa en un convento, con el objeto de retener su cátedra y continuar manteniendo la relación con la mujer.

Desde esta perspectiva, el hombre se vuelve cada vez más mezquino. Después de la boda y el nacimiento del hijo, el tío de Eloísa habría sospechado que Abelardo pretendía abandonar a su sobrina en el convento, y por eso ordenado la mutilación del hombre. Las cartas que ambos intercambiaron durante años, no permiten aclarar las circunstancias.

En esos textos, Abelardo se muestra todo el tiempo arrepentido de lo sucedido: “Tú sabes a qué bajeza me arrastró mi desenfrenada concupiscencia a nuestros cuerpos. Ni el simple pudor, ni la reverencia a Dios fueron capaces que apartarme del cieno de la lascivia, ni siquiera en los días de la Pasión del Señor”. Fornicar en Semana Santa era una abominación más repulsiva que el haber violado los votos de castidad de un clérigo. Es el testimonio de un pecador, que si bien no se encuentra en condiciones de reincidir, no intenta reducir la magnitud de la falta que dejó atrás.

Puesto que la relación intelectual y erótica de ambos resultaba imposible de continuar, Abelardo intentó convencer a su ex amante de que debía arrepentirse de lo sucedido, tal como él había hecho. Las cartas de la mujer delatan una pasión perturbadora, que no cede con el tiempo transcurrido, la distancia física, la castración de él, y los votos religiosos de ambos. Eloísa continúa enamorada, aunque su amado la rechace.

No me escribas, no me escribas más; que ya es tiempo de poner fin a una correspondencia que hace infructuosas nuestras mortificaciones (…); mientras nos lisonjee la memoria de nuestros placeres pasados, nuestra vida será tormentosa y no gustaremos de las dulzuras de la soledad. (Abelardo: carta a Eloísa)

 El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mí la palabra más dulce es la de amiga, y si no te molesta, la de concubina o meretriz. Tan convencida estaba de que, cuanto más me humillara por ti, más grata sería a tus ojos y también causaría menos daño al brillo de tu gloria. (Eloísa: carta a Abelardo)

A la mujer le tocó morir veinte años después de su amado. Consiguió que la enterrara en la misma tumba que él, incapaz de continuar oponiéndose desde el más allá. Sobre los dos sembraran un rosal.

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