AMORES JUVENILES


En la actualidad, los amores juveniles son la preocupación de políticos, sociólogos y líderes religiosos, que ven alarmados las estadísticas que dan cuenta de embarazos prematuros y fracasos de parejas. Los adolescentes comienzan muy temprano la exploración de sus cuerpos, viven en una sociedad consumista que los sobreexcita eróticamente y les ofrece a través de los medios masivos un atractivo repertorio de modelos de comportamiento amoroso, mientras la sexualidad se presenta como el ámbito privilegiado donde a la vez se cuestiona la autoridad de los adultos, se reafirma la identidad y se obtiene la tan necesitada compañía. 

Miley Cyrus y Liam Hemsworth

 

Que una situación como esa vaya acompañada por frustraciones de todo tipo, no quita que el tema se encuentre en el centro de la mitología de los medios. Telenovelas y series de televisión se encuentran protagonizadas por actores muy jóvenes, que interpretan a personajes cuyos únicos intereses suelen ser el cortejo amoroso y la generosa exhibición ante las cámaras de cuerpos que no pueden ser más atractivos para los espectadores. 

La imágenes erotizadas de jóvenes como Miley Cyrus (Hana Montana) y Liam Hemsworth no atiende, sin embargo, a una fantasía exclusiva de la modernidad. El espectáculo de los amores juveniles ha resultado muy atractivo para los adultos (siempre y cuando no se trate de sus propios hijos). 

La posibilidad de imaginar el acercamiento amoroso de una pareja inexperta, lo más joven que se encuentre permitido por la opinión general, conmueve a los adultos pertenecientes a las más diversas culturas. No de otro modo se explicaría la persistencia de historias que tienen a niños o adolescentes enamorados como protagonistas. 

Tarde o temprano, todo el mundo pasa por experiencias parecidas, pero el momento del pasaje, desde una etapa de ignorancia de la sexualidad, hasta que esa actividad se reitera y convierte en una rutina más en la vida de un adulto, demuestra tener un atractivo inigualable para la mayoría. 

De acuerdo a la novela de Longo, escrita en el siglo III de la era cristiana, Dafnis y Cloe eran dos niños de noble origen, abandonados en circunstancias paralelas por sus padres, en territorio salvaje, con la intención evidente de que murieran. Contra toda probabilidad, ambos son recogidos por los pastores Lamon y Dryas. El niño es descubierto cuando una cabra lo alimentaba con su leche, mientras la niña es alimentada por una oveja. Se trata, por lo tanto, de dos niños ferales (criados por las fieras, tras ser apartados de la sociedad humana). 

Dafnis y Cloe

 

Todo lo hacían juntos y apacentaban cerca el uno del otro. A menudo Dafnis hacía volver a la oveja que se extraviaba, y a menudo Cloe espantaba las cabras más atrevidas para que no trepasen a los riscos. A veces uno solo cuidaba de ambos hatos, que el otro se recreaba y jugaba. Sus juegos eran infantiles y propios de niños. Ora ella, con juncos que cogía, formaba jaulas para cigarras, y distraída en esta faena, descuidaba el ganado. Ora él cortaba delgadas cañas, les agujereaba los nudos, las pegaba con cera blanda y se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña. A menudo compartían ambos la leche y el vino, y se comían juntos la merienda que traían de casa. En suma, más se hubieran visto las cabras y las ovejas dispersas, que a Dafnis y Cloe separados. (Longo: Dafnis y Cloe) 

 Lo habitual en estas historias, es que la penuria inicial constituya el anuncio de sucesos todavía más asombrosos que los personajes enfrentan al crecer. Al cumplir ambos los quince años, nace entre ellos un amor que, dada su inocencia poco verosímil, no llegan a consumar. Lycenia, una vecina, se ofrece para enseñar a Dafnis las habilidades que él ignora. Cuando nada debería impedirla felicidad de la pareja, el temor de Dafnis a la sangre que habrá de derramar Cloe lo detiene. La felicidad de la pareja queda interrumpida, cuando Cloe es asaltada por un pirata. Dafnis la rescata antes de que puedan abusar de ella. 

