LA PAREJA DE PIGMALION


 

Ernest Normand: Pigmalion y Galatea

Pigmalion se dirigió a la estatua [de Galatea] y al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera se ablanda a los rayos del sol y se deja manejar con los dedos. (…) Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos. (Ovidio: Las Metamorfosis)

 

Hay una fantasía flotando, tenaz, en nuestra cultura, desde hace siglos: la de que el hombre creó a la mujer. Y otra aún más osada, que procede ella: la de que el hombre produce criaturas femeninas más hermosas y mejores que las mujeres, con las que puede sustituir a éstas para lo bueno y para lo malo, para el amor sublime y la paliza mortal. (Pilar Pedraza: Máquinas de Amar)

No es improbable que muchas parejas se formen porque sus integrantes alimentan una visión desinformada, incluso errónea, de la otra persona, motivo más que suficiente para generar conflictos, desengaños, reclamos y hasta la ruptura definitiva, una vez que se descubre la verdad que ocultaba el enamoramiento. Otras parejas nacen del esfuerzo deliberado de uno de los miembros para acomodar a la otra persona a sus expectativas. En estos casos, no se busca a la mujer o el hombre ideales, que pueden no aparecer nunca, porque se los inventa a partir de los materiales suministrados voluntaria o involuntariamente por otro ser humano que (lo más probable) no se corresponde demasiado con esa imagen.

Hacia fines del siglo XIX, el escritor francés Villiers de L´Isle Adam describió en Una Eva futura una muñeca metálica, alimentada por la electricidad de Thomas Alva Edison, a instancias de un noble inglés, que de ese modo reemplazaba a una mujer tan hermosa como estúpida. Hadaly, la criatura artificial, era físicamente perfecta y estaba lubricada con aceite de rosas. A diferencia del monstruo de Frankenstein de Mary Shelley, que causa horror por su fealdad e incapacidad de obedecer las órdenes de su creador, la autómata femenina existía exclusivamente para satisfacer las fantasías masculinas.

El dramaturgo George Bernard Shaw, que no se caracterizaba precisamente por la aceptación de las convenciones sociales, planteó en Pygmalion las paradojas de la relación pedagógica, donde el hombre pretender formar a la mujer que habrá de acompañarlo. El profesor Higgins, un caballero maduro, que no le ha concedido mayor espacio a las mujeres en su vida (probablemente, porque su madre lo controla todavía), acepta la oferta de Eliza Dolittle, una florista que desea aprender a hablar correctamente, para superar los límites que le imponen su origen popular y falta de educación, en una sociedad tan clasista como la inglesa de comienzos del siglo XX.

Después de un tiempo de convivencia y arduo trabajo compartido, el hombre considera satisfecho el desafío pedagógico y se desentiende de la mujer, porque no puede verla como su pareja estable. Shaw ha puesto al revés el mito clásico de Pigmalion, rey de Chipre y escultor eximio, que por no encontrar ninguna mujer a la altura de sus expectativas, se mantenía apartado de todas, hasta enamorarse de Galatea, una figura de marfil que era obra suya, a la que la diosa Afrodita, en atención a sus plegarias, decidió otorgarle vida.

En el mito, la pareja improbable se afianza con el nacimiento de Pafo, un hijo. En otra versión, de cariz menos amable, después de haber convivido con su creación, Pigmalion ofende a Afrodita, que lo castiga, devolviendo a la mujer a su condición anterior, con lo que aprisiona (y mata) al hombre con los brazos y el sexo.

My Fair Lady: Audrey Hepburn y Rex Harrison

¿Qué puede haber más halagador para el ego de un hombre que inventar a su pareja? Esa obra sería la evidencia de sus ilimitados poderes como creador. En la fábula antirromántica de Shaw, en cambio, la mujer crece intelectualmente durante la relación, mientras el hombre continúa tan ciego o tan necio que deja pasar la oportunidad de convertirla en su pareja. La comedia musical My Fair Lady se encargó de “normalizar” esa visión desfavorable de las fantasías masculinas, haciendo que Eliza acepte en un final agregado (no se entiende muy bien por qué, fuera de halagar a la audiencia masiva) el poder de un macho que no le hace falta.

En culturas tradicionales, dominadas por los hombres, que restringen la iniciativa femenina, suelen ser ellos quienes sueñan con su pareja ideal, y en lugar de investigar si existe alguien que se corresponda con esa imagen, o de resignarse a las inevitables diferencias que revelan las mujeres con quienes tropiezan, deciden fabricar una a su medida, como si esa fuera la única manera de dejarlos satisfechos.

