HISTORIAS DE PAREJAS


Azar, fatalidad, designios de Dios o interferencia del Diablo, leyes estadísticas, feromonas. De acuerdo a las épocas, cambian las hipótesis que tratan de explicar por qué se hacen o deshacen, por qué se mantienen o destruyen las parejas. Algo ocurre, dentro y fuera de las personas, que las lleva a juntarse por un rato o por lapsos dilatados, incluso hasta la muerte; que les permite disfrutar o detestar la vecindad; que las obliga a separarse también.

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La organización de parejas humanas que resulten a la vez compatibles, duraderas y productivas, satisfactorias por igual para todos aquellos que las integran y para la sociedad que las regula y convoca, constituye una apuesta difícil de establecer, que se renueva en cada caso, generación tras generación, en las culturas más opuestas, sin coincidir por eso en un único modelo de relación humana, tan superior al resto que los desplace definitivamente a todos los otros.

¿Qué sociedad puede preciarse de haber logrado un sistema a prueba de insatisfechos, abusadores y víctimas? Muchas han llegado a convencerse de que los códigos que ellas planteaban eran perfectos, insuperables y debían ser impuestos a todo el mundo, para descubrir más tarde o temprano que habían dejado de considerar la opinión de algunos de los implicados, o que dificultaban la posibilidad de corregir los errores.

La Historia de la Humanidad ofrece una serie que no puede ser más heterogénea de proyectos de relaciones de pareja. Las hay formadas por la voluntad de sus integrantes, pero también armadas por el entorno. Unas conceden más peso a los hombres y otras a las mujeres. En ciertos lugares, la monogamia heterosexual se plantea como la única alternativa, mientras se reprime cualquier disidencia. En otros lugares, la poligamia es legal y se castiga con la muerte cualquier intento de reciprocidad de las mujeres, mientras que en otros la poliandria es aceptada y varios hombres se resignan a compartir una mujer. Para la mayoría de los cultos religiosos, la pareja establecida de acuerdo a sus ritos es por el resto de la vida (en el caso de los mormones, el nexo no es interrumpido por la muerte), mientras que la sociedad civil es menos optimista y permite las anulaciones y divorcios que corrigen las decisiones equivocadas.

dafnis y cloe

Armar parejas (y eventualmente, deshacerlas cuando se comprueba que fallan y no tienen arreglo) no es una tarea simple, sobre la cual exista un acuerdo duradero en todos los entornos humanos. Aunque lo más probable es que la mayoría considere que la vida pareja es conveniente, deseable, necesaria, aunque más no sea para perpetuar la especie, las modalidades que se adoptan para regular su funcionamiento difieren tanto, que nada parece estar más lejos de ser considerada una pura formalidad que permite satisfacer un impulso natural, como se da en los animales, pero no comprometería otras áreas del comportamiento humano.

Algunos proyectos de pareja llegan a parecerle satisfactorios a quienes lograron imponerlos, pero no sucede lo mismo con quienes se encuentran obligados a aceptarlos desde la posición del subordinado. Algunos modelos de relación provienen (se afirma) del mismo Dios, mientras que otros nacen de las instituciones civiles, una situación que se manifiesta en una duplicidad de ceremonias matrimoniales. Hay (no cuesta localizarlos) esquemas a todas luces injustos, inaceptables, desquiciados, por lo que dan lugar a la resistencia de aquellos que los sufren, a pesar de lo cual persisten en el tiempo y tardan en ser evaluados como absurdos y abandonados para siempre.

parejas

Al revisar esos proyectos, se descubre la disparidad de roles asignados a los hombres y las mujeres, pero también la recurrencia de ciertos esquemas de relaciones que se prueban, fracasan, al parecer se olvidan por un tiempo y vuelven a ser inventados, que pasan del descrédito de un día a la aceptación plena de otro, o de la aprobación al rechazo. Quien observa el pasado, en este ámbito, se prepara para la multiplicidad de opciones del futuro. Quien mira lo que sucede simultáneamente, no demasiado lejos, quizás encuentra aquello que no ha logrado percibir en su propio terreno.

No es posible explicar por qué el hombre elige a una mujer y no a otra. Las causas eran infinitas, lo mismo positivas que negativas. (…) Lo principal de todo fue que la conoció en un período en que él estaba maduro para la boda. Se enamoró porque estaba seguro de que se casaría con ella.  (…) Lisa había estado siempre enamorada de hombres a quienes encontraba atractivos, y solo se sentía contenta y feliz cuando estaba enamorada. (…) Este hecho de encontrarse enamorada era lo que proporcionaba sus ojos la particular expresión que tanto había prendado a Evgueni. (Leon Tolstoi: El Diablo)

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