A pesar de que los jóvenes son posteriormente reconocidos por sus padres, una situación que les asegura la oportunidad de restituirse al ambiente civilizado que les corresponde por su cuna, ellos prefieren retirarse a vivir juntos en el ámbito rústico donde crecieron. 

En el siglo XVIII, Henri Bernardine de Saint Pierre cuenta una historia similar en Pablo y Virginia: dos niños nacidos de dos mujeres solas, una por viudez, la otra por el engaño de su pareja, crecen en una isla del trópico. Todos son pobres, pero felices, lejos de la civilización, hasta que las hormonas (desde nuestra perspectiva del siglo XXI) comienzan a plantear sus reclamos. 

Virginia era víctima de sí misma, sin conocerlo; y en aquel estado ni sabía a qué atribuir la inquietud interior que experimentaba, sentía aquella alegría que desde la niñez la había acompañado. (…) Una languidez y desmadejamiento universal acabaron de apoderarse de todo su cuerpo. (Saint Pierre: Pablo y Virginia) 

 Virginia es reclamada por sus parientes europeos, no puede acostumbrar a la estadía en el mundo civilizado y cuando intenta regresar a la isla del trópico donde la espera su amado, encuentra la muerte en un naufragio. Los amores juveniles resultan más interesantes para los observadores, cuanto más desdichados. La muerte prematura de los personajes, agrega un encanto que se perdería aunque fueran felices día tras día, envejeciendo en el proceso. La rutina suele ser vista como una de las peores enemigas del amor.  La frustración, en cambio, magnifica relaciones que tal vez no hubieran tenido mucho futuro. 

Dante y Beatrice

 

Beatrice Portinari había cumplido ocho años en 1274, cuando se encontró por primera vez con Dante Alighieri, un niño de nueve años. Él no pudo olvidar nunca su vestido rojo y la cinta que le ceñía la cintura. El enamoramiento continuó a pesar de que tardaron nueve años más en verse por segunda vez, una situación que cuesta entender, porque ambos vivían en una ciudad como Florencia. 

En la segunda oportunidad, ella vestía de blanco, estaba acompañada por dos mujeres mayores, y se dignó mirar a Dante. Ese fue el último encuentro de sus vidas. Aunque los dos se casaron, cada uno por su lado, las persistentes ensoñaciones del hombre lo alentaron a escribir La Vida Nueva y La Divina Comedia, libros por los que su autor y la musa que lo inspiró son recordados. 

Luego de mi nacimiento, el luminoso cielo había vuelto ya nueve veces al mismo punto, (…) cuando apareció por primera vez ante mis ojos la gloriosa dama de mis pensamientos, a quienes muchos llamaban Beatriz, en la ignorancia de cuál era su nombre. (…) Llevaba indumento de nobilísimo, sencillo y recatado color bermejo e iba ceñida y adornada de la guisa que cumplía a sus juveniles años. Y digo en verdad que a la sazón el espíritu vital, que en lo recóndito del corazón tiene su morada, comenzó a latir con tanta fuerza, que se mostraba horriblemente en las menores pulsaciones. (Dante Alighieri: La Vida Nueva) 

Humbert Humbert y Lolita

 

 Comparado con ese mundo de frustración y sublimación verbal del Medioevo, que termina endiosando la imagen de esa amada que se sueña pero no se toca, la Lolita de Vladimir Nabokov, inventada a mediados del siglo XX, muestra cómo se ha degradado la mujer-niña en la modernidad. Es niña por la edad que afirman los documentos, pero mujer adulta por la astucia y perversidad de su comportamiento. Ella seduce a los seductores maduros. Ella engaña y finalmente destruye a quienes esperaban corromperla. Cuando alguien se le acerca, esperando abusar de su inocencia, cae víctima de una trampa que ni siquiera ella armó, porque es la de toda la sociedad que ha erotizado a los jóvenes para utilizarlos como nuevos héroes del consumo. Pareja imposible, porque es el objeto amoroso de un pedófilo que perderá todo interés en ella apenas crezca, Lolita es la mujer fatal de las viejas historias misóginas, antes de ser una mujer completa.

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