Eva Duarte y Juan Domingo Perón

En la realidad, los proyectos no suelen darles la razón. Los pedagogos no son indiferentes a quienes están formando.  Juan Domingo Perón, al iniciar su carrera política en Argentina, tuvo a Eva Duarte, su esposa, como discípula. No solo lo afirmó él (en una confesión que puede suscitar incredulidad), sino ella, reiteradamente y con orgullo, como si la sumisión al conductor providencial que proclama debiera servir de modelo a todo el país.

Cuando Eva Duarte murió prematuramente, Perón trató de repetir la experiencia de hacedor de parejas femeninas excepcionales, con otra esposa, Isabel Martínez, a quien pudo encumbrar como vicepresidenta de Argentina, a pesar de las evidencias de que su proyecto había fallado. La mujer no se encontraba a la altura de lo que se esperaba de ella. Tal vez las dimensiones míticas de Eva Duarte le pertenecieran a ella y no le debieran a su marido tanto como ella y él pensaban.

Cuando una mujer modela a un hombre, hasta ponerlo a la altura de sus expectativas, la gente prefiere hablar de la capacidad del hombre para superarse por sí mismo. Algo parecido le sucedió al prócer venezolano José Antonio Páez, que contaba con treinta años, una carrera militar y una familia establecida, cuando se encontró con la adolescente Barbarita Nieves. Él era exitoso, pero inculto y ajeno a las sutilezas de la política. Ella no solo consiguió que abandonara a su esposa y la presentara como su compañera hasta el fin de sus días, contra la opinión de la sociedad de la época, sino que lo acostumbró a leer, le hizo conocer el teatro, lo adiestró como músico y cantante, lo alentó a aprender otros idiomas y viajar, prolongando su vigencia hasta una avanzada edad. Si Páez fue notable en tantos aspectos, Barbarita estuvo involucrada en el proceso.

El pintor Diego Rivera entabló una relación de mentor / discípula con Frida Kahlo, que también era su esposa y tardó en revelarse como una artista no menos dotada que él. Ella aparece muy de vez en cuando en los cuadros de él, perdida entre personajes que tienen mayor peso. Ella, en cambio, lo representa a él como uno de sus temas fundamentales. Cada uno sigue caminos distintos, incluso opuestos.

A la temática épica y combativa de los murales de Rivera, las obras de Kahlo oponen una búsqueda introspectiva y autobiográfica. Uno ocupa inmensos espacios públicos y temas históricos o políticos, que deben aleccionar a las masas, mientras ella se limita a elaborar cuadros de pequeño formato, cuadernos y anotadores, con metáforas personales, de difícil interpretación. El participa en una intensa vida social, mientras ella vive postrada. Aquello que el hombre omite, se revela como el territorio privilegiado para la mujer.

De acuerdo a una de las hijas de una pareja anterior de Rivera, el hombre corrige la obra de la mujer. Él la incluye a ella como un personaje más de sus murales, donde figura todo el mundo, desde personajes célebres a figuras anónimas, mientras ella lo pinta en su autorretrato, como un escapulario tatuado en su frente.

 Diego: / Nada comparable a tus manos / ni nada igual al oro – verde de / tus ojos. Mi cuerpo se llena / de ti por días y días, eres / el espejo de la noche, la luz / violenta del relámpago, la / humedad de la tierra. El / hueco de tus axilas es mi / refugio, mis venas tocan / tu sangre. Toda mi alegría / es sentir brotar la vida de / tu fuente – flor que la mía / guarda para llenar todos / los caminos de mis nervios / que son los tuyos. (Frida Kahlo: Cartas a Diego Rivera)

Pichel Piccoli en Grandeur Nature

Las muñecas inflables de la actualidad son la última derivación (en realidad, la parodia) del mito clásico de Pigmalion. El director de cine Luis García Berlanga y el escritor Rafael Azcona le dieron forma definitiva en el filme Grandeur Nature, donde un hombre maduro y casado con una bella mujer, se obsesiona con ese objeto sin peso ni pensamientos ni voz propia, cuya existencia no tiene otra finalidad que la satisfacción sexual solitaria de su propietario.

Caricatura de la mujer y negación de todo aquello que puede ser entendido como una relación de pareja, la muñeca inflable informa también la falta de simetría que se da en nuestra cultura respecto de los géneros. No parece haber en el mercado nada parecido a un muñeco inflable. Los objetos eróticos elaborados para la satisfacción solitaria de las mujeres, solo reproducen los genitales masculinos y dejan de lado el resto.

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